La vida de los humanos se
desarrolla como un tejido en permanente cambio, urdimbre estructurada a partir
de experiencias transformadas en sucesos, hechos que se desplazan en el tiempo
para construir leyendas, mitos. El pensamiento mítico y la voluntad de arte
tienen un origen común, como lo señala Cassirer, "lenguaje, mito, arte y ciencia son los universos de lo simbólico". Es
el espacio de la creación en su sentido más amplio, ámbito que el ser humano
modela en su incesante hacer, impulsado por la necesidad de comprender la
realidad y sus múltiples facetas, dimensiones; que delimita en su afán por
desenmascarar los espejismos y discernir entre sus probables interpretaciones.
De la mano del mito, el arte ha creado una inmensidad de obras cargadas de
lirismo, de metáforas, reelaborado historias e inventado escenarios, les ha
dado imagen, presencia y corporeidad a sus protagonistas. Desde esta perspectiva
nos acercamos a El hilo de Ariadna, exposición en el Museo Alejandro
Otero, Caracas.

El antiguo mito helénico es el punto de partida de la propuesta, bajo la curaduría de Costanza De Rogatis. La notable exposición, que no busca reinterpretarlo, se plantea desde la visión contemporánea de lo fragmentado pero como un proceso de reconstrucción, de recuperación de la materia como recurso esencial para la recreación de nociones, experiencias; pero también de valores y de afectos. Integran la muestra 20 obras realizadas por artistas nacionales, en las que el tejido como proceso, práctica, oficio, se constituye en el soporte principal del conjunto. Es el “hilo” que conduce el proyecto, la razón para la construcción de ese escenario visualmente enriquecedor, sugerente, emotivo y expresamente plástico.
El inicio de la exposición lo marca Fuente, la obra de Ramsés Larzábal, una amalgama de malla industrial e hilos que desde lo alto desciende para desparramarse en el suelo del museo. Desde este espacio se percibe el acceso a las salas de la exposición. En la primera de ellas domina desde el fondo, como retando al espectador, la obra de María Margarita Richter, Salto dimensional, un tapiz multicolor en contrapunto con las estelas de María Antonieta Arnal, Oda al consumismo, y la red en capas, Algo que cubre, de Aureliano Parra; son tres momentos de intenso cromatismo al interior de la sala, tres presencias atentas al discurso de la muestra pero diferenciadas en su naturaleza, equilibradas por la poderosa imagen de Coloritmo en blanco y negro de Marylee Coll, lograda metáfora visual de las obras creadas cincuentas años atrás por Alejandro Otero.

Completan el conjunto cinco piezas que contribuyen con su atemperada carga pictórica al armónico equilibrio de la sala. Amarre de estrellas de Oscar Machado, una rutilante galaxia en miniatura, vibrante y luminosa, que destaca entre las grandes áreas de color; mientras que la acusada neutralidad de El manto de dolores de María Carmen Carrillo, dramática estadística de los homicidios ocurridos en el país en los últimos veinte años, nos devuelve brutalmente al caos de la cotidianidad y sus crueles resultados. La obra Encierro en blanco de Solange Arvelo es, en cierta forma, la materialización de un mundo interior, ingrávido y sutil; también la recreación de un recinto virginal, celda de reclusión para una vestal. La propuesta de Edison Parra, Paisaje vertical, asume el compromiso de lo tridimensional, de poca presencia en la muestra, y de reintroducir una escala colorida moderada y serena, un tempo allegro ma non troppo, referencia a un territorio que el artista contempla a diario.

En la siguiente sala, Tejemaneje I y II, de Nadia Benatar, es un enmarañamiento de filamentos, una amalgama de varillas soteanas, repentinamente arrebatadas de su construida regularidad, devienen en un enjambre de líneas en el espacio, caótico laberinto de inmaculada blancura. La obra de María Eugenia Zambrano, Alfileteros. Serie valores de lo femenino, es atractiva en la reiteración de la forma, el bordado y uso de componentes decorativos unidos a la brillantez del color. Por su parte, Ángel Marcano, en Serie: Techos Nº 5, replantea su propuesta con un minucioso tejido en alambre galvanizado que evoca el mundo floral, tanto como la forma modela la tenue presencia de los encajes, una velada referencia a la estética femenil. Doménica Aglialoro, con Mácula, vuelve sobre este tema; su obra, como en realizaciones anteriores apunta hacia la sexualidad de la mujer y su imaginario simbólico, también presente en la obra de Mariángel García, My big chest querido, en un tono más irónico y desenfadado.

Otro grupo de obras muestra lo tejido con gran fuerza, reafirmando su presencia milenaria: Raíces, de María Teresa Torras; Ornamental Nº 3, de Reymond Romero, y Faldón abierto, de Franco Contreras. En la primera de ellas, las texturas surgidas desde las variadas formas del tejido en sisal valoran la percepción de su estilizada presencia; por su parte, Romero ha transfigurado el hilo que recibió Teseo; la dorada línea que en el oscuro dédalo orientó al héroe es ahora una voluptuosa y ondulante cuerda, suerte de enorme serpiente que se arrastra con sinuosos y espasmódicos movimientos, cromatismo exacerbado que en el espacio de la sala museística se contrapone a la monocroma obra de Contreras, monumental tejido en cabuya que se impone desde lo alto; mientras que el doblemente construido Laberinto en madera de Fabiola Sequera tiene en Complexus de Yvis Amaya un referente más orgánico y lejano. Voluntad constructiva que también se asocia a la Serie museofrenias azul de Alí González, aunque la suya esté planteada críticamente como una veladura a otras experiencias.
La narrativa mítica, más allá del hecho de que los artistas hayan utilizado materiales que se prestan para la tarea de la urdimbre, el trenzado, el tejido, formas que se “enlazan” con el ovillo de hilo de oro de Ariadna, no tiene, a simple vista, una estrecha relación con lo realizado para la exposición. Sin embargo, aunque sea una realidad vivida por personajes sobrenaturales que les permiten a los artistas fabular, el mito es un recurso metafórico, un espacio simbólico desde el cual el arte puede llamar la atención sobre el transcurrir de la vida de los simples mortales, el accionar de los seres humanos.
La exposición, que se presenta en tiempos de incertidumbre dentro del escenario cultural del país, es una vigorosa demostración de profesionalismo de los investigadores nacionales y una importante reafirmación del perfil del Museo Alejandro Otero, dedicado desde hace más de quince años al estudio y presentación del arte contemporáneo.
*Fotos: Daniel Trujillo
FREDDY CARREÑO

