La
mejor manera de definir Obra selecta, 60
años: 1947-2007 de Domingo García, en el Museo de Arte de Puerto Rico, es
como una extraordinaria y necesaria exposición retrospectiva, un verdadero tour de force donde los conocedores del
arte y el público en general reconocerán la grandeza de un artista
original/provocador (y un sólido filósofo del arte), que eventualmente
trascenderá los confines de Puerto Rico y estará a la par de los mejores
artistas latinoamericanos.
Domingo, como le gusta que le llamen, es un miembro clave de la importante/crucial Generación del 50 (que incluye a Rosado del Valle, Rodón, Tufino, Marin, Homar, por nombrar sólo algunos), que, debido a su talento, ideales y liderazgo, se ha convertido en un verdadero “Maestro de Maestros”, y en el otoño de su vida ha decidido dar a su gente, con esta exposición, una brillante lección acerca de lo que se supone debe de ser y hacer un pintor (y ahora escultor) genuino y extraordinario: un poeta visual que pueda traducir a arte (utilizando su propio discurso estético) lo que ve —“Todo lo que he visto, lo he visto como milagro. Y he tratado de hacerlo inmortal”, dirá el artista—, con el fin de ayudar al espectador a visualizar de una manera nueva y diferente, para ayudarnos a ver más y, por lo tanto, vivir la vida más intensamente, con más pasión, con más amor.

Desde las primeras pinturas expuestas en esta muestra, que datan de 1947 (excelentes ejercicios de estudiante dentro del ámbito de la figuración, concebidos en su propio estilo realista), hasta sus actuales y espléndidas “flores”/“fuerzas” (producto de una pincelada libre e inspirada que define lo mejor del expresionismo) o sus magníficos paisajes o sus sobrecogedoras esculturas de madera o bronce, sabemos que estamos frente a una obra significativa/consecuente/que perdura.
En la primera sala, se “recibe” al público con tres pinturas monumentales, un tríptico (del mismo tamaño de su histórico Íconos), que según el artista claramente nos hace saber en dónde se encuentra: “Somos una combinación de tres culturas: la de los taínos (la obra se titula Atabiera, la hija del dios del mal, Huracán, y del dios del amor, Yuquiyu), la de los españoles y la tradición judeocristiana (un soberbio Sagrado Corazón) y los africanos (representados por Yoruba dios de la guerra y la sexualidad, “Changó” ). Cualquier museo respetable, a nivel local o internacional, debería adquirir inmediatamente este Tríptico de los Dioses del Caribe.
Después de esa fascinante experiencia en el ámbito del poder único de sincretismo de Domingo (“Changó” y “Atabiera” miran hacia el “Sagrado Corazón”, que tiene sus ojos cerrados —¿por dolor?, ¿vergüenza?, ¿gratitud, o por haber sido perdonado?—, vemos una colección de célebre delirio por la naturaleza muerta: prodigiosas “flores”; ancestrales “fuerzas” líricas, formidables “explosiones” de color y vida, tan sensuales, tan enigmáticas, tan eróticas, tan misteriosas y al mismo tiempo tan bellas e incitantes. Y ahora nos damos cuenta de que el artista ha estado creando conscientemente obras que el espectador puede construir y reconstruir, al verlas o leerlas en diferentes momentos (Eco).
Y es con los otros cuadros de esta sala —los tres espectaculares Íconos: Lolita Lebron, Luis Muñoz Marín y Eugenio María de Hostos—, su Gandhi, sus paisajes y pinturas, como La crucifixión y El hijo del Sol, que nos damos cuenta de que Domingo es un maestro de la luz y el color, como los artistas del Renacimiento, y que comprende muy bien que la luz en una obra de arte es su elemento esencial. Domingo utiliza la luz, sin embargo, dentro del contexto de un discurso estético de los siglos XX y XXI: el expresionismo en todas sus formas. Esto, por supuesto, hace que sus colores —que, de entrada, son muy especiales— adquieran ese factor único que todas y cada una de sus obras, desde su asombroso conjunto de autorretratos,que datan de 1957 a 2007 (y que revelan su evolución/crecimiento como artista y un interesante/intenso proceso de envejecimiento y, sí, de santidad al estilo Domingo…), hasta su obra más experimental de las década de 1960 a la de 1990, en lo que se ha denominado “pintura de campos de color”.
En la otra sala, los espectadores podían ver desde las primeras pinturas de Domingo, como Lirio, realizada a los 14 años de edad, hasta la mejor colección que se haya visto de sus famosos desnudos femeninos. Los desnudos femeninos realizados por el artista desde 1950 hasta la actualidad (desde Adriana hasta Isabel volando) están siempre llenos de poesía, pasiones, sueños, deseo, misterio, amor. En estas obras estremecedoras/provocadoras (recordemos que en 2007 vimos prácticamente de todo), Domingo no sólo logra captar la belleza física de cada una de estas mujeres sino la esencia espiritual de cada una de sus musas/modelos/ritos. Son verdaderamente magníficas obras de arte, y vistas en conjunto, nos comunican que este controversial ser humano (Domingo siempre ha sido controversial), que este pensador brillante y a la vez salvaje, cree en todas las posibilidades del amor (Platón).
Y es aquí donde veremos las poderosas/intensas/bellas esculturas de Domingo, juntas por primera vez (tan distintas a las de Judd o Mueck pero tan poderosas y buenas). Y es, sin lugar a dudas, una increíble experiencia sensual: su “jardín de esculturas”, lleno de “personajes” (desde Huracán hasta Hombre milenario), de elementos fálicos, de energías desconocidas e impactantes, de complejos diálogos (que piden ser descifrados). Y es en esta sala donde el público verá sus osados experimentos con el color, sus pinturas de campos de color (al estilo boricua), una respuesta/despegue del arte Op y Pop, tan lleno de humor y juegos (El galán está en la playa, un formidable autorretrato).
Esta extraordinaria exposición —una muestra que debería recorrer el mundo— claramente prueba que Domingo García ha sido, y sigue siendo, uno de los mejores artistas expresionistas semiabstractos y figurativos del mundo, desde la década de los cincuenta, que no tiene qué envidiarle a los más grandes talentos expresionistas de Alemania o cualquier otro lugar; un artista que puede mirar directamente a los ojos de aquellos (a veces) cuestionables nuevos artistas que en la actualidad venden sus pinturas por decenas de miles de dólares en las ferias de arte de hoy.
Y deja muy claro para Puerto Rico que, como pintor, tiene que ser considerado al mismo nivel de importancia y excelencia de José Campeche, Francisco Oller, Julio Rosado del Valle, Manuel Hernández Acevedo, Francisco Rodón y Arnaldo Roche-Rabell.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
