La
trayectoria artística de Ani Villanueva, artista plástica, bailarina,
performista, videoartista y fotógrafa digital, posee una energía que la hace
muy vital. En efecto, su obra surge de una pasión por la vida —y por el arte—
que, de alguna forma, se expresa en los múltiples medios que la artista ha
incursionado. En los años ochenta realizó performances acompañando obras de
otros artistas, con la intención de otorgarles movimiento y vida. Como ella ha
señalado, con su cuerpo introdujo “el factor humano en lo inmóvil”, para crear
una situación inusitada. Difícil olvidar ese cuerpo femenino con vida,
moviéndose dentro de un ataúd, filmado en corte transversal, imagen que vemos a
través de un monitor enterrado dentro de una caja. Precisamente, esa modelo, ya
emblemática de una de las obras memorables de José Antonio Hernández-Díez (Annabel Lee, 1988), es Ani Villanueva.
En ese entonces, realizó performances para obras de muchos reconocidos
artistas, como Alejandro Otero, Gabriel Morera, Diego Barboza, Milton Becerra,
Felipe Márquez, entre otros más. Su primer performance lo hizo en la Sala
Mendoza con una pieza de su madre, la pintora Mary Brandt. Es precisamente su
entorno familiar lo que de alguna forma determina su vocación hacia el arte,
luego de varios estudios disímiles, como psicología, sociología, gerencia y
danza contemporánea. Siendo hija, nieta, sobrina y prima de artistas, este
cúmulo de referencias se hizo natural desde su infancia.

La pasión por la vida se nutre de naturaleza. Del performance, que aún cultiva, pasa a dedicarse por un tiempo a la pintura. Coincide este período con la construcción de una casa de bahareque en la selvática población costera de Choroní. La fortaleza del paisaje boscoso y exuberante de esta zona y el sentimiento conservacionista que posee la hacen incursionar en una figuración fuertemente colorida, representando peces, aves, con texturas contrastantes. Sus representaciones son sumamente orgánicas, casi biológicas. Hoy, ha declarado que incursionar en aquel figurativismo era “una forma de entender la naturaleza”.
Conocer este proceso es importante para apreciar los cambios que de unos años a la actualidad vienen sucediendo en la obra de Ani Villanueva. De aquella pintura explosivamente cromática, sujeta en cierto modo a la realidad visible, incursiona en la tridimensionalidad, ensamblando piezas industriales, cuyo resultado son objetos escultóricos que expresan la misma pasión vital comentada al principio. Este proceso se inicia algunos años atrás, cuando expone Use-less Objects (2002), Casos de cosas (2004) y +casos (2005). En aquellas exposiciones había un interés explícito por crear obras intencionalmente orgánicas: orugas, anémonas, arañas, etc. Sólo que ahora la naturaleza, en una exposición como Reflexiones, presentada el pasado octubre en Alternativa Elvira Neri Galería de Arte, se expresa mediante la materialización de una acción como en el vuelo sugerido de las aves o en el acto de reciclar (mangueras en círculos como símbolo del eterno retorno) o en la “concreción” de un hecho interior, propio de nuestra intimidad: un suspiro, unos alaridos, el olvido o nuestros mismos pensamientos, temas difíciles —imposibles— de materializar. Ani Villanueva lo logra. Ya en 2005, ella había iniciado este tema de investigación con Lágrimas (2005), obra con la que obtuvo el Primer Premio en la VIII Bienal Nacional de Escultura, realizado en el Museo Francisco Narváez de Porlamar.
Las mangueras de la instalación Suspiros tienen la “cadencia” propia de una respiración lenta y prolongada. Son varios “suspiros”, –varias mangueras– unas más largas que otras, metáfora del tiempo que esta exhalación tarda en culminar. Se conjuga entonces un hecho formal, material, con una obra que se “activa” si la vemos en el tiempo y en el espacio. Porque son obras aéreas, muy leves, casi volátiles. La direccionalidad de estas mangueras o varillas sugiere los movimientos propios de una animación interior. Si antes, en Casos de cosas y en +casos, la artista creaba, como una vez señalara el crítico Víctor Guédez, “una ecología plástica a partir del plástico y un registro orgánico a partir de lo inorgánico”, ahora es el proceso inverso: parte del plástico y de lo inorgánico, para llegar a lo humano. A lo reflexivo.
Todo ello resulta del acto de atar, ensamblar, adicionar materiales banales y cotidianos, comprados en ferreterías y supermercados. Lo que vemos es sorprendente. Mangueras, varillas, enchufes, abrazaderas —todos blancos o transparentes—, que hablan poéticamente sobre nuestra condición íntima y humana, condición tan leve como el olvido o un suspiro. Estos materiales pierden su función utilitaria original, para transformarse en un hecho estético. Asumiendo el consumismo y el materialismo que mueve al mundo que nos rodea, Ani Villanueva los utiliza para des-cosificar las cosas y utilizarlas para su propia poesía. Pero lo hace desde los códigos contemporáneos: se apropia de estos elementos industriales y crea un nuevo objeto. Así, materializa lo inmaterial, sin que las obras pierdan esta condición inmaterial. Éste es uno de sus logros más importantes.
Al contemplar sus piezas e instalaciones, suspendemos nuestras rutinarias emergencias, para apreciar lo sutil y lo bello.
SUSANA BENKO
