Un denso silencio impactaba al entrar en contacto con la muestra Prosperidades pasadas, presentada en la Fototeca de Cuba desde el 16 de agosto y hasta el 9 de septiembre. La opresiva atmósfera emanaba de dos conjuntos fotográficos, el del cubano Ricardo G. Elías y el del canadiense Richard (Dick) Groot, los cuales generaron un intenso diálogo entre las obras de los dos artistas, que habían dibujado nítidamente los argumentos para esa conjunción.
Ese interés por la Historia que caracteriza la obra de Ricardo G. Elías, desde hace algunos años se concentró en dirimir una investigación en torno al peso de la industria azucarera en el desenvolvimiento de la nación cubana. La riqueza o la debilidad de la isla, lo que pudiera verse como su fuerza en más de un sentido y también como su fragilidad, está en la sensibilidad de este fotógrafo que en 2005 ya se había adentrado en la serie El exceso de azúcar produce amargura I, mirada detenida en un paisaje cuya revelación era el desahucio de múltiples ingenios azucareros mostrados en vistas panorámicas tras su desmantelamiento. La decisión gubernamental tomada en 2002, que definió el paso hacia el redimensionamiento de la industria azucarera en Cuba, dejó una marca política, económica y social que podía leerse como un trauma en la vida de localidades donde la agroindustria era la principal fuente de empleos y el eje a partir del cual se organizaba la vida en esas zonas.

El sentido analítico de la proyección de Elías, que se había adentrado en el entramado de una economía tercermundista como quien busca el mejor reflejo o diagnóstico de su tiempo, tuvo un especial completamiento justo en la dirección en que marchaban los intereses de Groot, al radiografiar los efectos de la globalización en las transformaciones del mundo industrial, de ese nombrado Primer Mundo.
Las dieciocho imágenes en blanco y negro de Groot refirieron la muerte de dos fábricas: la planta procesadora de Carbón Zollverein Schaht # 12, en Alemania, y la fábrica de tejidos Nova Scotia Textiles Limited, en Canadá. La primera, había comenzado a producir a mediados del siglo XIX, revelándose como muestra de ingenio humano y signo de la Revolución Industrial. La visión de Groot recorre lo arquitectónico, el entorno fantasmal y el espacio interior en su abandono, mutilado de su funcionalidad original; corredores polvorientos, trituradoras de carbón, cintas transportadoras o caminos de rieles de lo que antaño fuera el complejo de la mina de carbón más eficiente del orbe. Lo relativo a la planta Nova Scotia Textiles hurga con igual intensidad en cada espacio y es incisiva la conciencia de que casi cada familia en la ciudad donde estaba enclavada fue afectada por su reducción gradual, ocurriendo su cierre en 2005.

Ricardo Elías, por su parte, presentó una secuencia de quince fotos matizadas en sepia. Ese tono establecía un nexo con un proceso en el que el tiempo es decisivo, y en otro sentido aludía al matiz pardo que emerge en el procesamiento de las mieles iniciales, en el camino de la conversión de la caña en azúcar. El conjunto es parte de la serie El exceso de azúcar produce amargura II, centrada en detalles cuyo afán era alcanzar el corazón y la savia misma de un complejo azucarero. Una derruida locomotora refiere una prosperidad pretérita, y a continuación cada foto remitía a un fragmento, a una instancia decisiva de la producción: el esplendor de las máquinas, su belleza ingenieril, en un momento en que aquella política de desactivación de tan protagónica industria ha sido modificada. Las fotos de Elías atrapan en un punto particular sitios donde hoy es posible otra vez producir, aunque se conviva con espacios de inactividad. La marca de una fortuna pasada permanece aún escrita en una dimensión histórica imposible de comprender sin el compás que el azúcar dictó a la nación. Son las suyas unas imágenes en las que hay implícita una extraña sensualidad que emerge de entre los hierros, en los contrastes de luces y sombras, en cada vista de la transformación de la caña. Resulta imposible ser indiferente a esa calidez del que está mirando algo que siente como propio.
Prosperidades pasadas, fue una acción de contrapunteo entre dos realidades diferentes que tienen, no obstante, puntos de equivalencia. Vibró todo el tiempo en ella el deseo de poner al desnudo las reales víctimas de los procesos que fueron documentados y, más, testimoniados por ambos artistas en sus fotografías. Víctimas cuya voz ha sido puesta en este modo de ver que encara el hecho fotográfico, en el peso de una no presencia abrumadora y dramática de quienes son en realidad los cotidianos espectadores de estos paisajes, y han sostenido con ellos una relación cardinal, esencia y razón de ser de este particular ejercicio de arqueología industrial.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
