Arte
y racionalismo, investigación y búsqueda en presencia conflictiva de crisis
del ser humano y la realidad aplastante que lo hiere, hundiéndolo en el
desamparo y la violencia. Pesadilla y convulsa belleza amparada por el signo de
la imaginación poética. Todos ellos elementos que forman parte de una manera de
hacer y construir arte; no es el globalizado, es el arte único que se produce
en esta parte del mundo: Latinoamérica independizada de ropajes insensibles y
de estéticas manieristas. Estamos ante la cultura de la violencia, transitando
aún la estética del conflicto de la vida y del arte de los años sesenta. Aquí
se inscribe la propuesta formal y temática de Rafael Gómezbarros (Colombia,
1972), con sus esculturas, pinturas-esculturas e instalaciones realizadas a
partir de materiales envejecidos, teñidos por el tiempo, semejantes a tumbas y
momias que expresan significados complejos, parte de las primeras presencias de
la vida colombiana, de lo prehispánico a lo más contemporáneo, de lo bucólico a
la destrucción y la guerra. Mucho sugiere esta obra que impacta al espectador
con su realismo necesario y significante. Tema insoslayable a la sensibilidad
del artista, frecuente en la plástica actual de Colombia.

Urnas, Sonajeros y Carbono 14 son los tres series que Gómezbarros expone en la Galería de Caracas, perfecta expresión de su axioma de que “el arte no debe ser consecuencia de una idea sino que debe ser generador de ideas”; sin que haya distancia alguna entre el tema y la manera de expresarlo se trata de una acción en dos direcciones: la idea que la genera y las ideas que genera. Para describir estas tres series cito a Alvaro Medina, investigador, crítico e historiador de arte de Colombia, quien presenta el catálogo: “Esta exposición se compone de tres series muy distintas, realizadas en el siguiente orden: Urnas, Sonajeros y Carbono 14. La primera se compone de dibujos y pinturas únicamente, las otras dos son tridimensionales y están conformadas de módulos que el artista arregla en sugerentes instalaciones. Se trata de series fáciles de identificar y distinguir que, a pesar de las notables diferencias que hay estrellas, se pueden enlazar por lo que expresan: la desolación y la incertidumbre que sentimos todos frente a los acontecimientos que juzgamos incomprensibles”. Formas circulares, sonajas que conocemos en culturas populares y que en Gómezbarros esconden significados secretos, imágenes de urnas como radiografías de cuerpos sin valor científico; en conclusión, son todos vasijas que contienen una buena porción de inconsciente colectivo.
Gómezbarros, con este trabajo, se enfrenta a una realidad conceptual que eficazmente expresa en lo formal. No es banal el uso del no color, de monocromías tierras, ocres, rojizas y negruzcas, el uso de arenas y fibras de vidrio, que en conjunción con la tela de arpillera, producen texturas grumosas sobre el objeto sonajero o la hormiga, objetos que al final son percibidos como rescatados en excavaciones arqueológicas o en ruinas de civilizaciones antiguas. Las formas, bien dimensionales o tridimensionales, eficazmente expresan el significado que el artista desea. De-Mentes, el título de la exposición que agrupaba las tres series, ya implica una multiplicidad de connotaciones. Subversivamente alude a la demencia, pero también a los mecanismos de la mente y el pensamiento. Se trata de la plasticidad formal y conceptual, de la elaboración profunda de diferenciaciones de valores inequívocos que la sociedad de hoy ofrece como posibilidad de espacio existencial determinado por los objetos y situaciones que lo contaminan, paradójicamente, es el espacio a partir del cual los artistas encuentran nuevas vías de expresión.
De-Mentes fue una extraordinaria exposición cuya presencia objetual no habló de figuraciones ni de abstracciones, pero sí mostró el lado de la racionalidad experimental de la sensibilidad, el lado intelectual del absurdo universal y de la negación de morir en la búsqueda de una moral filosófica ineficaz en estos tiempos, y no habló de una postmodernidad ya obsoleta sino de una revolución estética.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
