Pocos son los artistas cubanos que después de
estudiar en la capital y regresar a sus provincias de origen logran mantener un
nivel de expectativa alrededor de su quehacer. Creo que el caso de Pedro Pablo
Oliva, ganador en 2006 del Premio Nacional de Artes Plásticas por la obra
desarrollada durante toda su vida, es un caso poco usual. A pesar de sus 57
años, y vivir en Pinar del Río, mantiene un espíritu juvenil y renovador que le
ha permitido ganar popularidad y renombre en el escenario plástico cubano e
internacional Cuando los artistas reciben este tipo de reconocimiento adquieren
un compromiso con el Museo Nacional de Bellas Artes para realizar una
exposición personal, y la de Oliva se inauguró el 7 de septiembre bajo el
título Historia de amor. Conformada
por veintitrés piezas de sello neoexpresionista (siete cerámicas, ocho lienzos
e igual número de cartulinas) reveló nuevamente a un excelente artista
preocupado, sobre todo, por los conflictos humanos.

El mayor mérito de esta muestra, que agrupó obras significativas de la trayectoria del artista durante las décadas de los 80, 90 y primera de los 2000, está en subrayar, en primer lugar, sus potencialidades como ceramista, algo que muchas veces pasa de largo para quienes se acercan a su obra. El primer segmento estuvo dedicado a varias de sus más relevantes propuestas resueltas con cerámica esmaltada. Las loas para El iluminado (ganadora de la última edición de la Bienal de Cerámica Amelia Peláez) y Morboso juguete chino, las cuales comentan sobre ciertos arquetipos humanos usuales en la sociedad actual. En el caso de la primera, rinde homenaje a los chivos expiatorios, a aquellas personas valiosas que son condenadas en virtud de dejar impunes a otras que entorpecen la iniciativa individual. La segunda arremete contra los típicos demagogos, que bajo la retórica se convierten en peligrosos oportunistas. Descorrer los velos tras los cuales se ocultan actitudes negativas del ser humano, más allá de su posición social, es una de las preferencias del creador.
Gran parte de la exposición se concibió con obras de Oliva que pertenecen al tesauro del Museo Nacional; de ahí que no pudiera faltar su pieza más conocida, El gran apagón, lienzo que sin lugar a dudas, constituye un alarde (en el mejor sentido del término) de maestría técnica. Aquí se escenifican enclaves importantes de una etapa difícil para el cubano “de a pie”, donde hubo que recurrir a los más insospechados inventos domésticos para poder alumbrarse, por la falta de fluido eléctrico, gracias, entre otros factores, a las presiones del embargo económico.
Esta obra, junto a otros lienzos y cartulinas, conformaron el segundo segmento de la muestra, que tuvo también la cualidad de exhibir por primera vez la significativa pieza El inconcluso milagro del pan y los peces, también suerte de homenaje al conmovedor encuentro entre Fidel y el papa Juan Pablo II en su visita a Cuba. Oliva, con su habitual sentido del humor, dispone a ambos personajes sentados muy unidos en un mueble de mimbre. En la pieza predomina la gama de los verdes, haciendo honor a la esperanzadora cita.
Oliva ha sido un cronista de su tiempo, como pocos de su generación. Se ha mantenido al calor de las renovaciones que se han experimentado en el arte cubano y ha sido coherente con su línea de trabajo neoexpresionista, marcada en mayor medida por las obras de Chagall, Abela y Eiriz. Sus mayores virtudes formales radican en la calidad de su dibujo y la exquisitez de su colorido; pero lo que sigue llamando más la atención hacia su producción es esa capacidad para advertir estados de ánimo, caracteres y conflictos humanos.
Historia de amor es su manera lírica de asomarse a los problemas, de mirar la realidad aprovechando el lado positivo, porque a pesar de ser un crítico empedernido no se encuentran en sus obras planteamientos incisivos ni lacerantes. Toda su reflexión gira alrededor de la ternura, el perdón, la tolerancia, el diálogo; aunque a él mismo le ha sido angosto el camino de la creación, por su interés en tocar temas candentes de la realidad social cubana.
Se podrían curar varias muestras con la extensa obra de Oliva durante estas tres décadas, porque es un trabajador incansable. Sus valores como artista van más allá de cualquiera de sus exposiciones, pues ha dedicado gran parte de su vida a la pedagogía y la promoción de las artes plásticas. Su Casa Taller en su provincia natal es un espacio donde se promueven el arte y la crítica artística. Esta muestra nos revela a un artista con profundas preocupaciones filosóficas, y que, a pesar de los vaivenes sociales, aún confía en el mejoramiento humano. El rigor técnico de su quehacer lo avala como sobresaliente en la escena plástica cubana.
AMALIA BOMBÍN
