Medellín, la segunda ciudad más poblada de
Colombia, fue pionera en América Latina en el campo de las bienales
internacionales con su Bienal de Arte
Coltejer —segunda en aparición después de São Paulo—, evento que se
desarrolló de manera entrecortada en cuatro versiones entre 1968 y 1981. La
Bienal puso a Medellín en sintonía con los desarrollos del arte internacional,
especialmente con el arte producido en América Latina, y tuvo un efecto
necesario en la formación de un público conservador hacia una mirada más
actualizada y cosmopolita, lo cual se reflejó igualmente en una generación de
artistas locales inquietos por las nuevas realidades urbanas, que lograron
posteriormente consolidarse nacional e internacionalmente.
Como ha ocurrido en otros casos, el aporte de los grupos industriales patrocinadores terminó, y la ciudad, que paradójicamente entró en los años 80 en un marasmo institucional propiciado por la emergencia del narcotráfico, no retomó la bienal como un proyecto propio con el cual darle continuidad y a su vez proyectar a sus mejores artistas. Sólo un evento, el Festival Internacional de Arte, realizado con aportes de la municipalidad en 1997, demuestra la intermitencia de Medellín en el contexto internacional del arte.
Para 2006, aprovechando el excelente clima social y político que vive la ciudad, además de contar con una dinámica económica e infraestructura dignas de cualquier capital latinoamericana, el Museo de Antioquia —segundo museo en importancia en el país, poseedor de una importante colección de arte internacional y regional— convocó a un grupo de curadores colombianos y brasileños para diseñar un evento que permitiera colocar nuevamente a Medellín en el circuito internacional de arte y propiciar reflexiones importantes sobre las contradictorias realidades urbanas, tanto local como globales, a las que se ven enfrentados los ciudadanos en sus formas de convivencia, cohabitación y aceptación del otro.

Un equipo interdisciplinario conformado por José Roca, Óscar Muñoz, María Inés Rodríguez, Ana Paula Cohen, Jaime Cerón y Alberto Sierra, quienes asumieron la cocuraduría sin jerarquizar roles, se encargó finalmente de dar sentido a un ejercicio curatorial que se fue estructurando con los aportes mes por mes, hasta dar como resultado un evento diseminado en el tiempo y en el espacio, de baja intensidad pero de duración continuada por más de seis meses —febrero a julio de 2007—, en diversas instituciones y en numerosos espacios públicos y privados, cerrados y abiertos, de todos los estratos socioeconómicos del área metropolitana. Este espacio de experimentación al cual dieron por nombre Encuentro Internacional Medellín 2007/Prácticas Artísticas Contemporáneas, Espacios de Hospitalidad, para todos conocido como MDE07, se configuró como una articulación de distintas nociones de espacio que buscó generar la circulación de personas, proyectos artísticos, discursos y concepciones culturales diversos, en el que además de los grandes núcleos expositivos, con obras de 85 artistas internacionales se definieron unas zonas de activación que agruparon exposiciones de resonancia histórica, 4 seminarios teóricos con invitados nacionales e internacionales, 50 conversatorios con artistas y curadores invitados, 17 talleres de formación y educación artística en diversas prácticas, 5 publicaciones invitadas, 3 ciclos de videoarte, un festival de cine denominado Sin Fronteras, y cerca de 30 experiencias sonoras.
La figura de residencias artísticas fue una de las innovaciones introducidas dentro del Encuentro, en tanto permitió establecer vínculos más sólidos de los artistas con la ciudad y sus habitantes. Al MDE07 se invitaron 25 artistas internacionales y nacionales en residencia, para realizar proyectos específicos, cinco diseñadores y seis curadores en residencia para el fortalecimiento de estas prácticas, además de doce espacios independientes en residencia, cuatro espacios de artistas locales que sirvieron como anfitriones, cuatro de ciudades latinoamericanas: Río de Janeiro, Buenos Aires, Lima y Caracas, así como 4 de Bogotá y Cali, en un componente especialmente curado por el artista y gestor Óscar Muñoz, el cual denominó Espacios Anfitriones. Este programa, que dotó a varios espacios locales con los medios necesarios para que pudiesen invitar a sus pares de otras ciudades ofreciéndoles una “sucursal” temporal para realizar la programación habitual que ofertan en su ciudad de origen, resultó especialmente exitoso. La presencia de El Capacete, El Basilisco, La Culpable, Oficina # 1, El Bodegón, El Vicio, Helena Producciones y Casa Tomada, que, junto a Casa Tres Patios, Taller 7, La Jikara y Bellas Artes, multiplicaron la acción del MDE07 en la ciudad a través de múltiples canales relacionales; de allí que Medellín se convirtió en anfitriona de múltiples experiencias y prácticas artísticas sobre lo contemporáneo, convivió con ellas, e hizo partícipe a muchos ciudadanos aún no cercanos a la cultura con el arte.

La noción de hospitalidad, trabajada tanto por los filósofos contemporáneos —especialmente Derrida, quien fue el que desató el cuestionamiento inicial a partir de sus controvertidos derechos de hospitalidad en su libro La hospitalidad (1997), como por muchos pensadores de la postmodernidad, fue el concepto que prefiguró el sentido general de los Espacios de Hospitalidad que el equipo de curadores quiso asignar al Encuentro de Medellín, como una forma de cuestionarse o poner en cuestión a las personas que desde diferentes procedencias, tanto los anfitriones como los huéspedes o los visitantes esporádicos, se cruzaran en esta ciudad durante un semestre. La hospitalidad se concibió como una estrategia política, planteada como estructura horizontal de relación, con la cual se propuso activar y replantear las formas de comunicación entre las prácticas artísticas y la ciudad, fracturadas e inconexas por los fenómenos acontecidos desde la década de los 80, y por lo cual se consideró a Medellín durante muchos años como la ciudad prohibida para los extranjeros, e irónicamente, para sus propios habitantes.
Esta especie de ostracismo —como lo señala José Roca en un texto previo al evento— se ha hecho extensivo al arte del país mismo, al punto que artistas que son referencia del arte colombiano en el mundo, como Doris Salcedo, Óscar Muñoz, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas, María Fernanda Cardoso o Juan Manuel Echavarría, por citar apenas algunos nombres, no han expuesto nunca en Medellín de manera individual en un museo o institución importante. Medellín, —puntualiza Roca— “que se precia de ser una ciudad hospitalaria, aparentemente no lo había sido tanto para los más excelsos embajadores del país. Es por esto, entre otras consideraciones, que la tensión entre hospitalidad y hostilidad se convirtió en el leitmotif del Encuentro Internacional Medellín 2007 / Prácticas Artísticas Contemporáneas. En general, podría decirse que el MDE07 quiso domesticar el modelo Bienal, es decir, volver el gran evento artístico una situación doméstica, familiar, cotidiana”.1
Sin duda, esa misma inquietud que ronda al medio artístico hoy en día de redefinir el modelo internacional de bienal estimuló al grupo de curadores de Medellín para concebir una estructura de evento que fuera realmente adecuada y consciente de las carencias, necesidades y expectativas del medio local, sin prescindir a su vez de convertirse en una apuesta experiencial, con aportes pertinentes al debate internacional. Sin duda, el fenómeno denominado bienalismo ha incidido en que muchos eventos terminen pareciéndose en su estructura e imagen a las grandes ferias, cuya oferta artística y experiencia son similares a las de la bienal típica, modelo globalizado que busca la atención de lo espectacular, en detrimento de un proceso más hondo y formativo. Cada vez que surge un nuevo evento internacional surge también la misma pregunta: ¿es realmente posible reconfigurar este modelo?

Pienso que, en parte, el Encuentro de Medellín lo intentó. Trataré seguidamente, y en la medida de lo posible, describir para ustedes algunas de las obras y proyectos más representativos o polémicos, antes, aclarando que las derivas o ejes curatoriales —hospitalidad/hostilidad; xenofilia/xenofobia; parasitismo y simbiosis; habitando el museo, y residentes urbanos— que se desprenden del concepto general de hospitalidad propuesto, y que a su vez los enmarcan, se plantearon como una lectura total, sin clasificaciones o quiebres temáticos en los espacios de exposición.
El núcleo expositivo principal lo constituyeron las exposiciones de artistas internacionales por invitación directa, entre ellos Cildo Meireles y Antoni Muntadas —representado con su impresionante proyecto On Translation: Fear/Miedo—, que junto a los colombianos Antonio Caro, Adolfo Bernal y María Angélica Medina —pioneros del arte conceptual en Colombia, el primero, y del intervencionismo urbano y participativo, el segundo— sirvieron como artistas-eje en cada una de las derivas ya mencionadas y a los cuales se les dedicó un espacio significativo que presentaba varias etapas de su proceso anterior y otras inéditas.
Las obras, intervenciones, publicaciones y otras en diversos medios, así como la acción de éstos y la de los más de 80 artistas que los acompañaron se escenificaron de forma no simultánea entre febrero y julio en tres temporalidades diferentes: con una apertura inicial el 10 de febrero y dos circuitos expositivos el 13 de abril y el 26 de mayo, distribuyéndose en diez sedes y diversos espacios públicos a lo largo y ancho de la geografía del valle de Aburrá —la cual tiene a la ciudad de Medellín como centro de su área metropolitana—, con los más importantes museos y galerías culturales de exposición permanente encabezados por la Casa del Encuentro como espacio nuclear, el Museo de Antioquia, Museo de Arte Moderno, Museo Universitario de la Universidad de Antioquia, Centro Colombo Americano, Sala de Arte de Suramericana de Seguros, Centro de Artes Universidad EAFIT, Alianza Francesa, Palacio de la Cultura, y los diferentes espacios anfitriones e instituciones asociadas que facilitaron sus salas para albergarlos.

La exposición de apertura presentó en el espacio de La Casa del Encuentro —sede antigua anexa al edificio principal del Museo de Antioquia— obras de los brasileros Ángela Dethanico & Rafael Lain, entre ellas, Ruido blanco —presente en la actual Bienal de Venecia—, el español Javier Peñafiel, los colombianos Jaime Iregui, Bernardo Ortiz, Víctor Muñoz y Gabriel Sierra, este último se encargó del diseño del mobiliario y la museografía de una manera acertada, la cual le da sentido a la adecuación de este nuevo espacio.
Para el primer recorrido expositivo en abril, los museos de la ciudad sirvieron como escenario principal, desmontando parte de sus colecciones permanentes y facilitando las salas temporales para albergar las obras y proyectos de site specific presentados por los artistas. El Museo de Antioquia fue habitado por propuestas que dialogaron con su colección de arte e historia del siglo XIX y XX, como la inteligente e irónica Evidencias clínicas de la artista local Libia Posada, quien colocó sutilmente retratos de mujeres afectadas por diferentes tipologías de violencia en la museografía existente, creando una impactante lectura de la situación de la mujer en la sociedad; extrañamiento logrado a partir de una rigurosa investigación de campo y un refinado trabajo fotográfico en estudio. Por su parte, Jaime Ávila se apropió de la fachada principal del museo para enarbolar sus siniestras banderas negras, aludiendo de forma irónica a la bandera norteamericana, acompañadas de un enorme pendón con la imagen de un dispositivo nuclear con dos cabezas, la cúpula del capitolio en Washington y la cúpula de su edificio congénere en La Habana.

En las salas del primer piso se podía apreciar, entre otros, el impactante y conmovedor video Bocas de ceniza de Juan Manuel Echavarría, el cual hace conciencia de las absurdas situaciones de hostilidad y crueldad que vive Colombia como consecuencia de su conflicto armado. Las dos exposiciones antológicas de los procesos de Cildo Meireles y Adolfo Bernal, y en el espacio entre éstas, se articulaba perfectamente una instalación con el mapa conceptual del mexicano Erick Beltrán, que lleva por nombre ¿Qué es el discurso?
En el segundo piso se presentó una exposición de resonancia histórica sobre los Orígenes y procesos del arte conceptual en Colombia, curada por el reconocido artista Álvaro Barrios, la cual fue parasitada por una muestra de Bernardo Ortiz titulada Following piece, con piezas adaptadas de artistas de su propio culto como Daniel Buren, On Kawara, Piero Manzoni, Sigmar Polke, Hans Haacke, entre otros. Siguiendo el recorrido, se encontraban también algunas piezas del cubano David Palacios, así como de los colombianos Miguel Ángel Rojas y Nicolás Consuegra.
En el Museo de Arte Moderno, el espacio estaba presidido por la proyección de los videos de Antoni Muntadas, para quien se destinó toda la sala del cuarto piso; en el nivel intermedio se instaló el taller del joven artista bogotano Mateo López, el cual reprodujo minuciosamente su espacio de trabajo con objetos realizados a lápiz y armados perfectamente, jugando de forma poética con los intersticios del simulacro. En el primer piso, se hizo memoria del Primer Coloquio Iberoamericano de Arte No Objetual y Arte Urbano de 1981, realizado en este mismo museo, el cual tuvo gran importancia y significación para la ciudad en el debate sobre el situacionismo, las propuestas efímeras y el arte conceptual o su variable en Latinoamérica de formas de inserción en los circuitos ideológicos. Este coloquio, además de ser un hito en la discusión del arte latinoamericano de los 70 y 80, y el cual tuvo la presencia de connotados artistas y teóricos como Ana Mendieta, Carl Andre, Cildo Meireles, Pedro Therán, Felipe Ehrenberg y Juan Acha, entre otros, fue tomado por los cocuradores del Encuentro como uno de sus referentes simbólicos y detonantes del arte contemporáneo en Colombia, al cual se deben muchas de las dinámicas y procesos desarrollados por artistas de dicha generación hasta la actual.

Otros artistas fueron montados en salas dispersas en el circuito de la ciudad, como la argentina Carla Zacagnini, el español Federico Guzmán y los colombianos Alberto Baraya, Milena Bonilla y Liliana Angulo, quienes mostraron sus obras en las salas del Museo Universitario, espacio igualmente tradicional para estos eventos, ya que fue la sede de las primeras bienales en los 60. Paralelamente, en el Centro de Artes de la universidad EAFIT, en el sector sur de la ciudad, se presentaron dos piezas de video realmente conmovedoras e inteligentemente articuladas al eje conceptual de xenofilia/xenofobia, de los artistas Cristina Lucas y Vasco Araújo. La española quien estuvo presente para dirigir el evento performático que presentó recientemente en la Bienal de Estambul, titulado Pantone, se convirtió en una de las piezas más destacadas y comentadas por el público asistente, quien presenció una apoteósica babel de voces de historiadores in crescendo que iban describiendo, cada uno y sin oírse entre sí, las transformaciones territoriales o políticas en un escenario proyectado y cambiante desde las primeras civilizaciones de la humanidad hasta el día de hoy. En la sala paralela se proyectó el video de Vásco Araujo titulado O’ Jardim, pieza de una inmensa poesía, personificada por el diálogo entre las estatuas en bronce del jardín del Museo de Arte de Lisboa, basado en textos de Homero, que permiten leer entre líneas los rezagos históricos del colonialismo.
De este primer recorrido es importante destacar, igualmente, la presencia de la artista eslovena Marjetica Potrc, en el Centro Colombo Americano, con una instalación en sala titulada The Great City of Medellin, que interpretó de una manera casi científica los procesos vividos por la ciudad en el pasado reciente, para plantear señalamientos ecosóficos sobre las potencialidades futuras de la ciudad y sus habitantes.

A finales de mayo se programó un segundo recorrido expositivo con nuevos montajes y activación de otras salas y espacios públicos en la ciudad, que contó con la importante presencia de Tatzu Nishi —artista japonés residenciado en Colonia—, quien instaló dos proyectos de intervención en diferentes sectores de la ciudad, los cuales contaron con gran aceptación por parte del público, que los convirtió literalmente en “sitios de peregrinación”. Por favor, susúrrame algo al oído es un proyecto en sitio específico que se apropió de una de las torres de la iglesia del Sagrado Corazón, en el sector céntrico de Barrio Triste, mediante un andamiaje de más de 30 metros, con el cual invitó a subir a los curiosos espectadores, con la idea de que habitaran un espacio interior que reproducía la escala y mobiliario típico de las casas colombianas, con la cruz ornamental de la iglesia como “adorno” de la mesa de comedor. Este proyecto, junto a Candelabro, una lámpara monumental construida con postes del alumbrado público invertidos y suspendidos en la mitad de dos grandes avenidas, serán inolvidables para quienes los vivieron. Otras dos piezas significativas en este circuito urbano lo constituyeron las intervenciones Entre.Paréntesis de Cildo Meireles, pieza inédita y especialmente diseñada para Medellín, y Todos somos indeseables del español Fernando Sánchez Castillo, aviso luminoso de neón instalado puntualmente en la parte alta de un prestigioso café en la zona rosa de la ciudad y el cual tuvo todo tipo de comentarios y polémicas, hasta el punto de ser instalado y desinstalado varias veces durante la temporalidad en que estuvo en el lugar.
El argentino Tomás Sarraceno desarrolló un interesante proceso de taller con jóvenes artistas y especialistas en aerostática, con los cuales construyó un globo gigante hecho con bolsas plásticas recicladas de diferentes países, como Emiratos Árabes, Italia o Alemania, donde había realizado el mismo proceso, que unidas a las recolectadas localmente permitieron la lúdica de elevar esta pieza sobre el cielo del parque San Antonio. Otra de las experiencias en espacio público de grata recordación fue el evento sonoro del artista irlandés Dennis McNulty, denominado Concierto al atardecer, el cual enalteció la contemplación de los presentes en uno de los nuevos parques biblioteca, para encontrarse consigo mismos y, especialmente, con la ciudad.

Para finalizar este paneo de seis meses, es necesario destacar los proyectos específicamente concebidos para este evento por artistas como Ana Claudia Múnera y Gloria Posada; el espacio amable y generoso creado en la Casa del Encuentro por el colectivo Instant Coffee Collective de Canadá, las publicaciones invitadas: Point d’ironie, Pulgar, Asterisco, Valdez y Robot, la presencia de artistas fundamentales y a su vez polémicos como Rodrigo Bueno y Santiago Cirugeda, y como colofón, la inolvidable intervención del mexicano Héctor Zamora, conocido por sus estructuras parásitas de la arquitectura de los museos, quien con su pieza Sustracción-adición (Bar Las Divas) transformó una zona deprimida del centro de la ciudad vecina al Museo de Antioquia habitada por indigentes, prostitutas y pillos, “robándole” precisamente al museo la oficina de coordinación del evento, para abrir temporalmente un bar administrado por una fundación asistencial de esta misma población. La tensión creada por Zamora y el extrañamiento, tanto del público visitante del MDE07 a la Casa del Encuentro como de los habitantes del sector, permitieron una zona de distensión necesaria y cuestionante desde el arte. Como señala Nicolás Bourriaud2 en su estética de lo relacional, toda obra de arte produce un modelo de sociedad, que traspone el ámbito de lo real o podría traducirse en él. Entonces, frente a una producción estética, queda la pregunta: ¿esta obra me autoriza al diálogo? ¿Podría yo existir, y cómo, en el espacio que esta obra define?
Curatorial y museográficamente, las exposiciones dieron cuenta de diversas facetas en la producción de cada uno de los artistas invitados, contando con un montaje generoso y acertado que permitió a los espectadores disfrutar de las obras, al tiempo que facilitó la apreciación de los nuevos lenguajes contemporáneos en su pluralidad multimediática o postmediática3, en las que se abordó el concepto ampliado de la hospitalidad desde medios tan diferentes como la pintura, el dibujo, la gráfica expandida, la fotografía, la escultura, la instalación, el videoarte, las acciones, las intervenciones con proyectos en sitio específico y las obras de participación comunitaria.

La puesta en escena profesional y con calidad que realizó el equipo curatorial con el apoyo de los demás equipos de trabajo del Encuentro y de las demás instituciones sede, no envidia a otras similares en el nivel internacional. Todo estaba listo, sin baches ni faltantes, los días en que se programaron los recorridos. La dinámica acontecida y la masiva asistencia —cerca de 220.000 espectadores—, sumados las diferentes sedes y espacios públicos de exposición, confirmaron el interés suscitado en el medio artístico y gran parte de la ciudadanía por la presencia de artistas de gran reconocimiento en el circuito internacional del arte, así como por el impacto y novedad que generan los nuevos lenguajes contemporáneos.
La sensación que queda, ya digeridos el contenido y la forma, es que se logró el objetivo de transformar el medio local y acondicionar una plataforma de discusión y conexión permanente con el mundo desde Medellín. La Casa del Encuentro es, sin duda, el aporte tangible que el MDE07 le lega a la ciudad. Este espacio se convirtió en punto de encuentro y plataforma de actualización de los lenguajes contemporáneos a partir de un sentido del lugar acogedor, amable y doméstico para el medio artístico y la ciudadanía. La Casa del Encuentro permanecerá como una entidad autónoma, con un programa de curadores en residencia y, sin duda, será instrumento para la revitalización de la escena local y el mantenimiento de lo logrado en los seis meses de activación que propuso el Encuentro.
Para finalizar, cito textualmente uno de los textos de José Roca que sintetiza la apuesta por recuperar el tiempo perdido, no sólo de Medellín, sino, a mi pensar, de los eventos internacionales sobre arte en Colombia: “… en 1981, el artista conceptual Adolfo Bernal lanzó una consigna en clave morse por radio, con motivo del Primer Coloquio de Arte No Objetual: MDE S.O.S., la sigla que designa la ciudad internacionalmente, acompañada de un llamado de auxilio. La respuesta llega un cuarto de siglo después, sólo que la ayuda viene desde adentro. De toda evidencia, Medellín se ha reencontrado y nosotros con ella”.
NOTAS
1. José Roca, Textos conceptuales previos al evento, 2006
2. Nicolás Bourriaud, Estética Relacional, 2004.
3. El concepto de la post-media o arte post-mediático hace referencia a una situación contemporánea en la que el artista se siente con la libertad suficiente para moverse dentro de la amplia gama de medios técnicos que le ofrece el momento actual. En el arte de hoy, la figura del artista, como la del individuo en general, es móvil y nómada.
CARLOS URIBE
Historiador y artista. Trabajó en el equipo del MDE07 como Coordinador General. Actualmente trabaja como Director Artístico en el Museo de Antioquia.

