El evento Medellín 07 fue planteado con el objetivo de devolver a la ciudad la dimensión artística internacional que le dieron las llamadas bienales de Medellín, eventos que convocaron gran cantidad de artistas y de críticos, lo que permitió un necesario cotejo de nombres y tendencias en boga, de las cuales se hizo un necesario balance crítico, cuya repercusión se mantiene hasta hoy, pues en muchos casos los planteamientos allí presentados siguen teniendo vigencia, se han desarrollado felizmente o han derivado hacia nuevas propuestas.
Lógicamente, el evento tenía que plantearse bajo la óptica de las experiencias estéticas actuales y desde lo que supone entonces la discusión abierta sobre la función de los museos, las nuevas espacialidades de éstos a partir del nuevo planteamiento formal de las obras, los conceptos sobre el espacio urbano, Historia y memoria, archivo y sentimentalidad, etcétera. ¿Dónde y hacia dónde había discurrido el arte local, el arte joven? La premisa de sacar del museo el evento y plantearlo de frente a los espacios de una ciudad que apenas comienza a salir de décadas de oscura y terrible violencia fue algo importante, pues exigía de salida una revisión a fondo de las llamadas cartografías urbanas, donde los conceptos de especulación, de poder político, determinaron la violencia.
Se suponía que eran los espacios innombrados, allí donde habían muerto miles de jóvenes, de niños y madres inocentes, los que abrirían un abanico de preguntas: ¿monumento o túmulo funerario? ¿Cómo replantear desde la calle estas historias de dolor? ¿Crónica nueva o simplemente testimonio sentimental? ¿No ha sido éste el reto que han enfrentado Jeff Wall, Friedlander, Crewdson?

La historia oficial archiva los nombres, los datos, reduce la muerte individual a cifras pero la memoria asiste al momento del hecho a través de aquello que lo hace humano, el temblor de unos ojos, de unas manos, la mirada que busca el cielo abierto, etc. O sea la tarea de hacer aterrizar sobre una realidad específica ese corpus teórico que se fosilizó en ciertas instituciones y que es necesario insuflar de una pasión moral necesaria.
Trasladar a estos lugares conceptos aplicados a otras realidades, convertidos por pereza mental en recetas al uso, no era lo que se buscaba, pues se suponía que esta experiencia necesitaba de un tipo de artista capaz de entender que lo artístico como una estética en abstracto es una trampa, y lo importante es la capacidad de crear enunciados plásticos a través de estos nuevos lenguajes, de estas realidades que han permanecido al margen del mapa oficial.
¿Códigos de qué? ¿íconos de cuál realidad? De este modo, un evento no se reduce a la presencia de los habitués de todas las bienales sino que plantea la exigencia de un artista capaz de aceptar este reto donde la inmersión directa en el proceso modificará necesariamente sus puntos de vista sobre el material del que está compuesta esta realidad. Se está en la ciudad, que es un gerundio y no, pues, se hace arte urbano, que es casi siempre una falacia.
Cuando se carece de la tradición de la experiencia el peligro consiste en caer en lo ingenuo, en el entusiasmo sin asidero riguroso, en lo espontáneo por lo espontáneo y sobre todo en el peligro que conlleva el sofisma de confundir la supuesta libertad estética con creer que cualquier cosa es arte.
Plantear la diferencia entre artesanía y arte utilizando para ello la presencia y el aporte de algunos colectivos populares, de un albañil al cual se ha propuesto el tratamiento de imágenes típicas y tópicas, puede conducir a nada, a equivocaciones que son mortales, porque crean en los artesanos una confusión que en lugar de ser benéfica, puede ser perversa en sus resultados.
La intervención de Daniel Buren está hecha bajo una perspectiva de modestia total, donde su gesto colorístico parte del reconocimiento de los colores que ya están presentes en el sitio, de ese código de colores que identifican sin necesidad de explicaciones antropológicas a un determinado conglomerado urbano.
Esta ausencia de modestia y de respeto por los lugares, por el valor del color en el lugar, por las prácticas visuales de los grupos urbanos, le quitó argumentos válidos a la mayoría de las propuestas, para resignificar un puente, un espacio.
Bajo la égida del arte conceptual de hace 20 años y de la mano de Adolfo Bernal y de Antonio Caro, el interrogante de paredes y localizaciones se volvió sobre ellos mismos bajo el sabio interrogante de Kevin Lynch: ¿De qué tiempo es este lugar? Si ayer se vivió la guerra, ¿Cómo va a ser la construcción de los significados de la paz? Porque la paz es construcción y no deconstrucción. Además, a lo largo de esta década hemos comprobado que también lo conceptual puede convertirse en un producto al uso de las nuevas academias.
Cildo Meireles quien había sido convocado para atraer muchos de estos interrogantes, no vino. Marjetica Potrc y Tomás Saraceno habitúes de la mayoría de las bienales, presentaron interesantes pero asépticas propuestas. También lo hicieron Alberto Baraya y Tatzu Nishi, María Angélica Medina, etc.
Fuera pues del acompañamiento del gran público el evento se planteó como tertulias y seminarios para diseñadores, artistas, algunos arquitectos y científicos y teniendo como interlocutores a alumnos de artes, estudiantes de universidad en general.
Se hizo una exposición con el recuento gráfico de lo que fue el primer encuentro de arte no objetual, y va a exponerse una selección de obras de las bienales adquiridas por las empresas patrocinadoras de entonces. El reducido número de artistas locales escogidos por los curadores José Ignacio Roca, María Inés Rodríguez, Paula Cohen, Jaime Cerón y Óscar Muñoz produjo una reacción, pues se considera que los curadores desconocían el proceso del arte en la ciudad.
Esperando una bienal tradicional con exposiciones de “Obras de Arte”, el público ha reaccionado negativamente ante un evento que se ha celebrado entre una minoría de entendidos, sin ese elemento provocador de lo lúdico, sin esa pedagogía del espacio público. El prometido aporte económico de muchas empresas no se dio finalmente, lo que hizo que la programación anunciada tuviera que ser recortada, dolorosamente.
DARÍO RUIZ GÓMEZ
Ensayista, profesor universitario y crítico de arte.

