Curada y museografiada por sí misma, María Ezcurra presentó desde el 23 de agosto y hasta finales del mes de octubre: Me visto, por lo tanto existo. En la Universidad del Claustro de Sor Juana, México, y en el marco de la Colección de Indumentaria Mexicana Luis Márquez Romay, Ezcurra articula cuatro secciones y un catálogo para mirar su obra. Esta reunión de trabajos de muchos años desestructura la tela para que pierda su función como ropa, y para el trabajo sobre textiles ofrezca cada prenda intervenida como hallazgo estético, instante detenido para ponderar rituales personales con la vestimenta y memorial crítico de la sociedad mexicana consigo misma. Resulta así que piezas (la vestimenta intervenida), subtexto (el comentario que se suscita) y artista (la persona que aquí reflexiona sobre el ser mujer) son una y la misma propuesta.
Joven mujer de 34 años, nacida en Buenos Aires, Argentina, y nacionalizada mexicana, Ezcurra forma parte de la más reciente generación de artistas en México, activa desde principios de los noventa y preocupada por su contexto, rechazando que la práctica del arte sea frívolo pretexto para una vida de eventualidades sociales. Esta retrospectiva muestra a Ezcurra evaluando su propia trayectoria desde la época en que difundir obra, lo mismo propia que la de compañeros de generación como Sebastián Romo, y la fundación de sitios para exponer y pensar el arte –espacios hoy míticos para la escena contemporánea como La Panadería—, era ineludible necesidad.

María Ezcurra piensa su trabajo como la relación de su ser interno con el modo en que ella experimenta la ciudad en la que vive. La ropa que emplea en su trabajo es toda comprada de segunda mano, objeto-encontrado que documenta las reacciones de esta artista, las ideas y problemas que confronta toda mujer en la vida cotidiana. La muestra transita muy bien de esta manera entre lo público y lo privado, de la problemática de género en México a una suerte de biografía plástico-intelectual de la artista. Aunque la obra de Ezcurra se halle conscientemente atrapada entre la escultura y la interpretación del espacio, esta exposición resulta ser la oportunidad esperada para renovar el léxico interpretativo que explique cierta evolución en los ejercicios de instalación e intervención en México. Es una práctica que hace minuciosa puesta en escena de la realidad, propone estética relacional y juego escultural, para reinterpretar algunos valores de la arquitectura.
Es también virtud de esta exposición la que se advierte en el insospechado provecho que la artista logra sacar de una sede difícil y poco versátil. Cuatro habitaciones del antiguo convento novohispano de monjas jerónimas, construidas en el siglo XVI, sirvieron para ubicar los usos de las mujeres con su cuerpo —en el pasado colonial y en la actualidad— además de hacer denuncia y disección de las exigencias a las que cada contexto las obliga. En Cuerpo de trabajo observamos las mutaciones de la vestimenta en rol social; en Quince primaveras asistimos al vals que el mundo interior de cada mujer tiene que bailar con el deber ser de su sociedad; Guardarropa del ama de casa perfecta ubica el sitio en que una mujer pierde su autonomía y el contexto transforma su ser en mobiliario y monserga.
María Ezcurra propone la obscenidad como estrategia primordial, y sin suponer aquí un juicio de valor, o una moral propugnada. Obscenidad entendida como el ejercicio y revelación en público de lo que suele ser práctica privada, vivencia íntima. Así, la muestra está integrada por una pieza donde la gráfica de doce calzones rojos alude al ritual consumista que vende la esperanza de un amor si se los usa en año nuevo. Cada impresión así presentada resulta ser, al tiempo, crónica íntima de los sueños de esta mexicana y análisis de los rituales comunes a las mujeres latinoamericanas. Otras prendas de vestir alteradas juegan con su significado aludido y el espacio que ocupan como significante. Los estampados industriales sobre textiles con patrones animales, y que parecieran pieles extendidas, son claro ejemplo de ellos. Cinco fotografías más —de gran formato— complementan la reflexión que sus títulos suscitan y la circunferencia formada por quince vestidos para la fiesta de anónimas quinceañeras une los nombres y sentimientos de esas jóvenes. Otra vez asistimos a la prenda de vestir como nodo donde concurren esponsales de las mexicanas con su sociedad, y apunte etnológico sobre la otredad entre mujeres. Por último, y a medio camino entre la poética y la brutalidad, “ni una más” (un arnés que sujeta medias de nylon con un zapato adentro) es desesperado índice forense, referente necesario para la ola de asesinatos sufridos por mujeres de todas edades en Juárez, ciudad de frontera al norte de México.
CARLOS MOLINA
