Entramos a la habitación, un recinto con las
paredes y el suelo pintados de blanco. Los vestidos colgados de un gancho se
dejan ver a través del cristal. Espinas de rosa nacen de la supuesta tela que
no es sino papel maché y yeso del que usan los médicos para entablar nuestros
cuerpos cuando hemos sufrido un accidente. Algunas piezas aparecen protegidas
en urnas de cristal: zapatos, carteras, caperuzas, cabello trenzado. Otras,
como los trajes de novia, están suspendidas en el aire. La obra de Mari Carmen
Carrillo muestra el carácter frágil y al mismo tiempo rígido de la voluntad
femenina en relación con el mundo exterior. La artista venezolana habla de la
violencia, la inclemencia, y la capacidad de resistencia del ser humano
mediante la ejecución de complejos diseños hechos con las espinas de rosa.
Armadillo se divide en varias estaciones. En los Escaparates hay rollitos de papel almacenados que simulan ser flores incrustadas, el boceto de un colchón de bodas. Dos trajes que nos remiten al “inmaculado” juego matrimonial cuelgan de una rama punzante. Lienzos —sábanas en miniatura— cuidadosamente doblados se ven en el armario aledaño, parecen pergaminos. Una pluma atraviesa la tela. ¿Qué firma tortuosa se esconde tras el paño blanco? Las vidrieras tienen motivos decorativos (espinosos) al fondo. ¿Puede la víctima del maleficio transitar por esta amalgama de caminos laberínticos? Las carteras con huevos y plumas nos recuerdan ciertos impulsos domésticos asociados con la brujería. Un pedazo arrancado de una foto se halla perdido en una de las urnas. La imagen documenta un simple instante en medio del acto sagrado de unión conyugal (¿bodas de sangre?). ¿Podría hablarse con certeza de un posible sortilegio, amarre entre dos almas malditas que concurren en una sesión de hechicería?

Según dicen los expertos, la magia o medicina con espinas suele ser muy poderosa. En la hechicería tebana, por ejemplo, el ritual de coronar con espinas puede desfigurar a la víctima. Un árbol espinoso —que planta el hechicero— puede atraer a los mortales que desarrollan sensaciones de fe y esperanza. Mari Carmen Carrillo, sin embargo, trabaja su ritual de otra manera. La espina compone la capa protectora, el escudo con el cual puede la artista defenderse del peligro o la influencia ajena. Al mismo tiempo, la espina tiene una connotación alegórica en su obra. Nos refiere a la mala hierba que crece en cualquier terreno sin que se le cultive, tierra baldía —de la que habla T. S. Eliot en su poema—, o el profundo marchitamiento (sequía, aridez) de Yerma, la mujer sin hijos, de Federico García Lorca. Frida Kahlo se retrataba a sí misma con collar de espinas, para representar el dolor de su cuerpo mutilado, paralizado. Su espalda (su columna vertebral) aparece a menudo fracturada, cubierta de clavos o flechas que le impiden moverse, respirar. En cambio, Mari Carmen Carrillo utiliza las espinas de rosa como una cobija, un arma de defensa, su refugio. Las espinas pueden crecer hacia fuera o hacia dentro del vestido, rasgando la epidermis, su coraza, la piel del armadillo.
Las caperuzas son colocadas también en las vitrinas, una frente a otra, divididas por una línea invisible. Algunas gotas de sangre manchan el traje escondido bajo la capa. Colmillos y muelas (¿de animales o personas muertas?) se exhiben sin reserva. Puede que se recree aquí alguna leyenda, un relato cáustico de la historia de la humanidad. El espectador puede abrir gavetas y mirarse, horrorizarse a sí mismo en un espejo, palpar los incisivos huesos molares que se ofrecen a su vista, o acariciar la caperuza de color rojo sangre. Quizá podríamos descubrir poco a poco la esencia misma de nuestra propia naturaleza si nos miramos detenidamente en el espejo: acaso dejamos de ser seres humanos para convertirnos en lobos hambrientos, con dientes afilados. Entonces no habría por qué ponerse a imaginar, elucubrar dónde se encuentran sepultados los cuerpos perdidos, mordidos, amenazados, provocados. Tal vez entendamos la hechura de la forma ausente, espacio desértico del vestido de espinas, la necesidad de construir una maqueta para expresar oscuros sentimientos, y la razón por la que hemos dejado de existir.
Gasa, alambre, yeso, dentelladas imaginarias se confabulan para enhebrar un cuento de miedo que subyace bajo la representación múltiple, escabrosa, del vestido. La experiencia visual aparece amplificada con el desenlace de la historia: la niña de la roja capa se rebela contra el lobo, le arranca la piel y se cubre con ella. A veces pensamos en la posibilidad de un sanatorio donde el blanco de las paredes se confunde con el traje del enfermo. La insinuación de la sangre nos remite a ciertas situaciones límites, dolorosas, en las que se ve implicada con frecuencia la mujer moderna. La armadura de espinas se vuelve más resistente, inquebrantable con el paso del tiempo, pero la cicatriz queda siempre en la corteza.
DINORAH PÉREZ-RENTERÍA
