El
otoño nos reserva un enaltecedor reencuentro en el sur de Florida. Se trata de
la muestra Guillermo Trujillo: Panamanian Master que nos propone el
Museo de Arte de Boca de Ratón. La enjundiosa selección aúna obras
representativas de los últimos cuarenta años de la prolija producción artística
de Trujillo, el artista panameño más renombrado del siglo XX y uno de los
pilares de la pintura latinoamericana donde mística y estilización crean un
universo único.
La muestra comprende una vasta representación de la evolución estilística de Trujillo, donde el continuum de la figura humana se erige en motivación central. Pitonisas o chamanes, conglomerados que asisten a lugares de culto o de consulta, se funden con el siempre exuberante entorno natural: una maleza que les contiene y les da fruto.

Trujillo nació en Horconcitos, provincia de Chiriquí, donde todavía hoy la presencia viva de los Guaymíes o Ngöbé —el mayor grupo indígena de la nación—, insufla el espíritu de la región. La cultura ngöbé es rica en su producción artesanal, distinguiéndole sus coloridos vestidos, sus collares de cuentas o chaquiras y un rico legado de mitos y leyendas que sutilmente se entretejen en el universo de Guillermo Trujillo hasta llegar a nosotros en una dádiva generosa. La zona es también exorbitante desde el punto de vista natural: maleza, mar, volcán, curten así el universo sensorial del artista que aflora ante nosotros en cada nuevo cuadro.
Trujillo es tributario de toda esa exuberancia que le rodea desde su más temprana infancia, revirtiéndolo en su sed de medios de expresión. Explora, entonces, diferentes medios: pintura, cerámica, grabado, jardinería, tapicería. Es un espíritu ávido que necesita dar morada a un universo vasto. Incursiona en la acuarela y la plumilla, pasando por el óleo y el acrílico. Así, el artista se va curtiendo de un aparato técnico que, cada vez se complejiza más, al tiempo que se depura. Las obras de Trujillo parecieran tejidas, más que salidas del pincel. Son fruto del más refinado virtuosismo artesanal, donde el sentido de entrega minucioso, de repetición de un pattern único, minúsculo, suficiente, potencia la emergencia de un universo sacro. Una especie de horror vacui, o la necesidad imperiosa de acariciar cada uno de esos seres que se afinan y se elevan hasta alcanzar el cielo.
El artista sintetiza, recrea y reinventa un cosmos que mantiene puntos tangenciales con su niñez, su cultura de origen. El mismo artista admite que su paso por el Viejo Continente le abrió los ojos y le hizo redescubrir el valor universal de su cultura local. Esta preocupación distintiva de los movimientos de arte moderno latinoamericano es una constante de la obra de Trujillo, que se erige como síntesis del arte occidental, del latino y de la cultura indígena del área oeste del Istmo de Panamá. Los ismos adquiridos lo llevan a indagar en su cultura de origen, donde los mitos y el realismo mágico no son para nada exóticos, sino parte de un imaginario colectivo cotidiano para el artista. Sin embargo, Trujillo no es un comentarista de esos mitos, tampoco un intérprete, sino un fabulador insaciable de personajes míticos que, como tales, no existen.
No obstante, se identifican en su obra referencias netas a elementos emblemáticos de la cultura indígena ngöbé, como el nucho, la mola o el bote, que son revisitados e integrados a una nueva cosmogonía. El nucho, esta suerte de bastón-tótem, en específico, se erige en elemento crucial de la obra de Trujillo, llegando, incluso, a antropomorfizarse o aparearse con el elemento humano, creando un híbrido único, estilizando las figuras que se crecen ante nuestros ojos, fundiéndose con el azur. Y he aquí otro elemento constitutivo vital dentro de la obra de Trujillo y presente en la muestra: el color. Si bien la estilización del elemento humano y paisajístico marca, podríamos decir, una reverencia ante el espíritu y la cultura natal, el color impone el estado de ánimo, yendo desde vivaces composiciones cromáticas hasta lo monocromo.
La dimensión estética de la sólida trayectoria de Guillermo Trujillo versa entre búsqueda y asimilación, entre seducción y resistencia. Un perfecto equilibrio que reconstruye un pasado presente, donde el mito y la espiritualidad presiden cada acto cotidiano y donde lo humano se reinserta como eslabón natural: parte de un equilibrio que debería ser respetado, y de ser posible, restaurado. El hombre parece reverenciar el mundo que lo acoge, y como gratitud, fábula, reverencia y ofrece ceremonia.
Guillermo Trujillo: Panamanian Master, es una magnífica oportunidad de rendir homenaje a la siempre bienvenida propuesta del maestro centroamericano, donde identidad y universalidad, rescate y tributo, nos llevan de la mano al sueño.
JANET BATET
