Exposición Individualdic 2007 - feb 2008· Por Luis Agusti

Esther Vainstein

Instituto Cultural Peruano Norteamericano - ICPNA

 La fascinación por el paisaje desértico de la costa peruana ha inspirado la indagación plástica de notables creadores, para quienes el referente geográfico nacional no tiene por qué agotarse necesariamente en las alusiones a los Andes. Así, los paisajes de Reynaldo Luza, los nudos e instalaciones de Jorge Eduardo Eielson, las abstracciones de Fernando de Szyszlo y, más recientemente, el registro del patrimonio histórico y natural de Ricardo Wiesse conforman un continuo unificado a partir de las texturas del arenal y el devenir cultural en él desarrollado. En esta línea se integra la obra de Esther Vainstein, quien en Ofrendas de barro y viento: cadencia y variaciones 2007 reúne trabajos representativos de 27 años de trayectoria, en una muestra concebida como una suerte de gran instalación ajustada a las posibilidades del espacio galerístico particular.

La exposición, curada por Jorge Villacorta y Paulo Dam, abarca diversos lenguajes: dibujo, instalación, pintura y videoproyección; algunas obras son versiones recientes de trabajos anteriores, como ocurre con ciertas instalaciones (Biombo de zafiro, por ejemplo). A decir de Villacorta, “(...) no es una muestra antológica en el sentido estricto del término, pues no hace una revisión de una trayectoria como mirada al pasado. Por el contrario, celebra el presente desde su planteamiento como una sola gran instalación (...)”. La diversidad de medios expresivos adquiere una singular unidad, por cuanto la artista se muestra coherente en la persistencia del eje temático. Esto es, la radical austeridad del paisaje costero peruano deviene la fuente de un caudal inagotable de matices estéticos. Esta paradoja fue ya advertida por el propio Eielson, quien en 1977 escribió para su muestra Paisaje infinito: “Siempre pensé que semejante geografía nunca habría podido generar ningún entusiasmo óptico, ninguna efusión anímica ni, por ende, ningún pensamiento plástico”.

Exposición Individual: Esther Vainstein — imagen 1
Esther Vainstein. Biombo de zafiro, 1993 (versión 2007). Escultura-instalación: caña, cemento y mariposas Morpho Didius. Dimensiones variables.

Austeridad, sí; pero, en el caso de Vainstein, debe añadirse la voluntad de experimentación avalada tanto por el rigor en la solución material como por el alejamiento de amaneramientos formales o subordinaciones al discurso cultural. Así, Paracas II (1983), dibujo sobre papel de 1,20 x 17,90 metros exhibido en la XVII Bienal de São Paulo, constituye un registro de la sobrecogedora inmensidad del paisaje, mediante una sutil intervención en una superficie de formato heroico. En otros casos, como en Paracas IV (1985), confluyen los lenguajes: en este caso, la representación abstracta del desierto y la presencia física de su textura esencial, la arena, dan como resultado un dibujo-instalación donde la fijeza del formato bidimensional entra en contrapunto con la aleatoriedad y el carácter transitorio del “pequeño desierto” triangular depositado en el suelo. Vainstein también se muestra capaz de ejercer esta integración de retóricas en Biombo de zafiro (1993, versión 2007), instalación donde los bloques escultóricos, pareados y de severo diseño geométrico, “proyectan” sobre el piso una sombra compuesta por mariposas. El título de esta obra alude a la intensidad del azul, empleada como gesto cromático que, conjuntamente con la verificada en El beso (instalación de 1993 resueltamente roja), rompe con el acromatismo de los matices tierra que presiden la propuesta. En efecto, son los tonos del desierto los que exhiben los Adobes cónicos (1986, versión 2007) así como los rectangulares de la Huaca en Duna Negra, construcción arquitectónica erigida para la presente exposición. Debe decirse que en esta última obra, tal como ocurre con los fardos dispuestos en un montículo, la artista prescinde de la literalidad del discurso arqueológico e inscribe al espacio de Paracas en el ámbito más profundo de la reverberación subjetiva. La retórica de la discreción se articula, asimismo, en obras bidimensionales, como la pintura minimalista titulada Pasamayo (1996), en la que el óleo sumamente diluido apenas insinúa los ritmos lineales y la textura reseca de este desfiladero al borde del mar limeño. Esta misma retórica se aprecia en los dibujos referidos a las vistas seccionales de un cráneo de llama, resto de vida que metaforiza acaso el carácter efímero de ésta, en consonancia con la sensación de temporalidad en permanente dilución que se respira en la sala. La vida que se agota (o se transforma en el propio desierto) también es referida por la Estaquería (2007), compuesta por 73 maderos de eucalipto quemado suspendidos en la pared. El comentario ecológico, en todo caso, se inscribirá en la ya advertida retórica de la discreción: la sugerencia basta, y así se descarta la anécdota explícita.

Esther Vainstein, artista notable de la generación de los años ochenta, resuelve con propiedad el reto de mirar retrospectivamente lo realizado, inscribiéndolo no obstante en la vitalidad del trabajo presente. De eso trata Ofrendas de barro y viento: cadencia y variaciones 2007: de la reafirmación en una poética visual y matérica, coherente y lúdica, estable y experimental, por parte de una creadora siempre atenta al asombro ante la majestad del desierto costero del Perú.

LUIS AGUSTI

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