Si observamos con detenimiento las dos recientes muestras bipersonales en la Panamerican Art Projects, de Dallas Texas, o en el Contemporary Art Center de New Orleans, del artista cubano Carlos Estévez (La Habana, 1969), residente en Miami desde el año 2004, podemos percibir que cada una de estas muestras se resuelve en sí misma como cíclica respuesta a preguntas que un ser se hace a sí mismo diariamente. Sólo que no todos tenemos el valor (o la osadía) de respondérnoslas. Pero creo que sé, o he logrado acceder al por qué Carlos Estévez es poseedor de ese valor, de ese sesgo de valentía. Y es por su humildad.
Como el religioso que se enfrenta ante la omnipresente magnificencia de una “representación divina”, sea ésta un altar, una catedral, un libro sagrado, un tótem o un orisha; Estévez, se enfrenta al espacio en blanco que es el umbral de un hacer artístico, como lo hace un creyente ante su Dios, como si supiera que todo lo que allí sucede, todo ese diálogo de fuerzas y energías que allí ocurren, son trascendentales, vitales, de radical importancia. Pero, a su vez, termina este diálogo que concluye en ser “obras de Arte”, como si supiera a ciencia cierta que, a pesar de su posterior promoción, distribución, comercialización, e incluso especulación valorativa, el valor “real” de las mismas sólo está en el secreto de su saneamiento personal. Ya sea, su saneamiento como ser humano, o el saneamiento de quien a ellas se aproxima como idolatría. Una depuración que aunque se necesite con cierta urgencia, ya sea para matar, anular, aniquilar, extirpar el dolor de la ausencia, la duda, el miedo a la muerte, la soledad, o el desasosiego, sólo transcurre en la letanía de la lentitud de quien pone en manos de Dios los designios de su vida. En esta ocasión, el público.

Y he aquí, su mayor acierto.
Desde otra perspectiva, si le echamos un vistazo —esta vez más desde el análisis crítico— a la amplia e intensa carrera de Carlos Estévez, podremos entenderla como “la evolución de una metodología estructuralista”; es decir, una espiral que de un sistema estructural de observación subjetiva reinterpreta el mundo. No por gusto su formación como escultor —a la vieja usanza— le ha valido para argumentarse una producción que se levanta desde la propia “es-cultura”, el dibujo, el collage, la instalación y, más actualmente, la pintura. Como si en su obra reciente mezclara los resultados hallados en cada una de sus investigaciones formalistas de un mismo relato, que sobre su idea de memoria individual y colectiva va construyéndose obsesivamente.
Como en ambas muestras podemos constatar, la producción de sus reduccionistas dibujos ha ido derivando en planimetrías narrativas donde el plano pictórico evita la narratología obvia de la ilustración para tornarse metafórica, poética, más prosista que verbalizante, más lírica que agresivamente burda, más sutil y susurrada que vociferante o gritona. Obras como la espléndida y fabulosa instalación Botellas al mar, del premonitorio año 2000, inicio y final del milenio, o viceversa, que participa de ese riesgo de la reciprocidad que es el dar y el recibir desde el Mar, exhibida en la muestra SPEAK (AGAIN) MEMORY junto al también artista cubano Mario Petrinera, en el Contemporary Art Center de New Orleans, la bizantina pintura The Warning o la reveladora Vivarium (tan gráfica como enigmática) ambas del actual año 2007; mostradas junto Maysey Craddock en la Pan American Art Projects, de Dallas, bajo el rótulo de Labyrinthus1; dan al traste con la realidad de un diálogo, una bipolaridad, una existencia binaria hombre-dios, mujer-hombre, hombre-animal, cuerpo-alma, imagen-palabra. Desde mi punto de vista, siempre he vacilando, dudado y envidiado —sanamente— la capacidad sintáctica del sistema de titulación de su obra, como si supiera que en él, la idea = “el verbo” hiciera la imagen con la velocidad de un perfeccionista relojero italiano, o sea, con la paciencia de un sabio; una conversación hecha obra, entre “lo que pasa dentro de la cabeza de un artista” y “lo que de él espera el espectador”, como juez y parte de una relación de seducciones, amoríos, confesiones y odios.
Porque todos esperamos “eso” precisamente del Arte, una conversación, un nexo; y la grandeza soterrada de Estévez es que establece esa charla desde la humildad de quien sabe que todo diálogo posible debe establecerse desde la sapiencia de que todos tenemos igual materia humana, todos somos esencia de un mismo Dios, arcilla de un mismo barro. Pero su mayor acierto, es contener ese saber como un lenguaje sanador que nos va vacunado de nosotros mismos.
NOTA
1. Ambas muestras son bipersonales, algo que igualmente podríamos decir que es sintomático o caracteriza el hacer y la naturaleza de camaradería de Estévez, alejado de los afanes competitivos y arribistas de la sociedad artística contemporánea. Todos recordamos, en los años 90 habaneros sus colaboraciones con artistas como Luis Gómez o Santiago Rodríguez Olazábal, o también colaboraciones más recientes como la exposición Two of a Kind junto a Maureen MacCabe, en la Alva Gallery de New London, Connecticut en enero-marzo del presente año, por ejemplo.
OMAR-PASCUAL CASTILLO
