Exposición Individualsept 2007 - nov 2007· Por María Elvira Iriarte

Teresa Gazitúa

Museo Nacional de Bellas Artes

Tres de las salas del primer piso del Museo Nacional de Bellas Artes en Santiago acogieron la bellísima exposición Línea de tiempo de la artista Teresa Gazitúa. Formada como grabadora, esta chilena ha ampliado sin cejar las fronteras tradicionales de las disciplinas del grabado, buscando formas inéditas de producción. La exposición tenía seis obras diferenciadas, aunque conexas: dos instalaciones, un video, dos series de grabados y un libro de artista.

Referente inagotable de la artista es el paisaje de su entorno, en este caso, el río Maipo, que corre cerca de su taller en Pirque; río cordillerano que arrastra incansablemente el cuerpo mismo de las montañas andinas donde se forma: tierras y piedras que recorren un curso tormentoso y sonoro. En sus orillas quedan infinitos cantos rodados, guardianes de honor de las aguas que siguen su curso hasta el mar. Allí ha seleccionado Teresa Gazitúa su material de trabajo desde hace algunos años. Los cantos le sirven como matrices, como cuerpos expositivos, como soporte de la acción misma de grabar, creando una huella visible sobre su superficie. Y le sirven, valga la tautología, como cantos sonoros del río, voces audibles gracias a la grabación subacuática hecha en el caudal del Maipo. Para la filmación en video, el sonido lo dan las piedras que se entrechocan al ser arrastradas por la corriente. La imagen del torrente, filmada muy cerca del nivel del agua, aparece avasalladora, hasta asustadora. Es el caudal que arrasa, que nos sumerge, que nos ignora. Es la línea del tiempo a la cual no podemos sustraernos.

Exposición Individual: Teresa Gazitúa — imagen 1
Teresa Gazitúa. Vista de la instalación Linea de Tiempo, 2007. Museo Nacional de Bellas Artes. 50 x 1900 cm. (19 1/2 x 748 pulgadas)

Dice el curador de la exposición, el uruguayo Alfredo Torres, que esta muestra tenía dos antecedentes inmediatos: la exposición Primera música del Río, en el Museo Cabildo de Montevideo (2001), y Piedras cruzadas en la Galería Animal, Santiago (2003). La presentación completa una trilogía conceptual y temática y así queda consignado en el excelente catálogo que acompaña la muestra. Una sola frase para dejar constancia del sobresaliente montaje logrado en el Museo de Bellas Artes: luz, señalética, manejo de los espacios, todos los aspectos se cuidaron hasta el más mínimo de los detalles, para lograr un conjunto verdaderamente conmovedor.

Una parte de las instalaciones mostradas en Primera música del río se reprodujo en el Bellas Artes, acentuando una forma de fachada catedralicia que no era tan evidente en su primera instalación. Son decenas de moldes de pulpa de papel trabajada a mano, logrados usando como matrices quince piedras del río signadas con una cruz incisa. Se exhibieron agrupados sobre un muro, especie de capullos yuxtapuestos, de crisálidas, que se nos muestran desde su interior. Las piedras dejaron sus huellas, y eso es lo que vemos. Una composición blanca, delicada, que generó un muro para pensar y que pese a su origen lítico, tiene mucho de orgánica. Los moldes de las piedras transmiten una acción apropiadora tremendamente cuidadosa, amorosa. Hay que envolverlas, a medias, en la cobija de papel pastoso para que podamos verlas como improntas. Luego, las piedras matrices salen, se van, como las mariposas que abandonan su crisálida. Y queda su huella en un montaje sobrecogedor, que tiene la metáfora, tal vez involuntaria, del altar de nuestros siglos barrocos. Un muro que exige un tiempo de contemplación y que, por su potencial alusivo nos acerca a otros ámbitos. Esa es su fuerza estética, no sólo visual, sino también tremendamente sugestiva.

Otras piedras armaron la Línea de tiempo a que alude el título de la exposición. Son cantos alineados por tamaño, en forma suelta, cada uno señalado con un fragmento de cinta métrica que nos indica su dimensión: desde el mayor, de cerca de 40 cm, hasta la arenilla que queda al final de su existencia, cuando el río los ha molido para depositarlos en el mar. La larga línea recorre la totalidad de uno de los costados mayores de la sala. Me recuerda el brillante ensayo de Marshal Berman sobre el Modernismo: Todo lo sólido se deshace (en el aire). Los cantos alineados sobre el suelo negro, de mayor a menor, cada uno con su textura y color característicos, hacen presente el recorrido del tiempo. En la sala casi oscura, la luz puntual destaca cada obra. La “línea del tiempo” parece no sólo iluminada, sino verdadero foco lumínico.

En la misma sala, sobre un soporte que lo coloca a una altura conveniente para poder observarlo, está el libro de artista, Río de papel y arena. Lo componen doce planos que conforman un acordonado continuo. Cómo está desplegado, el libro es otro río, otra corriente. Su texto son los cantos pequeños que van armando el discurso visual (fotografía, gofrado con y sin tinta, trabajados sobre planchas acrílicas e impresos tanto en el papel blanco como en segmentos de material transparente). Desde 1997, Teresa Gazitúa ha realizado ocho libros de artista de edición limitada. Este tiene 12 ejemplares y lo encabeza una cita del Diario de viaje, en el que Darwin consignó sus impresiones sobre el Maipo: “…noche y día suena el carraqueo a lo largo de todo el curso del torrente…”. Las páginas condensan el tiempo en imágenes sucesivas, y nos llevan también por el curso del río, desde las gruesas piedras del comienzo de su trayecto hasta la arenilla que se guarda en el último pliego, en un finísimo tubo de vidrio.

La tercera sala tiene otros dos conjuntos, conformado cada uno, por seis grabados y sus piedras matrices, exhibidas sobre sendos pedestales. Los grabados son superposiciones de varios planos que parecen flotar en el aire gracias al montaje que los distancia del muro: sin marcos, están sostenidos entre dos líneas de alambre que los soportan, arriba y abajo. Hay gofrado seco e imágenes fotográficas impresas en soportes transparentes. Una de las series tiene también punta seca. Estos grabados constituyen la parte más abstracta de la muestra, la más transformada y depurada, a partir de su tema original. La sala en su conjunto resultó solemne: se ha llegado a la esencia. El antiguo aforismo se cumple cabalmente: Cuando el río suena, piedras lleva.

MARÍA ELVIRA IRIARTE

Teresa Gazitúa, por María Elvira Iriarte | artnexus