Roberto Elía (Buenos Aires, 1950) es autor de una espléndida obra capaz de reflexionar sobre sí misma y de establecer límites, para también cuestionarlos. Los trabajos de Elía transitan, disectan, destruyen objetos menudos para resignificarlos y para, a su vez, construir, pintar, escribir una poesía nueva que inaugura un espacio para lo invisible. Aquí acude a los broches de ropa, que incorpora a su obra al comienzo de su quehacer en 1969, y a las cuñas de los bastidores, maderitas que sirven para ajustar y estabilizar las telas; ambos elementos cobran aquí una flamante vida y emprenden nuevas significaciones.
Así, las imágenes de la reciente serie de objetos y collages, presentados en la galería Jorge Mara –La Ruche exigen al espectador suspender los juicios y hábitos conscientes, para ver más allá de lo previsible. El espacio de Jorge Mara– La Ruche, que inició sus actividades en el año 2001 y es la prolongación de dos galerías que con el nombre Jorge Mara funcionaron en Buenos Aires, en los años ochenta y en Madrid, en los años 90, se presta para la íntima contemplación de estas quince obras de pequeño formato, en las que aflora la poesía y una serena invitación a la introspección.

“Cuando alguien dice ‘poeta de Buenos Aires’ imagina una serie de ingredientes obvios que resultarían en ‘un poeta de Buenos Aires’. No tengo nada que ver con los estereotipos. Lo que hago es arte de Buenos Aires, un sitio en el fin del continente que es y ha sido cruce de cosas diferentes y que imagino surcado por líneas de fuerzas encontradas, negativas y positivas, por reclamos ancestrales de todo tipo”, dice el artista, y al mismo tiempo que reconoce el vínculo de su obra con la literatura.
Con gestos mínimos y sencillos, el artista elige reelaborar lo preexistente y crea nuevos objetos y dibujos a partir de la conexión de algunas ideas con algunos materiales concretos (en este caso, broches, cuñas, palitos), a los que suele sumar la línea, sutilmente esbozada o convertida en escritura, otro de sus grandes intereses. Es evidente cierta predilección del artista por el trabajo sobre papel, como las técnicas mixtas desplegadas en esta ocasión que, con la asistencia también de formas geométricas, se asoman a la abstracción. “En el plano, trabajo de formas distintas. Si dibujo o pinto en papel, el desarrollo es fluido. Con el papel siempre se trabaja sobre una superficie rígida, es una cosa franca. Hasta produce una sensación física diferente de la que se tiene frente a la tela. Como pinto en bastidor, la tela es inestable, tiembla, es como estar sobre un piso enjabonado”.
“Más que un trabajo con la cromaticidad, en mi obra el color está tomado de lo simbólico, ese costado es el que me parece relevante”. Cuando utiliza el color, el artista toma, sobre todo, su aspecto lumínico. Mientras que su curiosidad por el color no aparece como central, sí, en cambio, su inclinación por el tránsito dentro de los diversos medios de expresión, entre los espacios de la representación y de la experiencia. Entre la figuración y la abstracción, telas, papeles y objetos reflejan aristas de la subjetividad y del pensamiento de su autor. Son delicadas obras que ganan en misterio y generan innumerables proposiciones líricas.
Elía, que hizo su primera muestra individual en 1979, ganó la Beca Guggenheim en 1986 y realizó luego dos magníficas muestras antológicas en el Museo Nacional de Bellas Artes (1995) y en el Centro Cultural Recoleta (2003), siempre concibió su propio relato. Cuando en la década de los ochenta algunos artistas establecen relaciones con tendencias internacionales y realizan grandes pinturas con tintes transvanguardistas, neoexpresionistas, informalistas, Elía desarrolla una propuesta conceptual discurriendo por un camino alejado de las tendencias de moda. El artista dice que “El conocimiento, los sentimientos, el hombre y su circunstancia, la muerte, la lucha por trascender, van formando parte de la vida de uno, y en la medida en que trabajo, constato que mi actividad tiene un aspecto reflexivo fundamental, relacionado con la identificación y con la memoria”.
La tarjeta de invitación a la muestra se asemeja a una placa radiográfica de un cráneo, tomada de costado. El elemento que se vislumbra, en blanco contrastado, es el icónico broche. Es que el broche vuelve a poblar siete de las quince obras en exhibición; reaparece como metáfora, como analogía de otras cosas y se constituye en el eje de una operación crítica, en un discurso sobre la libertad, sobre la literatura, acerca de la vida y la muerte. La obra de Roberto Elía atrapa, una vez más.
VICTORIA VERLICHAK
