Exposición Individualsept 2007 - nov 2007· Por Elena Oliveras

Ricardo Garabito

Museo Nacional de Bellas Artes

Caracterizado por su bajo perfil y por su renuencia a exponer, Ricardo Garabito accede a realizar una muestra retrospectiva de su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes, con la curaduría de Samuel Paz, acompañado por Victoria Noorthoorn. Paz —cuyo reciente fallecimiento lamentamos1— fue uno de los críticos que más cerca estuvo de la silenciosa trayectoria del artista. No es casual que la selección de obras sea impecable, tanto como su montaje y presentación, resultando una auténtica lección de curaduría.

Garabito nació en 1930 en Trenque Lauquen, un apartado lugar de la provincia de Buenos Aires. En un comienzo sus pinturas eran muy pequeñas. “Como no tenía dinero pintaba sobre chapadur”, recuerda. En ese momento no era la figuración sino, por el contrario, la abstracción el estilo dominante. Sin embargo, él nunca se contagió de los movimientos en boga, sino que se mantuvo en una especie de “terquedad” (Paz) que lo aisló y contribuyó a consolidar la singularidad que lo caracteriza. Ni hiperrealista ni surrealista ni realista mágico, su obra se caracteriza por la mezcla de tendencias y estilos, por un transitar en las fronteras. Circula, en parte, en el borde de lo ingenuo sin caer en él. Su personal aproximación a la realidad está marcada por el rigor en la ejecución y la libertad de espíritu, que lo convierte en uno de los representantes más originales de los realismos argentinos de la década de los 70 y, a partir de allí, en uno de los exponentes más sólidos e inclasificables de la pintura latinoamericana.

Exposición Individual: Ricardo Garabito — imagen 1
Ricardo Garabito. Siete figuras, 1971. Óleo sobre tela. 140 x 140 cm. (55 x 55 pulgadas).

El recorrido de la muestra se abre con trabajos fechados en 1963 hasta alcanzar la más reciente producción, realizada en el corriente año. Sorprende en el conjunto la forma en que interactúa la selección de naturalezas muertas y la de retratos. Es que aquéllas parecen tener viva el “alma” (de algún modo, son “retratos”), y al mismo tiempo la figura humana se presenta como algo autosuficiente, quieta, hermética, con la apariencia impenetrable del objeto inanimado. Asimismo, naturalezas muertas y retratos exigen una similar tarea de desciframiento; cada pieza es un “acontecimiento” que habla de modo especial al espectador haciéndolo detener para descubrir el valor de esa lentezza d´animo que Alberti consideraba esencial a la experiencia estética.

En las obras del período 1963-1967 se puede observar la importancia de pintores como Butler, Presas o Victorica, tanto como la de Schiavoni. Precisamente, es bajo la influencia del rosarino que, a mediados de los años 60, comienza un proceso de depuración de los espacios y de simplificación de la composición.

Será a fines de los 60 y principios de los 70 cuando la obra de Garabito despierta mayor atención de la crítica especializada. Se valorizará su rico imaginario volcado a la representación de objetos y personajes solitarios en primeros planos sobre espacios vacíos y perspectivas ausentes o apenas esbozadas.

A mediados de los 70 aparece el elemento serial: la repetición del mismo objeto (zapallo, manzana, botella) plantea la imposibilidad de la identidad. Tensión extrema de lo único que alcanza máxima intensidad en la repetición siniestra de un personaje bajo la figura del doble. Así sucede en Los mellizos (1975), Los Rojas (1981), Pedro y Pedro (1981).

Hacia 1984, optando por una factura más abierta que remite a la primera etapa de su obra, Garabito despliega la línea del dibujo sobre fondos cromáticos blandos. Luego, en los 90´, el objeto –enaltecido- recupera el aura de etapas anteriores. Sirvan de ejemplo óleos como Tres jarros, lechera y manzana (1994), Balde anaranjado (1995) o Fuentón verde (1996). Por otra parte, los personajes son percibidos con una mayor cuota de humor y desenfado, rasgos que se imponen en la serie de esculturas eróticas-vegetales realizadas en cartón y papel pintado (uno de los sectores más atractivos de la muestra).

El último tramo de la exposición, dedicado a lo que va del nuevo siglo, presenta un clima más claro. “Quizás sea el reposo de los años”, afirma el artista. Lo cierto es que prescinde ahora de todo artificio exagerado, exhibiendo una mirada programáticamente más cándida en la que se reflejan presencias modestas y, hasta cierto punto, más “naturales”.

No obstante las diferencias observables en las distintas etapas, algo se mantiene constante: la extrañeza de lo cotidiano. Tanto en los personajes de barrio —por lo general, los modelos provienen de la clase media trabajadora— como en los utensilios que usamos todos los días o en los alimentos que comemos se develan misteriosas presencias, “enigmas” a ser resueltos. Nada —ni lo más simple— es evidente en este exotismo de lo cercano. Cada obra promueve una suspensión del ser aceptado de los entes; mira al espectador y exige su complicidad. La tarea resulta gratificante, pues la obra de Garabito se presenta, desde el primer momento, como celebración de la pintura y confirmación de su verdad. Lo que vemos es algo que comienza a existir con y desde la pintura por primera vez, por eso podemos concluir que ella es creadora de realidad, de ningún modo pura virtualidad.

Un párrafo aparte merece el excelente libro de 400 páginas que acompaña a la muestra. En el mejor nivel esperable, llena un vacío bibliográfico y se vuelve imprescindible a la hora de reconocer la importancia de la obra de Garabito. Cuenta con un lúcido ensayo de Marcelo Pacheco, una cuidada documentación y un amplio recorrido fotográfico por todas las etapas de la obra del artista.

NOTA

1. Véase obituario en la sección de Noticias.

ELENA OLIVERAS

Ricardo Garabito, por Elena Oliveras | artnexus