En nuestra era actual de artistas diaspóricos, itinerantes, y de producción postestudio, gran parte del arte contemporáneo reciente ha sido concebido específicamente para museos. Esto, sin duda, es válido para la mayoría de las obras seleccionadas para una fascinante exposición de ocho artistas latinoamericanos emergentes llevada a cabo en el Museum of Contemporary Art de Los Ángeles, del 22 de abril al 13 de agosto de 2007. Organizada por la curadora Alma Ruiz, Poetics of the Handmade combinó imponentes instalaciones site-specific concebidas para el enorme escenario que parecía una caja blanca, con una serie de dibujos y esculturas más reducidos y finamente producidos. Ruiz concibió la muestra para que fuera una reflexión sobre lo cotidiano, por medio de la labor de hacer arte: algunas piezas estaban construidas a partir de objetos tan habituales como papel de aluminio o labiales, mientras que otros simplemente utilizaron como inspiración lo mundano, la experiencia diaria, pero todos fueron creados empleando un meticuloso y prolongado proceso manual. Aunque el uso de objetos comunes producidos en forma masiva como material artístico no es nuevo, estos artistas lo hicieron con destreza y en una forma muy agradable. El efecto fue una exposición admirable llena de encantos visuales y proezas técnicas.

De las obras grandes, la del artista argentino Máximo González, titulada ¿Dónde se han ido las flores? (2006-2007), era la más curiosa y compleja. Mediante un meticuloso proceso de corte, doblado y reensamble de devaluados billetes y prestándoles mucha atención al color y el diseño impreso de los billetes originales, el artista produjo casi cinco mil figuras individuales en forma de mariposas, árboles, elefantes similares a pájaros, tanques y criaturas voladoras con largas piernas. Las figuras estaban expuestas en grandes grupos sobre cuatro paredes de la galería, creando un mundo propio. Lo enigmático de las figuras semejantes a juguetes era desmentido por el inquietante título que reflejaba la intención del artista de criticar la degradación de la sociedad contemporánea.

En la llamativa instalación de la artista chilena Livia Marín se descartó la estética de lo hecho a mano, en favor de una apariencia, de hecho de máquina. Ficciones de un uso (2004) constaba de 2.200 labiales tallados, de diferentes colores, colocados hacia arriba en sus empaques tubulares sobre dos pedestales elegantemente curvados. Tallado con meticulosidad en alguna de seiscientas formas cónicas diferentes, cada color de labial exhibía todo su esplendor sobre su brillante dispensador plateado y nos hacía pensar en el modelo arquitectónico de un rascacielos urbano. Al transformar productos de belleza usuales en un batallón de esculturas artísticas en miniatura, Marín evocó los seductores y ordenados arreglos que se usan para exhibir bienes de consumo de lujo. En la misma sala, y dominada también por matices rojos y rosados, estaba una instalación de otra artista chilena, Mónica Bengoa: un gigantesco mural de treinta por quince pies, derivado de una fotografía, que representaba una sección de la biblioteca personal de la artista. La obra era notable por su lienzo, hecho de un patchwork de 2.112 cuadrados de papel coloreado a mano que parecían servilletas de cóctel, con todo y sus bordes aserrados, pero era quizás la menos satisfactoria de todas las instalaciones.

Eduardo Abaroa (nacido en Ciudad de México) y Magdalena Atria (nacida en Santiago) también construyeron sus obras a partir de componentes modulares más pequeños. Abaroa creó una interminable red nodal en la que empleó miles de copos de algodón y pelotas de caucho sostenidas por alambre oculto y pegamento, cuyo resultado fue una colosal versión de la maqueta de una estructura molecular hecha por un colegial. La estructura, que caía en pliegues desde el techo catedralicio de la galería y terminaba en diversos rayos y nudos, incorporaba enormes bolsillos de espacio abierto en los cuales el espectador podía entrar para disfrutar de una estimulante vista interior. Mientras Abaroa empleó copos de algodón en una repetición aparentemente interminable, Atria utilizó miles de palillos para fabricar su escultura Smiling Desperately I (2004). Aunque similar a la obra del primero en cuanto a su construcción en forma de red, la de Atria era una singular forma globular muy densa, de unos cinco pies de alto. Suspendida a un pie de distancia del piso, la obra de tamaño antropomórfico confrontaba al espectador al nivel de los ojos y adquiría la forma de un extraño ser sobrenatural. Igualmente atractivo era el otro aporte de esta artista a la exposición, una fila ininterrumpida de paneles de colorida arcilla que se repetían y se extendían a lo largo de las paredes del salón. Con sus diseños abstractos casi psicodélicos que continuamente se transformaban en nuevos diseños, la obra era fascinante.

Las obras de menor tamaño incluidas en la exposición, exhibidas en series múltiples, se mantuvieron bien frente a las imponentes instalaciones. Marco Maggi (nacido en Uruguay) presentó dibujos que grabó con un instrumento puntiagudo sobre prístinas hojas de papel de aluminio, sin penetrarlas. Desde lejos, los dibujos parecían paneles plateados reflectivos, pero cuando se miraban más de cerca, los minuciosos y laberínticos adornos, incluido un diminuto motivo repetitivo que semejaba pirámides mayas apiladas, se hacían visibles y era gratificante contemplarlos. Fernando Bryce (de Perú) incluyó una serie de dibujos en tinta negra, que literalmente reproducían selectas portadas y páginas de diversas revistas. La selección de imágenes y textos hecha por el artista revelaba las intenciones de los editores e inspiraba una contemplación reflexiva. Una página de Américas, la propagandista publicación de la OEA en los años cincuenta, llevaba el título América Latina y el Banco Mundial, e incluía un dibujo de una oficina con un pie de foto donde se leía: “El hermoso edificio en Washington, D.C.”.

Darío Escobar (de Guatemala) también hizo alusión a una época de la historia de Latinoamérica en sus esculturas plateadas de diversos tipos de equipos deportivos. El artista transformó modernos aros de baloncesto, tablas de surfing, skateboards y raquetas de tenis de mesa en reliquias escultóricas, al recubrirlas en plata que repujó empleando una técnica colonial española del siglo XVII que comúnmente se aplicaba a objetos religiosos. La moda contemporánea de convertir en fetiche los bienes de consumo se llevó al máximo grado al transformar objetos comunes, hechos a máquina, en lujosas y exclusivas obras de arte.
En última instancia, lo que la exposición demostró fue no sólo la interrelación de ciertas prácticas artísticas dentro de América Latina sino cuántos artistas de esta parte del mundo hablan un lenguaje estético y conceptual que es empleado por igual por artistas cosmopolitas del Norte y el Sur. Aunque Poetics of the Handmade fue una exposición fascinante, nos imaginamos que futuras exposiciones establecerán las conexiones entre estos talentosos artistas y los de más allá de las fronteras de América Latina.
LETA MING

