Photo España, el festival internacional de fotografía de Madrid,
cumplió este año diez años de vida, y para celebrarlo incorporó a una nueva
curadora, la francesa Claude Busca; expandió su campo de acción a la vecina
ciudad de Cuenca; editó, bajo el título de Diccionario
de fotógrafos 1998-2007, una recopilación exhaustiva de los fotógrafos que
han expuesto en Photo España a lo largo de todos sus años de existencia. Y
realizó, además, un amplísimo programa de exposiciones en el que participaron
los principales museos, centros de arte y galerías de la capital de España.
Decir que esta programación era, aparte de ambiciosa, heterogénea o multiforme
es decir poco si no se añade que estuvo de nuevo muy centrada en la fotografía,
en contraste con las tres ediciones anteriores, en la que se impuso el criterio
de Horacio Fernández —el curador de las mismas— quien expandió el festival
hacia los campos del cine de autor y del video. Y si no se aclara igualmente
que la heterogeneidad antes mencionada consistía, desde el punto de vista de
los géneros, en la mezcla y el emborronamiento de los límites entre la
fotografía artística o de creación, el documentalismo y el fotoperiodismo. Y
desde el punto de vista temático, en la sumatoria de temas muy dispares ligados
a la globalización y a su contrapartida el multiculturalismo. En esas mezclas
hubo incluso lugar para la historia y los museos: el Museo del Prado, inauguró
de hecho, su polémica ampliación con una muestra de las fotografías que el
artista alemán Thomas Struth ha hecho a lo largo de los últimos años del
público de los grandes museos del mundo, incluido así mismo el del Prado. Y la
Fundación ICO albergó una gran exposición retrospectiva de Man Ray, en la que
no faltaba ninguna de las múltiples facetas de su trayectoria artística, sin
exceptuar la legendaria 1929, esa
obra cuya primera edición impresa fue destruida en su día por la censura
francesa, en la que las cuatro estaciones del año son representadas por las
imágenes fotográficas de otros tantos momentos de una cópula apasionada de Kiki
de Montparnasse con el artista norteamericano. Aun así, incluso contando con
esta diversidad, el mayor mérito de la retrospectiva estaba en la amplia
representación del trabajo como retratista de Man Ray, quien en ese género supo
dar curso a todos sus intereses e investigaciones en el ámbito de la
fotografía.

Cuestiones de realismo
La otra gran exposición de carácter histórico incluida en la programación de PHE07 tuvo lugar en el Centro Cultural de la Villa, bajo el título de Neorrealismo. La nueva imagen en Italia, 1932-1960. Exposición extraordinaria desde el punto de vista del número y la calidad de los fondos fotográficos expuestos y de la seriedad con la que los investigadores turineses que la organizaron asumieron la tarea de situar la evolución de la fotografía italiana de ese período histórico en su marco social y político y en su relación con la fotografía periodística y las revistas ilustradas. E igualmente, en su relación con el cine, y específicamente con el cine llamado neo-realista. La historia, afortunadamente, siempre admite nuevas lecturas, y la que yo he hecho de esta notable historia visual de la Italia fascista y postfascista subraya dos puntos. El primero es la continuidad entre las imágenes de esas dos Italias, forjada por fotógrafos y reporteros gráficos con el ojo y el objetivo puestos en los acontecimientos diarios y en la vida cotidiana tanto de campesinos como de citadinos. Y el segundo es, en realidad una sospecha: la de que la continuidad entre esas Italias debía tanto al blanco y negro que cuando se generalizó el uso del color, tanto en la fotografía como en el cine, simple y llanamente desapareció. Quizás por eso resulte tan reveladora esa foto en blanco y negro que Alfredo Camisa tomó en 1959 en Catania, en la que se ve a un vendedor callejero de huevos ante un enorme cartel pegado en la pared, que anuncia la película La felicitá non si compra, dirigida por Michael Curtiz, cuyo título original, The Best Things in Life are Free, es un buen compendio de la filosofía de vida defendida entonces por Hollywood mediante los innovadores y fascinantes recursos del technicolor y el cinemascope. Por la ventana radiante de ese cine segmentos enteros de la sociedad se arrojaron a los abismos de la oscuridad y el silencio. Y no sólo en Italia, obviamente.


La relación entre las imágenes de la realidad y su color ha cambiado tan radicalmente desde entonces que el blanco y negro de las primeras etapas del cine y la fotografía han quedado reducidos a una de las muchas opciones estéticas disponibles, como lo corrobora, por ejemplo, el trabajo fotográfico de Stanislas Guigui expuesto en el Centro Cultural Aguirre de Cuenca, bajo el título general de El reino de los ladrones. Guigui, un fotógrafo francés que va de país en país ganándose la vida como publicista, dedicó dos años de su estancia en Bogotá a fotografiar in situ a los habitantes de El Cartucho, un rincón de la capital de Colombia especialmente sórdido, porque durante mucho tiempo fue una guarida de delincuentes callejeros y de distribuidores de drogas ilícitas normalmente adictos a las mismas. Esas fotografías son en blanco y negro, por contraste con las de la serie que Guigui ha dedicado a los individuos marginales que sobreviven en el resto de las calles de Bogotá, que son en color. O sea que, para él, el b/n y el color son dos opciones iguales de válidas a la hora de adelantar su proyecto de documentar y hacer visibles unas realidades y unos personajes que el establishment tanto político como cultural se obstina en apartar de su vista y de la vista de los demás. Y más ahora, cuando la ciudad está embarcada en una estrategia de mejoramiento de su imagen que se apoya en la difusión exhaustiva de tres o cuatro logros importantes del urbanismo citadino, relegando a las tinieblas exteriores el resto de los problemas que ese urbanismo no ha podido resolver. Entre ellos, obviamente, el de la amplitud y la gravedad de la marginalidad económica y social.

Las intenciones del artista colombiano Juan Fernando Herrán son, en cierto sentido, equiparables a las de Guigui, sólo que él aborda su trabajo de una manera elíptica, rehuyendo la inmediatez documental, aunque en principio no lo parezca. Su tema —o por lo menos el tema de la serie Camposanto, expuesta en la galería Magda Bellotti de Madrid— es la violencia política y sin aparente remedio que campa a sus anchas en Colombia y también en los alrededores de su capital, y cuyo vestigio son esas cruces improvisadas con ramas y lianas que los campesinos plantan en medio de los bosques, en recuerdo de sus familiares víctimas de la misma. Nadie, aparte de esos mismos campesinos, había prestado atención a esas cruces que son tanto o más pobres que quienes las hacen, hasta que Herrán lo hizo. El desafío que se le plantea al espectador es el de descubrir que esas imágenes ingenuas, bucólicas si se quiere, remiten a unos dramas humanos de resonancias trágicas. Me temo, sin embargo, que sean muchos los que no lo consigan.

Las caras de la globalización
Como ya dije, PHE07 concedió mucho espacio al multiculturalismo, que es contrapartida de la globalización. Muchos artistas actúan ahora como etnólogos, tal y como lo señaló oportunamente Hal Foster, y lo hacen ocupándose tanto de países que les resultan remotos como de aquellos asuntos o personajes que aunque son próximos les resultan, sin embargo, extraños o insólitos. Al primer rango pertenece el trabajo de la artista norteamericana Lynn Davis, que expuso en el Museo Thyssen-Bornemisza, fotografías pertenecientes a dos series distintas: Icebergs y Persia antigua, aunque en ellas la mirada del arqueólogo o el naturalista se sobrepone a la del etnólogo. Y también el reportaje fotográfico que el alemán Hans Christian Schink expuso en la galería Arnés y Röpke, dedicada a Vietnam. O las series de fotografías que tanto la española Isabel Muñoz como el brasileño Sebastián Salgado han dedicado a África y que expusieron en la galería Dolores de Sierra y en la sala de exposiciones de Azca, respectivamente. Al segundo rango pertenecen trabajos como los del español Ricky Dávila, que en su serie Ibérica, expuesta en la iglesia de la Merced de Cuenca, se acerca a figuras y contextos españoles, con una mirada que rehúye la familiaridad y cultiva, por el contrario, el extrañamiento. Actitud que, en el fondo, es la misma del fotógrafo norteamericano Bruce Davidson, quien mostró en la Fundación Astroc, Central Park, una serie de 60 imágenes que nos revelan cuán sorprendente puede resultar ese gran parque para los propios neoyorquinos. Y en este apartado estoy dispuesto a incluir también a la artista Lourdes Grobet, que enseñó en la Casa de América con el título de Espectacular de lucha libre, un conjunto de fotos cuyo tema común son las estrellas de la lucha libre mexicana que, sin bien son familiares para el público mexicano e incluso latinoamericano, resultan, sin embargo, insólitas para el público europeo.

La reivindicación del teatro
La puesta en escena es quizás el rasgo más característico de la fotografía posmoderna, siempre dispuesta a poner en evidencia la falta de evidencia de la propia fotografía. Y en PHE07 fueron numerosos los artistas que reiteraron su apuesta por la escenificación o, si se quiere, por la teatralización fotográfica. El más destacado fue, desde luego, el neoyorquino Andrés Serrano, quien bajo el título de El dedo en la llaga expuso un conjunto de fotos pertenecientes a series como La morgue, Budapest, Nómadas y El Klan. En todas ellas cumplen un papel decisivo en la composición tanto la pose como los colores que son utilizados en un sentido deliberadamente pictórico. Pero deben ser incluidos igualmente Julia Fullerton–Batten, una artista alemana ganadora de los premios de fotografía de la Fundación HSBC, que enseñó una serie de fotos que eran, en realidad, otros tableaux vivants, inquietantes y enigmáticos. Kimiko Yoshida, un artista japonés, que expuso en la galería Álvaro Alcázar de Madrid, Todo esto que no soy yo pero es lo que me interesa, una serie de fotografías tan deliberadamente artificiosas y contradictorias como el propio título bajo el cual se reúnen. El griego Stratos Kalafatis que presentó un diario de sus experiencias en la isla de Skopelos, lleno de imágenes de intención escenográfica. Y el chino Zhang Huan que mostró en la Fundación Telefónica un amplio registro fotográfico de sus performances —tan teatrales—, junto a un video documental sobre su taller en Shanghai y sus métodos de trabajo.

Otros latinoamericanos
Aparte de los artistas ya mencionados, formaron parte de la nómina de artistas y fotógrafos latinoamericanos expuestos en este festival de la fotografía, el argentino Miguel Ángel Ríos, que presentó en uno de los espacios del antiguo Matadero de Madrid, Aquí, un video protagonizado por trompos o peonzas infantiles que, acabado el impulso, van cayendo uno tras otro, componiendo una coreografía tan inesperada como trágica.

La brasileña Rosángela Renno, que exhibió en la Galería La Fábrica los resultados de la respuesta que dieron 43 fotógrafos a la invitación que ella les hizo de tomar una fotografía de la escultura del Cristo Redentor que domina la ciudad de Río de Janeiro y de sellar inmediatamente después y de manera definitiva la cámara que utilizaron para hacerlo. Y la artista Mona Kuhn, también brasileña, que mostró en la Galería Estiarte, Evidence, un conjunto de fotos realizadas en el campo nudista que ella frecuenta desde hace años, marcadas por el lirismo y el culto a la belleza corporal. Finalmente, habría que mencionar a la bogotana María Isabel Rueda, que expuso en la sede del Instituto Cervantes, en el marco de la muestra Cinco miradas europeas, lanzadas por otros tantos curadores europeos. A ella la eligió Camille Brown, de PhotoLondon Fair.
CARLOS JIMÉNEZ
Escritor y crítico de arte.

