Mi Puerto Rico: los grandes maestros de la pintura en la isla, 1780 - 1952, que se inauguró en el Newark Museum este invierno pasado, es una muestra pequeña y brillantemente pensada que no sólo ilumina y entretiene, sino que también revela categóricamente la poco conocida herencia artística de Puerto Rico. Con tan sólo cincuenta y cinco pinturas creadas por tres de los artistas de mayor importancia histórica de la isla (entre los tres han creado una obra que abarca doscientos cincuenta años), las curadoras Cheryl Hartup, curadora en jefe del Museo de Arte de Ponce, y Marimar Benítez, directora de la Escuela de Artes Plásticas de San Juan, han recreado visualmente la amplia y variada historia, tanto de la isla como de su gente.
El primero en darles la bienvenida a los visitantes con su obra es José Campeche (1751-1809). Nacido en los días en que la isla era todavía un enclave colonial del siglo XVIII, Campeche, a quien se le considera el padre fundador del mundo del arte puertorriqueño, era un mulato en una sociedad dominada por las ilusiones de pureza racial. Su padre, quien también fuera artista y como esclavo compró su propia libertad, era dueño de un taller. Fue allí donde Campeche, quien trascendería esos comienzos humildes para convertirse en el retratista oficial del Puerto Rico del siglo XVIII, aprendió su oficio.
En Las benditas almas del Purgatorio (de alrededor de 1790), una de las pinturas de Campeche más impactantes, el artista, que incorpora un estilo barroco de composición y colores dramáticamente contrastantes, representa el viaje del alma desde el Purgatorio hasta el Cielo. De pie, en medio de llamaradas incandescentes, vemos a la Virgen María, a un rey, un sacerdote, un fraile, y algo que parece ser “un hombre común”. Todos los ojos miran en dirección hacia el cielo, sin duda alguna, en espera de que la Virgen María viabilice rápidamente su viaje celestial. Pintado en matices de rojo sangre, este retablo de otro mundo podría perfectamente haber sido sacado de la Divina Comedia de Dante.

Mientras que los cuadros religiosos de Campeche lo atrajeron a la Iglesia, sus retratos lo elevaron a los escalones superiores de la sociedad. En Retrato de una dama (de alrededor de 1782-1786) y en Doña María Catalina de Urrutia (1788), la esposa de uno de los gobernadores de Puerto Rico, el artista sitúa a cada una de las grandes damas (una con su hijo) lujosamente ataviadas, en una habitación elocuentemente designada. Luego, en un acto de santificación, recrea meticulosamente las joyas que estas mujeres ostentan, las plumas que adornan sus sombreros, el encaje que cubre sus corpiños, y la opulencia de sus elaborados ambientes circundantes.
Aun a pesar de la enorme demanda que experimentaba, Campeche encontró tiempo para participar en la Milicia Urbana. Y fue precisamente dentro de esta calidad que el artista ayudó a la ciudad a defenderse contra los ataques de una flota inglesa de sesenta y ocho barcos y 8,000 hombres. En Ex Voto del sitio de San Juan por los ingleses (alrededor de 1797), pintado al año siguiente después que el pueblo de San Juan repelió a los invasores ingleses, Campeche regresó al campo de batalla para pintar una vista panorámica de la ciudad y de su puerto. Al final del cuadro, escrito en cursiva, el artista agradece a la Virgen de Belén por haber salvado a la ciudad de la derrota.
En el momento en que aparece en escena Francisco Oller (1833-1917), la figura dominante dentro del arte puertorriqueño en la segunda mitad del siglo XIX, el papel jugado por el artista, en general, había dado un cambio de cronista de la sociedad, al de crítico. Oller, el más realizado de los tres artistas vistos, fue el artista más importante de la isla en salir al extranjero. En España se bebió el Museo del Prado. En París cultivó la amistad de Pisarro y de Cézanne, adoptó el realismo de Courbet y de Manet y absorbió los principios del impresionismo, del cual fueron incorporadas a sus cuadros todas y cada una de sus enseñanzas.
En su retrato Manuel Sicardó y Osuna (alrededor de 1866-1868), un arquitecto y profesor de matemáticas que daba clases junto con Oller en el Colegio de Santo Tomás, en San Juan, hicieron su aparición las huellas, tanto de Manet como de Courbet.. Sicardó, sin dudas, de pie en su salón de clases, sostiene una esponja en su mano derecha. Detrás de sí se observa una pizarra con signos algebraicos. Está listo para borrar sus fórmulas. Utilizando la firma de Manet, sus extremos contrastes entre blanco y negro, y las audaces pinceladas de Courbet, Oller capta de forma amorosa, la seriedad y la dedicación de su amigo desaparecido, quien dedicó cuarenta años a transmitir con devoción su conocimiento a sus alumnos.
Mientras que Campeche aplacaba los poderes de
la sociedad puertorriqueña, Oller, con sus puntos de vista anticlericales,
liberales y abolicionistas, que no podían sino evidenciarse en su obra, peleó
una batalla sin fin contra las clases dominantes de Puerto Rico. Aun así, el
artista continuó siguiendo su corazón de manera valiente. En El negro azotado (de alrededor de 1872)
exhibido en el Salon des Refusés en París, se observa a un grupo de esclavos
que presencian los crueles azotes infligidos a uno de ellos, bajo la mirada
sonriente del amo. En La escuela del
maestro Rafael Cordero (de alrededor de 1891) vemos a Cordero, el hijo de un
esclavo liberto, sentado entre sus jóvenes pupilos en su taller convertido en
salón de clases. Zapatero y tabaquero profesional, y un héroe local para los
liberales y abolicionistas, Cordero dirigió, durante cincuenta y ocho años, una
escuela multirracial, para niños de todas las clases sociales.

Con un profundo amor por la exuberante vegetación y los cañaverales de Puerto Rico, así como por las clases más bajas, Oller, a lo largo de su vida, continuó pintando paisajes que evidenciaban la vida diaria de los habitantes de la isla. En su primer paisaje, aún existente, La ceiba de Ponce (alrededor de 1887-1888), que proporcionó al artista la oportunidad de pintar los reflejos en el agua, se observa a unas lavanderas mientras lavan sus ropas a lo largo de la orilla del río Portugués. En Hacienda Aurora (1898-1899), Oller capta el ingenio azucarero del cual huyeron él y su familia, con el fin de escapar de las tropas invasoras del ejército de Estados Unidos.
Las obras más originales de Oller, sus naturalezas muertas con frutas, fueron muy probablemente influenciadas por los trabajos de los pintores españoles del siglo XVII Francisco Zurbarán, Juan Sánchez Cotán y Diego Velázquez, con los que se familiarizó durante su estancia en España. Las frutas tropicales, muchas de las cuales son declaraciones sociales en código, fueron representadas en sus múltiples formas; verdes, maduras y, las más originales, abiertas en tajadas que revelan sus entrañas. En su Bodegón con cocos (alrededor de 1893), en la que alude a la gente que trabaja la tierra y a los consumidores de fruta, vemos, de hecho, el machete que partió el coco a la mitad.
Al regresar a su tierra de su último viaje a Europa, Oller se encontró con que había perdido el apoyo de los gobernadores españoles de la isla. No fue sino hasta después de que Estados Unidos le arrebató la isla a España en 1898, y después de que el nuevo gobierno le otorgó una serie de cuadros en comisión, que el artista retomó su lugar. En el transcurso de su vida, Oller inauguró 10 escuelas de dibujo y pintura. Todas, menos las tres últimas, fueron gratuitas. Al contemplar el pasado de su vida, habría de escribir “el artista, como el escritor, tiene la obligación de ser útil; sus pinturas deben ser un libro que enseña, que sirve para mejorar la condición humana que castiga la maldad y exalta la virtud…”. A este respecto, en las buenas y en las malas, Oller se mantendría consecuente.
La obra de Miguel Pou y Becerra (1880-1968), el primer artista de renombre que estudió en Estados Unidos, nos sitúa claramente en la mitad del siglo XX. Si bien Pou tenía buenas intenciones, “la idea que en gran medida guiaba mi obra era poder reflejar el alma de mi gente y las características del paisaje de mi país”, los lienzos poco imaginativos del artista, que se inclinaban hacia lo nostálgico, muy rara vez se elevan sobre su técnica de ‘pinturas por números’. A pesar de afirmar que “la influencia más notable en mi obra, en lo que al color se refiere, han sido los Impresionistas”, la obra de Pou continuó, a lo largo de su vida, basándose en la influencia de la enseñanza académica que absorbió durante sus años de estudio en el Art Students League de Nueva York y en la Pennsylvania Academy of Fine Arts de Filadelfia.
A Pou, un maestro durante toda su vida, que
eventualmente abriría su propia escuela de pintura, le encantaba pintar la vida
cotidiana de la gente. En La lavandera
(1898), la primera pieza que el artista pintó al aire libre, vemos a dos
lavanderas en un jardín con plantas exuberantes y rodeado de árboles. En Los coches de Ponce (1926), Pou retrata
la pintoresca “Plaza de las Delicias”, destacando su condición tanto de centro
de la ciudad como de lugar intemporal. Sus espléndidos y florecientes
flamboyanes, y sus magníficos azahares naranjas, pintados con exuberancia,
logran casi desaparecer de la pintura a los caballos, los coches y la catedral.
El proyecto más ambicioso de Pou, en el que se basa la mayor parte de su reputación, consiste en su serie de setenta y cinco lienzos a los que denominó “tipos regionales”. Percibiendo que en este mundo rápidamente cambiante, todo sería arrasado para eventualmente desaparecer, Pou se dedicó a documentar la vida de los comerciantes locales, los jíbaros, de sus familias y de varios personajes isleños. En La promesa (1928) observamos a una anciana sosteniendo una representación de la Virgen María con el Niño Jesús. Pou, quien seguido escribía sobre su obra, y sabiendo sin duda que la anciana representa una mezcla de superstición y creencia, nos explica que: “Hoy le prende una vela a Dios y mañana prenderá otra a los muertos”.
En Una carrera de soñadores, retrato de Ciquí (1938), el sujeto, un famoso jugador de béisbol de principios del siglo XX, oriundo de Ponce, viste ropa casual y se ve un poco incómodo, al parecer ansioso por regresar al juego. En otra pintura, observamos a un vendedor de hamacas ofreciendo sus mercancías a lo largo de la calle del pueblo. Aunque parezca extraño, dado que Ponce era una de las principales zonas productoras de azúcar y contaba con una gran población negra, Pou muy pocas veces representaba sujetos afrocaribeños en estas obras. Ignorando la realidad de siglos de mezcla racial, escogió, irónicamente, documentar a los jíbaros de sus sueños, los “moradores blancos de las colinas, descendientes directos de los colonizadores, con todas sus virtudes y voces”, quienes hace mucho habían dejado de existir.
Aunque Pou escribió: “Anhelo un pasado que no volverá”, ese sentimiento es correcto tan sólo en cierta medida, ya que las pinturas que se exhiben en Mi Puerto... demuestran claramente que "el pasado es siempre hoy y muchas veces mañana". De la misma forma, la obra de Campeche, Oller y Pou, desbordante del amor y respeto que estos artistas sentían por su isla y su gente, continúa viva en todo su esplendor.
EDWARD RUBIN

