Exposición Individualsept 2007 - nov 2007· Por Freddy Carreño

María Eugenia Arria

Artepuy

En su reciente exposición, en la Galería Artepuy, Caracas, conformada por 15 pinturas —acrílico en tela—, María Eugenia Arria reafirma su gran dominio del color y seduce de nuevo al espectador con la sensible y particular alianza que logra entre el dibujo y los valores cromáticos.

Aunque dedicada durante un tiempo a su gran pasión que es el dibujo, Arria no ha abandonado la pintura como medio para el estudio, la reflexión y la intención creadora. Como artista, se mantiene próxima a su sugestiva presencia, sigue fiel a esa vertiente cromática de la bidimensionalidad, que en su trabajo ella ha convertido en compañera fiel del dibujo, reinventando a su modo la noción del arte que tenían los florentinos del quattrocento: lo primordial es el dibujo, la pintura se debe a sus dictados. Bajo la mirada del presente, los paradigmas cambian, los procesos se ajustan; sin embargo, en este contexto, Arria mantiene una identificación consciente con la pintura, el oficio que mediatiza el deseo y canaliza la voluntad en un acto que sigue siendo, a pesar de las profundas transformaciones experimentadas por el arte visual, íntimo y vital.

Exposición Individual: María Eugenia Arria — imagen 1
María Eugenia Arria. Nenúfares a Monet, 2007. Acrílico sobre tela. 98 x 73 cm. (38 1/2 x 28 3/4 pulgadas). Foto: Carlos German Rojas.

En la muestra —obras de pequeño y mediano formato—, el color tiene el rol protagónico, dominan los azules y los verdes; la mirada pasa de una pieza a otra como si se tratase de una serie de paisajes vistos a la hora vespertina, repentinamente acompañados de tonos cálidos, presencia furtiva, relámpagos coloreados iluminando la gama de fríos. En otras realizaciones, los amarillos rojos y ocres asumen la preeminencia; asociados a ellos aparecen violetas y rosas. Una paleta si se quiere restringida, pero esto no es impedimento para que la emocionalidad colme el ámbito expositivo.

En el espacio las pinturas se organizan armónicamente, las vincula la pincelada, la variación tonal, los matices; las veladuras dejan entrever el tinte “aposentado” en el fondo que de pronto aflora para convertirse en el valor dominante. También la estructura que las regula y configura como formas contribuye a esta acusada percepción del conjunto, no se trata sólo de color, hay un orden vertical, una dirección ascendente que todo lo orienta y modela. Esta norma potencia las intensidades, establece las armonías y cohesiona el hecho cromático con lo dibujístico, que permanece como una constante, aunque convertido ahora en una pincelada, un trazo fulgurante de color. Así, la pintura de Arria es pintura en el más amplio sentido del término, deviene en un suceso intelectual y afectivo a un mismo tiempo, es emoción y racionalidad en una equilibrada síntesis.

Naturaleza en llamas —acrílico y carboncillo s/tela—, 2006, nos muestra un gran plano amarillo que visualmente se expande más allá de su materialidad; al centro, un gestual dibujo en carboncillo surge como una forma orgánica, un florecimiento truncado aislado en un vacío que no es tal, se halla saturado de color. Es inevitable entonces pensar en el título de la obra, en la persistencia de la cotidianidad; de igual modo; éste llama la atención sobre el riesgo que se arroja sobre los seres vivos. En definitiva, la obra nos sitúa en dos escenarios: lo propiamente artístico, las elaboradas y plásticas relaciones entre el amarillo, el ocre y el naranja, los mutuos intercambios y el valor de lo dibujístico; lo real, velado en la recreación metafórica del fuego, de su intensidad y fuerza destructiva.

Bastón del Emperador —acrílico s/tela—, 2006, es tensión cromática y pasión desbordada, combustión que abraza y calcina, voluntad doblegada; un poder sin control que avasalla. El rojo en esta obra, dominando la superficie, es una llamarada que fluye hacia lo alto, un intenso y fallido esfuerzo por traspasar los límites del soporte.

Con Nenúfares, Homenaje a Monet —acrílico s/tela—, 2007, regresan la calma, la serenidad de los tonos más fríos, la quietud del atardecer que anticipa la noche. Los azules y verdes se aclaran y se oscurecen, ascienden y se sumergen en una suerte atmósfera “acuosa” y vibrante, es un allegro tonal compuesto por matices. Esta materialidad fluida pero igualmente “retenida” establece a pesar del tiempo, las diferencias y las intencionalidades, un insospechado diálogo con aquellas florescencias flotantes que realizara Monet en un supremo e inesperado anuncio de modernidad.

No obstante la extendida polémica en torno a la pintura y la continuidad de los debates en los que se revisa su pertinencia, este género continúa siendo una de las manifestaciones fundamentales del arte. Dice María Eugenia Arria, “lo importante no es sólo el cuadro como resultado, sino todo aquello que pasa en el proceso de realización, la distancia entre aquel que pinta y la tela, aquello que sucede entre uno y otro en ese momento”. Al ver sus pinturas intensas y emotivas, podemos constatar que en el acto de crear cuentan esas dos voluntades indisociables del ser humano: tanto la necesidad de comunicar como la de crear.

FREDDY CARREÑO

María Eugenia Arria, por Freddy Carreño | artnexus