Del 10 de abril al 12 de mayo, Marcos Chaves (Río de Janeiro, 1961) expuso una notable serie de trabajos fotográficos a gran escala, junto a una pieza de videoarte. Cabe destacar que todo el conjunto operístico se distribuyó a lo largo y ancho de las amplias salas de la planta baja de la galería, y este corpus de obras posee el carácter de inédito.
Existe un universo de ensueño, juego y humor en el reciente opus de Marcos Chaves, donde la fotografía (imagen tiempo fija) y el videoarte (imagen-movimiento, mudable y cambiante) son recuperados desde la transitoriedad del presente, como nostalgia de un absoluto inasequible. El proceso de la percepción es un asunto completamente mental, ya lo decía Leonardo da Vinci, en su célebre Tratado de la pintura. Por lo tanto, el mismo afecta la totalidad de lo conocido, pero también presiente y ansía lo desconocido, sin constreñirse a los datos meramente intelectuales o cognoscitivos, ni plegarse dogmáticamente a las reglas de la lógica. En este sentido, las recientes obras de Chaves, constituyen una caja de Pandora a explorar, con significados muy amplios de la cultura del objeto apropiado, del bibelot y de la parafernalia iconográfica proveniente de estatuillas producidas en serie, realizadas en porcelana, loza esmaltada, yeso pintado, o con minúsculos mosaicos venecianos de color plata, como es posible advertir en la monumentalidad de un pequeño Buda, llevado a una escala descomunal y ciclópea, gracias a la manipulación de la fotografía en campo expandido.

Estas piezas artesanales fotografiadas conforman la propia colección del artista y, como sabemos, se hallan destinadas al consumo masivo del público, que las adquiere en los mercados de pulga, como meros souvenirs.
La revisitación culta de ciertos “mitologemas” clásicos ha conducido a este creador carioca, una y otra vez, al empleo de la figuración, reproducida por medios mecánicos. Sin embargo, no se conforma con ello: decide también que la imagen es un vehículo de memorización y acercamiento a diferentes modelos mentales o arquetipos del pasado, que conviven con objetos de variado tenor antropológico y social, inmersos en la hiperrealidad de la imagen, propia de nuestros tiempos tardo modernos o posthistóricos. Entonces, lo invisible, pero existente, se torna visible y reconocible a la propia voluntad artística. Un camino propicio en el intento de Chaves por captar, tras el conflictivo debate de la duda y la selección de las imágenes originarias, el momento justo de la decisión e inmediato levantamiento de la tapa que cierra esa caja de Pandora. Este artista “fotografista” da cuenta de su imaginario visual, un mundo singular de proximidades, límites y enigmas a desentrañar, explicitando las particularidades de su poética visual: “El humor, la intervención duchampiana y la cultura popular son para mí instrumentos capaces de llegar a un lugar subjetivo. Trabajar con lo popular también es política. Me intereso por la política, por la psicología y cómo el mundo puede ser aprehendido por las personas y de qué manera la gente diluye este mundo, porque el artista actual tiene la función de diluir, decantar y proponer”. En su nuevo repertorio de fotografías a gran escala, las obras no son sinónimas, pero se enlazan en cadenas asociativas. Para el espectador atento y curioso, es interesante descubrir cómo congela la transitoriedad de las tomas y de qué manera las articula narrativamente.
Para Marcos Chaves, representar el mundo es, ante todo, recomponerlo en sus fragmentos por medio de un conjunto consistente de metáforas fotográficas. Se pueden interpretar sus actuales trabajos en términos de yuxtaposiciones evocativas.
El interrogante reside en saber de qué manera consigue, entonces, esa eficacia visual y de contenidos, a la hora de utilizar las formas alegóricas de representación, aliadas con las más innovadoras técnicas de montaje y puesta en escena fotográfica.
La categorización perceptiva de la imagen fotográfica se inscribe en la actual obra de Chaves entre las fronteras del yo y del otro. En efecto, la percepción es un entrelazamiento del “cuerpo sintiente” y del “mundo sentido”, dando forma o modelizando un sujeto o varios, en los cuales lo percibido tiene un lugar de privilegio.
Cada una de las obras de 150 x 125 cm, expuestas en Galería Nara Roesler, es testigo de un singular dispositivo estético manipulado por el artista, donde los datos visibles son redoblados por una profundidad invisible. Ello salta a la vista en obras de gran fuerza icónica y objetual, como Buddisco, Ducky y Todavía no (Ainda não) y Barroco y Moderno, esta última de 30 x 40 cm.
De alguna forma, esa apariencia sensible de las piezas fotográficas posee un discurso visual intrínseco que las conecta en forma metonímica. De otra manera, se puede decir que esa estrategia, tan particular de Chaves, de producir cadenas asociativas de sentidos, nos hace “sentir” según un cierto grado de intensidad que implica la presencia de una dimensión morfológica en sus trabajos, un nivel pregnante de la cultura del objeto apropiado, desde el lenguaje de la fotografía y el videoarte. En sus obras, espacio y tiempo van de la mano y están constituidos por la subjetividad. Y el “ser” sensorial, o sea, el sujeto en acto es el garante de dicha percepción.
Del interjuego entre lo visual y lo táctil nace esa especificidad sensorial y cognitiva que subyace en el trabajo de campo minucioso al que el artista se presta para realizar cada una de sus series o ensayos fotográficos y piezas de videoarte.
CLAUDIA LAUDANNO
