Exposición Individualsept 2007 - nov 2007· Por Israel Castellanos

Jose Ángel Toirac y Meira Marrero

Museo Nacional de Bellas Artes

La muestra Orbis. Homenaje a Walker Evans (4 de mayo-10 de julio) suscitó comentarios por diversos motivos. Uno de éstos fue un detalle aparentemente baladí: la presencia del dorado en la obra de José A. Toirac. Es cierto que por la recurrencia al blanco, negro y gris, la creación de este artista nacido en 1966 ha resultado una rara avis en la visualidad cubana, tradicionalmente identificada por la policromía. Pero esta renuncia al color no ha tenido su origen en la negación de semejante dogma, sino en el acromatismo habitual de la fotografía documental anterior a los años 70, que desde hace algún tiempo viene citando, parodiando u homenajeando este creador.

Por demás, en Orbis… él siguió apelando a ese tipo de documentación gráfica, consistente esa vez en imágenes que tomó el fotógrafo estadounidense Walker Evans en La Habana de 1933, e integradas a la muestra-instalación de varias formas. Una: como referencias que permitían verificar ciertas analogías con la actualidad fotografiada por un colaborador de Toirac: el artista del lente Ricardo G. Elías. Otra manera: como fuentes de donde Toirac extrajo figuras que luego silueteó con acrílico y pan de oro sobre trozos de madera. Unos fragmentos diversos que, en su yuxtaposición a lo largo de la pared y su alineación por la parte inferior, describieron los perfiles arquitectónicos de una ciudad.

Exposición Individual: Jose Ángel Toirac y Meira Marrero — imagen 1
José Ángel Toirac y Meira Marrero. Skyline, 2007. Técnica mixta. Dimensiones variables. 30 x 35 cm. (11 3/4 x 13 3/4 pulgadas).

De que no pasara inadvertida esta alegoría visual se encargó una breve referencia incluida en la ficha técnica anexa. Era portadora de esa misión didáctica que, sin excesos, no debe ser ajena a las exposiciones, ni siquiera las de arte contemporáneo, y menos en un museo. En este contexto funcionaba muy bien que los volúmenes con las vistas tomadas por Evans se exhibieran como exponentes encristalados. Este proceder los protegía del polvo y del contacto físico, pero, sobre todo, fijaba las instantáneas que al expositor le interesaba mostrar. Ahora bien, no fueron expuestos en las tradicionales vitrinas. A falta de sus “originales”, estas imágenes —reproducidas masivamente gracias al invento de Gutenberg— fueron colgadas de la pared, igual que obras de arte; como las fotos de Elías, de menor tirada y alcance. Ello facilitaba el diálogo, la confrontación más directa entre unas y otras, y preservaba incluso el aura de documento histórico y valioso inherente a las fotografías de Evans.

Hasta cierto punto, se establecía además un contrapunto con los pedazos de madera “a la intemperie”: tangibles testimonios de la urbe; jirones de esa realidad profundamente dura, oscura y superficialmente áurea, dorada. Era un discurso fuertemente potenciado por los materiales; pero más aún por la museografía de las piezas, al tratarse de una muestra-instalación.

Como en otras propuestas artísticas de Toirac, las imágenes estaban preñadas de intenciones y significados. Si en la VI Bienal de La Habana (1997) él exhibió una instalación que en vez del recorrido turístico por La Habana Vieja edulcorada proponía un paseo por zonas entonces depauperadas, inhabitables, en Orbis (Mundo)… fueron los seres humanos quienes, con su variopinta gradación social, y una “descontextualización” en la que atemporalidad comulgaba con vigencia, sugerían y cualificaban el espacio donde virtualmente moraban.

Dichas “estampas” se integraron a la reflexión que en torno al devenir sociohistórico de Cuba ha venido proponiendo Toirac. No sólo mediante renombradas personalidades. También a través de actores anónimos, englobados en un término tan anulador de identidades como el vocablo “masa”. “Irrepresentables” los ha llamado en obras anteriores el propio artista, quien paradójicamente ha logrado caracterizar a muchas de esas individualidades por su rol o proyección social, tanto en la hazaña épica como en la cotidianidad.

De ambas circunstancias participaron las imágenes de Evans. Reflejaron el ojo del huracán sociopolítico de 1933: el diarismo, las “condiciones objetivas”, la aparente normalidad que precedió al estallido popular coronado por la Revolución de ese año. Esta vez, sólo un espectador avisado podía entablar algún correlato entre esa gesta, poco después abortada, y el extracto de El anhelo inútil, poema del escritor vanguardista Rubén Martínez Villena, quien desde su lecho de moribundo dirigió aquella acción revolucionaria contra la dictadura de Machado. Con este otro fragmento, reproducido en otra pared, se activaba una asociación entre vida y utopía o idealismo: un dilema tan caro a la modernidad artística, pero extendido a la contemporaneidad.

Habituado a crear en equipo —incluso con diversos colegas invitados ocasionalmente—, Toirac ha mantenido desde hace varios años un dueto de trabajo con su esposa, Meira Marrero. En Orbis… esta crítica de arte figuró a su lado como expositora y curadora. Y en exposiciones previas ha (co)escrito los prólogos de catálogos, faena que esta vez asumió la otra curadora de la muestra: Corina Matamoros, especialista del museo. Toirac y Meira han obtenido lauros nacionales de curaduría. Con Orbis… ¿sumarán otro al palmarés en común?

ISRAEL CASTELLANOS LEÓN

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