Hay dos maneras de apreciar la obra tridimensional de J.J. Moros (Caracas, 1950): una que pone énfasis en la destreza técnica del artista y otra, menos sensualista, que advierte la potencia conceptual que se desprende de la significativa austeridad de su lenguaje. La segunda aproximación corresponde al trabajo reciente de este creador venezolano, expuesto del 4 al 24 de mayo en la Galería La Cuadra de los Palos Grandes en Caracas. Las doce piezas que conforman la muestra, bajo el título de Esculturas y relieves, manifiestan una acentuada devoción por la geometría, inscribiéndose en el severo magisterio que dictan las formas elementales.
La pulcritud material de estas obras no oculta la memorable genealogía que las precede, remontándose a las composiciones suprematistas de Kasimir Malevich y desembocando en las proposiciones minimalistas de Donad Judd y Sol Lewitt. De allí se deriva una serie de principios basados en la economía de recursos y la simplificación estructural, los cuales son retomados y enriquecidos de manera singular por Moros. En su caso, los axiomas geométricos se manejan con cierta flexibilidad, hecho que redunda en la incorporación desprejuiciada de elementos discontinuos, planos contrapuestos e intervenciones puntuales sobre la superficie.

Las piezas seleccionadas se distribuyen estratégicamente en las paredes, las esquinas y el piso de la galería, funcionando en algunos casos como zona de encuentro entre dos planos perpendiculares. Como ejemplo de ello están los bisectores emplazados a la altura de la mirada en uno de los recodos de la sala. Otro caso donde se aprecia un efecto similar es el de la instalación Trazador (2007), compuesta de un semicírculo adosado al muro y una barra diagonal que cruza el aire para afincar su punta inferior en el suelo. Esto hace que el entorno expositivo —incluidos los desdeñados rincones y las áreas exteriores a la sala— se comporte como un elemento más de la obra, permitiendo un diálogo entre lo bidimensional y lo tridimensional. En tal sentido, el artista consigue una relectura contemporánea de las posibilidades expresivas del controvertido “cubo blanco” modernista.
Su propuesta va del plano ortogonal a las formas volumétricas, alcanzando en algunos casos la plenitud espacial. Este desplazamiento comporta importantes consecuencias en el proceso de apreciación y valoración del sentido latente en estas obras. Círculos, cuadrados y diagonales adquieren una rotunda corporeidad, una vez que sus aristas se proyectan como estructuras en el espacio, transformándose en discos, aros, marcos y barras, cuya tridimensionalidad queda reforzada sutilmente por los cortes, hundimientos y biselados que interrumpen sus bordes.
Cercle et carré, díptico que evoca a la legendaria agrupación de artistas geométricos fundada por Michel Seuphor y Joaquín Torres García en 1929, sintetiza la óptica dominante en la exposición. Sin embargo, hay aquí una premonición sígnica —una suerte de atisbo pre-alfabético— que convierte el área del círculo en soporte de una señal “inscrita”, y los lados del cuadrado, en un borde “acotado”. Lo mismo podría decirse de Triángulo blanco (2006) y de Campo tensorial (1995), obras donde la superficie y el vacío funcionan como unidades de significación, respectivamente circunscritas a las figuras que las contienen.
Finalmente, lo binario es un concepto que se reitera en la exposición, manifestándose en la contraposición de superficies positivas y negativas, así como en el uso del blanco y el negro. Sin embargo, entre esos extremos hay minúsculas variaciones —hendiduras acanaladas, cantos discontinuos, puntos, etc.— que son claramente discernibles gracias al recorrido de la luz sobre los hierros pintados. En definitiva, Moros se remonta a la lengua primigenia de lo visible; aquella que se basa en el contacto de las irradiaciones lumínicas con los cuerpos sólidos.
FÉLIX SUAZO
