Por lo general es refrescante y a veces estimulante ver cambios y giros en la trayectoria de un artista. Ése es exactamente el caso de la segunda exposición individual de Janaina Tschäpe en Sikkema Jenkins, que presenta por primera vez en Estados Unidos sus pinturas al óleo y algunas de sus obras basadas en crayón y acuarela sobre papel.
En el pasado, Tschäpe trabajó con una variedad de medios que incluían cine, video, fotografía y escultura. Sus obras contenían narrativas fragmentadas que a menudo incorporaban a la artista misma o a sus amigos en poses teatrales y escenificadas que involucraban globos, condones inflados, alas y prótesis de látex relleno de agua y pegadas a sus cuerpos. Las imágenes, hechas en espacios exteriores, creaban una comunión entre el cuerpo y la naturaleza.

Sin embargo, en esta exposición ya no existen los teatrales cuadros vivos orientados por la narrativa y basados en el performance, que exploraban biografía, mito y biología. Esas imágenes enmarcadas, montadas y editadas se han ido. A cambio, Tschäpe presenta inquietudes más discretas, se concentra de una manera más íntima en la paleta mientras explora con lienzo, crayón y papel.
En estas nuevas pinturas y dibujos la artista se mueve hacia la abstracción y se traslada a un medio más lírico. Los seres híbridos y las narrativas fragmentadas que impregnaban los videos y fotografías se han vuelto aún más disyuntivos y escasos; ahora, su presencia sólo se insinúa de una manera muy vaga mediante algunas formas dispersas que todavía hacen alusión a formas biológicas. Si antes los dibujos eran utilizados como bosquejos y trampolines para las ideas de las fotografías escenificadas y las películas, ahora saltan a primer plano y ya no son simples trazados; se convierten en la obra misma.
Allí, las referencias históricas al arte, tales como las afinidades previas de Tschäpe con el complejo universo de Matthew Barney, construido en forma artificial; las fotografías autoescenificadas de Cindy Sherman y las perturbadoras y eróticas muñecas de Hans Bellver ceden ante nuevas conexiones. Los luminosos paisajes en acuarela de Charles Burchfield, las decorativas líneas de los lienzos Art Nouveau de Gustav Klimt, los biomorfos paisajes mentales del artista surrealista chileno Roberto Matta, son algunas de las presencias que se ciernen sobre la nueva obra. La representación literal del paisaje es reemplazada ahora por una añoranza más poliforma de la naturaleza, como la que evocan las obras de algunos pintores románticos alemanes del siglo XIX como Caspar David Friedrich. El ideal romántico y la posibilidad de un sublime recuperado son ahora temas centrales de la obra reciente de Tschäpe.
Los paisajes de Brasil aparecían destacados con frecuencia en sus videos y fotografías. Pero ahora ese interés está también imbuido de su experiencia en la Hamburger Kunstakademie, donde estudió en la década de 1990, antes de trasladarse a Nueva York, donde reside en la actualidad. Nacida en Alemania, de padre alemán y madre brasilera, y habiendo crecido en Brasil, la artista combina en sus últimas obras estas dos importantes influencias culturales.
En el díptico Monsoon (2007, acuarela sobre papel), cuyo nombre proviene del de las lluvias de verano del Asia subcontinental, Tschäpe creó una colorida superficie de manchones y salpicaduras en acuarela. Sus gestuales pinceladas y goteos coexisten con los contornos más definidos de formas abstractas hechas con crayón y lápiz de acuarela sobre papel.
La alusión al mundo acuático es todavía una marcada presencia en muchas de las obras expuestas, como lo atestiguan los burbujeantes, a veces transparentes y variados matices de azul que impregnan lienzos como Early Afternoon (2007, óleo sobre lienzo). El nombre de la artista, Janaina, hace referencia a Yemanjá, la diosa del mar afrobrasileña, y en obras como Ghost (2007, acuarela sobre papel) se manifiesta esta doble referencia por cuanto un esbozo del cuerpo de la artista puede identificarse dentro de la marina imaginaria.
A la larga, esta exposición se trató más de los sentidos que de la mente. A Tschäpe parece preocuparle menos que antes el marco conceptual de su obra, y ahora prefiere concentrarse en la experiencia sensual del espectador cuando es confrontado por los reinos imaginarios de la artista. Sacrificando el argumento por la presencia, ella abraza, a todas luces, la idea de trabajar con una narrativa fragmentada de modo que el espectador sea libre de completar la visión.
CLAUDIA CALIRMAN
