En las doce obras en medios mixtos expuestas, el argentino Carlos Gallardo adoptó la esencia conceptual de la documentación, el quién, qué, cuándo, dónde por qué y cómo del periodismo moderno; palabras que él repite como una especie de leitmotiv a través de la superficie de varias obras, con el fin de explorar la forma de la memoria.
Su lenguaje visual se basa en dos componentes principales: cartas y fotografías, símbolos que trascienden la experiencia individual y les hablan a las esperanzas y los miedos humanos, que son casi universales.
Las cartas tienen una capacidad, reconocida por mucho tiempo, de evocar la sensación física de la presencia de otros, sin importar la distancia temporal o geográfica que separe al escritor del lector. Las fotografías, aunque mucho más recientes, son contenedores del ser individual aún más poderosos. Las combinaciones de las dos hechas por Gallardo, siendo éstas nada más que pedazos de papel con poco valor inherente, les dan expresión visual a las ricas e impactantes asociaciones emocionales que hemos invertido en ellas.

En obras como Tiempo a tiempo IV, 1996, el artista unió con bisagras fajos de viejas cartas preservadas en gelatina y una fotografía destrozada y les dio forma de libro, para reconocer la forma novelesca que inevitablemente evocan las colecciones de cartas.
Un segmento de este libro también estaba amarrado con alambre, de forma que las cartas se mantenían en su lugar sobre una base de hierro todavía más estable. Esta atadura adicional sugiere el deseo de retener los recuerdos allí contenidos y el esfuerzo invertido en conservar estas manifestaciones de la memoria.
En una serie de obras numeradas, de 2003, cada una titulada Finale, Gallardo también presenta sus cartas preservadas sobre un grupo de atriles como si fuesen la partitura de alguna obra desconocida de música de cámara. Tanto el nombre como el sistema de numeración de estas obras nos recuerdan los académicos catálogos que ordenan las creaciones musicales de los grandes compositores. Cada pieza de la serie es única, como se esperaría de las partituras apropiadas para una mezcla de instrumentos.
Su agrupación como instalación relacionada también deja en claro que estas partes individuales deben ser tocadas en conjunto, creando, en el proceso, una composición más rica, más compleja.
En una extensión de estas metáforas, el artista yuxtapone fotografías y lo que en otra circunstancia serían mundanos buzones de correo hallados en millones de edificios de apartamentos de todo el mundo. Esta combinación les confiere a estos objetos toda la esperanza y la expectativa de contacto potencial que proyectamos sobre ellos. Aunque la interpretación del artista de las fuerzas internas que pueden acompañar el simple acto de recibir una carta surge de su historia particular como exiliado político, cualquiera que por alguna razón haya vivido lejos de su hogar y su familia entenderá la expectativa asociada con este acto.
En On & Off (Floresta, de 1998), Gallardo hizo explícito el papel del buzón de correos como contenedor de la memoria. Puertas transparentes revelan docenas de fotografías mezcladas en cada compartimento, una mezcla no fortuita que sugiere una especie de biografía de un apartamento individual y del edificio mismo.
Otros buzones tienen lo que podría ser el reflejo del lugar concreto o una proyección de un lugar distante. Los paisajes que tienen no son imágenes románticas de postales. En lugar de ello, representan fábricas y embarcaderos, los lugares de la vida laboral cotidiana. Abismal II, de 2004, por ejemplo, representa a una persona que, después de haber llegado a un puerto industrial en bicicleta, parece estar ocupada en el proceso de leer o escribir una carta. A un buzón de esta unidad le falta sólo la placa; esta sección faltante no interrumpe forzosamente el panorama, lo cual sugiere poco más que una vacante temporal. A otro segmento le falta toda la cubierta, interrumpiendo por completo la imagen difundida por la superficie de la unidad, lo que podría interpretarse como señal de una ausencia más prolongada. De todas formas, los paneles faltantes sugieren la interrupción de todo un paisaje emocional que la ausencia de tan siquiera una persona en la vida diaria de una familia puede crear.
La obra con los buzones los saca del ámbito de lo estrictamente utilitario y los carga, así como a su contenido, de una especie de poder psíquico que los transforma en modernos equivalentes de relicarios medievales.
Quizás la evocación de relicarios sólo podría hacerse evidente cuando los contenedores se imbuyeran de un aura de antigüedad y nostalgia.
Los cambios tecnológicos que se están extendiendo por el mundo pronto transformarán los buzones, las cartas e incluso las fotografías familiares como los conocemos, en las reliquias de una época futura. Los historiadores han lamentado el advenimiento del mundo digital y su concomitante pérdida de registros escritos. Por supuesto, es dudoso que una pantalla de computadora pueda tener la fuerza psicológica y la presencia que un paquete de viejas cartas o de un álbum de fotografías familiares todavía evocan en la actualidad. Las yuxtaposiciones de cartas y fotografías que Gallardo hace extraen más su fuerza expresiva en una forma refinada y poética, enfocando con precisión para su público sensaciones que, de no ser así, permanecerían invisibles.
K. MITCHELL SNOW
