¿Ha pasado a ser el miedo nuestra condición permanente? Esta
pregunta sirvió como lanzamiento de la edición en español del libro de Michael
Hardt y Antonio Negri titulado Multitud,
que es la continuación de otro ensayo, Imperio,
publicado por esta pareja de relevantes filósofos políticos en el año 2000, que
ha acabado convertido en un texto fundamental para entender las transformaciones
económicas, sociales, culturales y políticas en el capitalismo tardío y, a su vez,
constituye una propuesta de sociedad democrática. La pregunta sobre el miedo ha
ido cobrando cada vez mayor importancia, sobre todo por el estado de guerra
generalizado o de baja intensidad que está caracterizando la última etapa
capitalista, algo que se ha acentuado tras los atentados del Once de Septiembre
y el advenimiento o extensión global de lo que Noam Chomsky había definido con
anterioridad a ese suceso como La cultura
del terrorismo. Miedo y terrorismo, pues, como claves para entender una
estado generalizado y propagado en el sistema global. Terrorismo como “palabra
mágica”, a la que se recurre para intentar explicar cuestiones relativas al
“mundo otro” y que sirve como talismán que extiende el miedo como un rumor que
llega a producir un pánico controlado como fruto de “una elaborada red de
ilusión y engaño”.
Junto a los conceptos de miedo y terrorismo, habría que introducir un tercero como fundamental para entender la narrativa de las últimas obras de Carlos Amorales. Este tercer concepto sería el de riesgo. El sociólogo alemán Ulrich Beck lo ha estudiado detenidamente hasta afirmar que “en la modernidad avanzada, la producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente de la producción social de riesgos”. Estos riesgos ya no son únicamente nacionales, ya que se han convertido en globales, por ejemplo los derivados del cambio climático o del terrorismo extendido. Ulrich Beck señala también otro fenómeno característico e intrínsecamente unido: “la promesa de seguridad que crece con los riesgos”. Vivimos, pues, en una sociedad —económica, política— que augura seguridad frente a los riesgos crecientes, que son fruto paradójicamente del aumento incontrolado de riqueza y de una distribución que no es, al igual que ocurre con el crecimiento económico, sostenible, —tal y como allá por los años 70 Dennis Meadows y otros sostuvieron en un famoso informe que ya hablaba de un colapso planetario fruto de la devastación ecológica—. Beck señala también los potenciales económicos y políticos de las catástrofes. Respecto a lo primero, señala que no sólo “no rompe con la lógica del desarrollo capitalista” sino que son una oportunidad de big business. Respecto a lo segundo, escribe que “el estado de excepción amenaza con convertirse en el estado de normalidad”.

Como se verá un poco más adelante, y para aquellos que ya tengan presente en su recuerdo las últimas animaciones de Carlos Amorales, ese estado de amenaza generalizada sobrevuela en ellas como síntoma de los tiempos que vivimos. Hardt y Negri opinan que “la guerra se está convirtiendo en un fenómeno general, global e interminable”, aunque la definen como un estado de “guerra civil” dentro del mundo global, dentro de lo que ellos denominan Imperio. Para ellos, “la guerra se está convirtiendo en el principio organizador básico de la sociedad, y la política, simplemente, en uno de sus medios”. Miedo, terrorismo, riesgo, guerra generalizada y, como contraposición, demanda de seguridad a la que el estado de guerra responde con el estado de excepción continuado, reduciendo las libertades y agudizando las medidas de control social e individual, puesto que las cuestiones policiales —la sociedad disciplinaria en la que se detuvo Foucault— y militares están actualmente entretejidas con lo cultural, dentro de lo que se ha definido como biopolítica. En cualquier caso, éste es un viejo asunto, puesto que, como señaló Edsward W. Said en referencia al colonialismo, “la relación entre la política imperialista y la cultura es asombrosamente directa”.
La animación, como medio artístico que ha oscilado a lo largo de su historia entre lo experimental y lo comercial, congrega en la actualidad algunas características que, por un lado, permiten rebajar los niveles de realidad y, por otro, participan en su lenguaje híbrido de algunos de los medios artísticos triunfantes hoy, como son el dibujo y el cine de exposición. El rebajar los niveles de realidad y el tener una tradición que permite la ilusión de vida, al imprimir movimiento a aquello que no lo posee, le confiere grandes posibilidades alegóricas que están siendo utilizadas ahora por un gran número de artistas. Carlos Amorales se ha adentrado ahí, realizando animaciones con una fuerte carga simbólica. De hecho, las dos instalaciones de animación, que en Daros-Latinamerica se muestran como inicio y fin de la exposición individual que han dedicado al artista mexicano, hablan de ese mundo en riesgo y del miedo inherente al futuro. El mundo de fantasía e imaginación, que la animación simboliza y sabe desarrollar, acaba siendo explorado por Amorales con grandes dosis de efectividad al procurar envolver al espectador en un espacio físico en el que la contemplación de unos dibujos animados atrapa tanto por el medio en sí como por la facilidad de contar unas historias alegóricas en las que los miedos personales y colectivos pueden ser reconocidos. Estamos acostumbrados a la animación como lenguaje, hemos sido educados con los dibujos animados de la factoría Disney y con el anime japonés. Lo extraordinario, el suceso, la catástrofe, puede ocurrir, pero también pueden ser exorcizados y llevados al mundo de la fantasía, donde lo fantasmagórico reina. Así, el miedo se convierte en algo difuso y la catástrofe es algo que ocurre más allá. La producción de pensamiento crítico, que la animación realizada por artistas está produciendo en estos momentos, no debe ser desdeñada, puesto que posee unas especificidades que facilitan su recepción.

En el apartado simbólico, Carlos Amorales ha recuperado el lobo como metáfora del hombre, para hablar de la situación actual mundial de aparente caos, guerra, terrorismo, enfrentamiento y muerte. Si “el hombre es un lobo para el hombre”, tal y como adelantara Plauto y defendiera posteriormente Thomas Hobbes, la condición humana colectiva, sus relaciones post once de Septiembre, están dominadas por la cultura del miedo y el terror. Los aviones, símbolos de la comunicación rápida y global, son ahora alegorías de la amenaza y, como en la película de Hitchcock, son pájaros que tornan de simples acompañantes de la vida humana a animales amenazantes y rebeldes que nos atacan. Pájaros, aviones y lobos como emblemas de la violencia simbólica a la que se somete al ciudadano dentro del fomento del “choque de civilizaciones” que formulara Samuel Huntington.
En Dark Mirror, la instalación que recibe al visitante en Daros-Latinamerica, se ha invertido el sentido de las pantallas tal y cómo se había expuesto hasta el momento (la primera vez en Casa de América de Madrid, dentro de un proyecto que llevaba el significativo título Why to Fear the Future?). En esta ocasión, adaptándose al espacio, es la proyección con la imagen real—bueno, no tan real, puesto que si uno se fija comprende que es un reflejo y, por tanto, también una representación de lo real— la que recibe al espectador. En ella, un pianista toca una composición que acompaña una animación, que pronto descubrimos al girar y ver en otra pantalla que constituye su reverso. La música dramatiza la animación, pero en este caso el truco es evidenciado, ya que en las anteriores ocasiones en que fue expuesta, el espectador podría pensar que la música iba incorporada a la animación, y no que proviniera de otra proyección en el reverso de la pantalla. Amorales hace aquí alusiones al trampantojo, pero también a los orígenes del cine, en los que la animación, como medio, tuvo mucho que ver: piénsese, sobre todo, en los artilugios y mecanismos de visión precinematográficos.

Manimal es la instalación que cierra la muestra —aunque para salir haya que volver a pasar por Dark Mirror— y nos propone un mundo sombrío por medio de una animación en blanco y negro llena de grises, en la que unas manadas de lobos parecen pelear por el control de un espacio urbano. La huida y la lucha —junto a una música que acentúa la sensación de encontrarnos en un mundo post— de estos animales transcurren en un paisaje devastado, en edificios y en un enorme parking de aviones de un aeropuerto vallado. La catástrofe parece haber ocurrido. El hombre ha vuelto a un estadio evolutivo previo en el que la lucha por la supervivencia parece alegorizar tanto a “la generación de primero yo” (para utilizar la expresión de Ulrich Beck) como a la política grupal de “conmigo o contra mí”, tan de moda tras el Once de Septiembre. Este video bien pudiera simbolizar el estado de guerra generalizada e irresponsabilidad organizada en el que el capitalismo tardío se desenvuelve con especial arrogancia política y económica.
Sin embargo, no son éstas dos instalaciones
de animación —pese a ser lo más poderoso visualmente— lo esencial o el alma de
la exposición en Daros. No, el alma, o más bien, el cerebro de la muestra es la
gran sala en la que se muestra principalmente el archivo líquido en el que
Amorales lleva tiempo trabajando. Es decir, muestra las entrañas de su proyecto
como si de un laboratorio musealizado se tratara: una especie de diccionario
visual en el que ir ingresando aquellas imágenes y formas que pueden llegar a
interesar en un momento determinado. Para ello ha dispuesto unas mesas-vitrinas
en las que es posible ver las formas y modelos que luego serán utilizados en
las animaciones y en los cuadros. Ésta es su manera de presentar físicamente un
archivo que es digital, buena parte de ellos rotoscopias (un medio tradicional,
que actualmente es reutilizado en algunas películas, como en A Scanner Darkly) y dibujos vectoriales,
que juntos suman más de 1.000 imágenes y que —como en Nuevos ricos— están disponibles para colaboraciones. Amorales ha
entendido el modo de funcionamiento de la cultura tardocapitalista digital, de
la importancia de la idea, del archivo y del trabajo colectivo, para elaborar
un vocabulario de imágenes que simbolizan en su combinación algunos de los
arquetipos de la sociedad contemporánea: el miedo y el riesgo, la catástrofe y
el terror.
*Todas las imágenes de este artículo son cortesía de Daros-Latinamerica Collection, Zurich. Fotos: Zoé Tempest.
JUAN ANTONIO ÁLVAREZ REYES
Crítico de arte y curador independiente, Madrid.

