Bienal del Fin del Mundo

Nan González. Vida en el congelador, 2007. Instalación. Dimensiones variables.

Bienalsept 2007 - nov 2007· Por Ana María Battistozzi

Bienal del Fin del Mundo

Una de los balances es que desde este remoto lugar la Bienal del Fin del Mundo puede generar un polo de producción artística y debate interdisciplinario que reflexione sobre los límites que ya no podemos forzar.

En el extremo más austral del continente americano donde la cordillera se hunde en el choque de dos océanos que por siglos fascinaron a los marinos más osados de todas las latitudes; allí en la remota ciudad de Ushuaia, inauguró a fin de marzo la primera edición la Bienal del Fin del Mundo. Una verdadera proeza tan llena de expectativas como de dificultades que bien podrían engrosar el legendario cuerpo de empresas aventuradas que por siglos han rodeado a la región.

Desde el propio título elegido, la más nueva de las bienales del mundo resulta tan atractiva como enigmática en su intención de subrayar la idea de confín. Situada por muchas razones al margen del margen, la Bienal del Fin del Mundo, no sólo asume esta posición por haber surgido en un extremo casi desconocido del planeta sino porque ha sido el resultado de una iniciativa de la intendencia de Ushuaia, llevada a la práctica por un grupo de curadoras, encabezado por la brasileña Leonor Amarante e integrado por la cubana Ibis Hernández Abascal, y las argentinas Corinne Sacca Abadi y Florencia Battiti, que no forman precisamente parte del establishment que hoy talla en los circuitos internacionales del arte.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 1
Jorge Orta. Villa antártica, 2007. Foto-performance, domos textiles. Medidas variables.

Podría decirse entonces que nada tenía garantía de antemano. Desde esa condición excéntrica todo podía ser posible e imposible a la vez. Así el desafío ha sido mayúsculo aunque no un impedimento para hacerse un lugar bajo el sol a partir de una serie de cuestiones que en este lugar cobran particular relevancia y coinciden con la nada desdeñable agenda de inquietudes del mundo actual. Las urgencias ecológicas y urbanas, la pregunta por otro mundo posible y la circularidad del tiempo y sus metáforas, fueron las llaves temáticas de un convocatoria que contó con pocas estrellas internacionales y un número sugerente de respuestas de artistas –en su mayoría latinoamericanos- que llevan años de crecimiento al margen de esa condición.

De moderadas dimensiones –involucró a unos 200 artistas- y ambiciones acotadas, no cabe duda que esta primera edición de la Bienal del Fin del Mundo se presenta como una experiencia fundacional, llamada a crecer en intensidad y singularidad en el futuro. Más allá de eso, es preciso destacar algunos datos de interés. Por caso la estrecha vinculación que esta bienal tuvo desde sus comienzos con la organización del Año Polar Internacional (2007-2009), muy importante en el sentido de la configuración de una identidad particularizada que puede llegar a marcar su perspectiva futura. Sobre todo en la dirección del diálogo interdisciplinario que propició al incorporar, en sus actividades preparatorias a científicos e intelectuales que han pensado la región, sus urgencias y las importantes cuestiones aludidas en la convocatoria.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 2
Mónica González. Arroyito, 2007. 1000 vasos de vidrio común, agua. Dimensiones variables.

Es probable que ningún sitio se preste mejor para reflexionar sobre estos problemas; en pocos lugares la naturaleza se hace sentir de manera tan rotunda como en Ushuaia. De allí que gran parte de las obras exhibidas no pudieran soslayar esa experiencia esencial, un dato tan fuerte que hasta llegó a afectar la visión de conjunto de manera reiterativa.

En ese sentido puede decirse que la videoinstalación de cinco pantallas de Charly Nijensohn, parte del Polar Project de 2006, fue una de las obras más intensas que se pudo ver en el gran galpón del Polideportivo uno de los cuatro espacios expositivos a la orilla del impactante Canal de Beagle. El proyecto de este artista argentino residente en Berlín, que en el 2003 representó a Argentina en la Bienal de Venecia, comenzó con una acción performática, en el Círculo Polar Ártico en la Bahía de Disko en Groenlandia. Su planteo remite a esa relación primaria con la naturaleza, ante la cual, el hombre infinitamente empequeñecido, se sitúa existencialmente al límite. Nijensohn, que ha trabajado esta problemática desde comienzos de los 90, se vale de una sofisticada tecnología para una propuesta estética que bien podría retomar para el arte del presente la categoría romántica de lo sublime. Aquí reafirma una vez más la experiencia abismal que abordó en Un acto de intensidad, antecedente de este proyecto realizado en las Salinas Grandes de Jujuy y presentado en 1999, en múltiples pantallas en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 3
Kcho (Alexis Leyva Machado). Núcleos del tiempo, 2007. Instalación in situ en Casa Beban de Ushuaia, remos y mobiliario de madera. Dimensiones variables.

La confrontación entre la potencia de la naturaleza y la magnitud del deterioro infligido por la llamada “civilización del progreso” fue una constante que adquirió visos más o menos dramáticos en la mayor parte de los trabajos exhibidos dentro del Polideportivo, la sede principal del encuentro. Desde la instalación del artista argentino Daniel Trama, que evocó en una pequeña escena la reducción de los glaciares, a la inminencia de un planeta desertificado en las obra de los también argentinos Horacio Zabala y Luis Felipe Noé, los trabajos de la venezolana Nan Gonzáles, la paraguaya Mónica Gonzáles y los brasileños Gabriel Guaraci y Caio Reisewitz coincidieron en insistir sobre la posibilidad real del cataclismo inminente que se teme

De máxima alerta también fue el tono del proyecto de AAVRA, Asociación de Artistas Visuales de la República Argentina, que desplegó frente al Canal de Beagle cientos de banderas, realizadas durante meses por artistas argentinos y de otras partes del mundo, como el retorno de un reclamo en una marca de los habitantes originarios de América.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 4
Gonzalo Díaz. Proyecto Rubrica, 2007. Intervención en el edificio del Ex Presidio, 14 palabras tipografiadas en neón rojo.

Tal vez sea por ese carácter de llamado de atención que asumieron muchos trabajos, lo performático tuvo gran protagonismo. Algo que resonó como una irrupción capaz de traducir la dinámica de la urgencia parece haber hecho cuerpo en los artistas. Ya como un ritual de intercambio de tierras, en la performance de Teresa Pereda en el Bosque Yamana o como evocación de los fuegos originales que le dieron nombre a la Tierra del Fuego en la acción El artista señala de Dolores Cáceres. La artista debió luchar literalmente contra vientos y mareas para encender su obra de letras y ramas en las costas de Ushuaia acosadas durante días por el viento y la lluvia.

Se ha dicho a esta geografía extrema que solo se animaban quienes eran capaces de una gran dosis de locura y obstinación. Justamente algo de eso se deslizó en las obras de los brasileños Flaminio Jallageas y Patricia Gerber, aunque ligado a la demencial rutina del trabajo repetitivo. Presentadas en el Polideportivo, cualquiera de estas dos acciones bien podrían haberse integrado al Presidio, otra de las cuatro sedes de la Bienal.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 5
Julián D’Angiollilo. Tablero peregrino, 2006-2007. Escultura video-performance.

Convertido ahora en Museo Marítimo que evoca sus orígenes en curiosos detalles de parque temático, este antiguo penal del “Fin del Mundo”, aún conserva la potencia de sus instalaciones concebidas a fines del siglo XIX para alojar presos de máxima peligrosidad. Con su planta que reproduce el formato panóptico, muchos de sus rincones se prestaron para que los artistas trabajaran sobre la asociación confin-confinamiento, como la obra interactiva del francés Fred Forest, o simplemente reflotaran vivencias e historias desesperadas. El brasileño José Rufino lo hizo a partir de sus mobiliarios que adaptó –o más bien forzó– a la estrechez de las diminutas celdas, mientras los letreros de neón de Gonzalo Días tiñeron de rojo los muros y los collage de León Ferrari alojados en las celdas, insistieron en subrayar la relación entre religión y represión que constituye una marca permanente en su obra.

En ese escenario, frío y dramático, Belén Gache impuso los susurros de su Diario de la Luna Caníbal, una obra de carácter ficcional –Gache es escritora, poeta y una de los creadores del sitio Fin del Mundo– compuesta a partir de fragmentos de supuestos diarios de reclusos. El título de su obra, bella e intimista como pocas, remite a una antigua creencia de los antiguos habitantes de la Tierra del Fuego, según la cual el crecimiento de la luna se debía a que se alimentaba de sangre de los seres que mataba.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 6
Flaminio Jallageas. Hilvanado, 2007. Performance, máquina de coser, tensores de acero, papel, hilo, audio.

No pocas obras, proyectos y presentaciones se cruzaron con el pasado próximo y remoto de la región. La Patagonia y la Tierra del Fuego son pródigas en historias fascinantes y terribles como la de Jemmy Button, el indio Yamana que fue llevado por Fitz Roy a Inglaterra, “civilizado” y, de regreso, años más tarde se reintegró a su tribu. Parte de estas historias alimentan desde hace décadas la obra de Luis Fernando Benedit, uno de los argentinos que más reflexivamente han trabajado en su obra la reconstrucción de la historia en esos acontecimientos, sus figuras y paisajes. En Ushuaia Benedit articuló como instalación una sucesión de relatos contenidos en esas obras precedentes como El Delfin de Fitz Roy de 1987, que alude a una especie extinguida que Darwin realizó mientras navegaba el estrecho de Magallanes, Retratos de tipos fueguinos y una evocación ecuestre de Cafulcurá, bravo cacique araucano que murió orillando los 100 años en Chiloé, tras liderar la resistencia a la ocupación de la Patagonia hasta fines del siglo XIX.

Desde el pensamiento “civilizador-progresista” de Buenos Aires, siempre se pensó a la Patagonia y la Tierra del Fuego como inmenso vacío que a poco fue llenando el frondoso imaginario que generó la sucesiva llegada de aventureros y científicos. Cada uno a su modo urdió una representación de la región. La escultura móvil obra de Julian D’Angiolillo, –en realidad un triciclo– cargado con un tablero de dibujo, evocó ese tipo de avanzadas en la piel de un agrimensor obligado a medir lo inconmensurable. La experiencia del territorio y su condición inabarcable se presta a un vasto arco de sentimientos que van desde la máxima desmesura en los rostros sorprendidos que Flavia da Rin hace de su misma, a la experiencia de un tiempo distinto, afectado por la distancia en el sugestivo trabajo en video de Giselle Motta y Leandro Lima que obliga al espectador a esperar indefinidamente un tren en una zona en que el ferrocarril fue un factor de integración, y fue suprimido por la ola privatizadora de los 90.

Bienal: Bienal del Fin del Mundo — imagen 7
José Rufino. Sin título, 2007. Intervención en las celdas del Ex Presidio.

Los vaivenes de la historia argentina, la ocupación de la Patagonia, el poder del ejército y los hacendados y cómo esto marcó la formación del gusto en el campo artístico, especialmente la colección del Museo Nacional de Bellas Artes fue objeto de la mirada crítica de Alicia Herrero en su film Alice & Alice presentado en la Bienal.

Ushuaia es antes que nada una tierra de inmigrantes. Pocos son allí los nyc (nacidos y criados en la región) por lo que la experiencia del desarraigo, es fundamental aunque ahora se plantee como hecho común a todo el planeta.

El cubano Kcho, trató esto en su intervención en la histórica Casa Beban, otro de los espacios de exhibición sobre la bahía de Ushuaia. Kcho hizo una alegoría del carácter provisorio que rodea al hombre contemporáneo y preparó los muebles de la casa para partir. En ese mismo sentido y casi como un acto de resistencia, trabajó la Casa Nómada, del grupo patagónico DelBorde y el Refugio de Hielo que la artista argentina Paula Senderowicz concibió oportunamente en el Banff Center de Canadá. Fabiana Barreda concibió su arquitectura del deseo en la intimidad del espacio doméstico, una forma de proyección interior que resuma aires de la poética de Bachelard.

 Inserto en el paisaje el Proyecto IPPoetry de Gustavo Romano tomó textos de Internet sobre los confines de lo conocido y los reprodujo en tiempo real en una antigua glorieta que casi sobre el Canal de Beagle. Pero más allá está la Antártica, un continente que opera en el imaginario indistintamente como una escena desolada de urgencias máximas o como tierra prometida. La Antártida fue el eje de los proyectos performáticos de Andrea Juan y Lucy y Jorge Orta, dos empresas de fuste que demandaron el apoyo logístico de la Dirección Nacional del Antártico, una institución clave para muchos de los proyectos de esta Bienal.

Una de los balances de todo esto es que desde este remoto lugar la Bienal del Fin del Mundo puede generar un polo de producción artística y debate interdisciplinario que reflexione sobre los límites que ya no podemos forzar. Algo de esto trató el debate que propuso el proyecto Magazine in Situ en su accidentado curso durante una turbulenta y fascinante travesía por el Canal de Beagle.

ANA MARÍA BATTISTOZZI

Historiadora, escritora, crítica de arte y docente de la Universidad de Palermo, Buenos Aires, Argentina.

Bienal del Fin del Mundo, por Ana María Battistozzi | artnexus