Desde que llegó a Bogotá a mediados de la década de 1960, Umberto Giangrandi ha sido un artista activo en el medio artístico colombiano. Como profesor en las Escuelas de Bellas Artes de la Universidad Nacional y la Universidad los Andes, reactivó la práctica del grabado y tuvo una importante influencia entre profesores y alumnos; fue uno de los fundadores, junto con Nirma Zárate y Diego Arango, del Taller 4 Rojo y, posteriormente, en su Taller ubicado en la carrera doce, editó las mejores carpetas que circularon en los años 70 y 80, por allí pasaron muchos artistas que conocieron con Giangrandi el oficio del grabado. Es oportuno recordar que en Colombia y en América Latina, la obra gráfica tuvo una gran importancia en las décadas del 60 y el 70, era la de época las bienales de Gráfica Latinoamericana en el Museo de La Tertulia en Cali, que convocaba a los más importantes artistas comprometidos con la divulgación de su trabajo a través de la obra múltiple.

La muestra retrospectiva de Umberto Giangrandi, que ocupó las tres salas del Museo de la Universidad Nacional, resultó sorpresiva para quienes lo conocemos, y seguramente una revelación para las generaciones más recientes. No siempre la obra de un artista resiste esa mirada retrospectiva que, en este caso, abarca cuatro décadas, ya que ésta implica confrontar la producción artística con un presente que posee otros marcos de referencia; y es aún más difícil sostenerse ante la exhibición de un conjunto de obras tan extenso como las que se expusieron, aproximadamente 150 trabajos, entre gráfica, dibujos, pinturas y fotografía. La cuidadosa curaduría de Raúl Cristancho permitió apreciar un hilo conductor que se fundamenta en dos aspectos. Por una parte está la aguda sensibilidad social de Giangrandi ante los personajes marginales que habitan la ciudad, particularmente las mujeres; sensibilidad que lo llevó a participar en la fundación del Taller 4 Rojo, donde se desarrollaba, además de obra artística, una acción política. Por otra parte, se hizo evidente una exploración constante de medios y procedimientos tradicionales que resulta afín a la labor que realizó en su taller y como docente en las escuelas de arte.
Los que hemos estado cerca de Giangrandi preservábamos en la memoria muchos trabajos, por ejemplo, sus grabados titulados Espacios vecinos (1968), donde mostraba los modos de vida de los inquilinatos del centro de Bogotá; la serie América Latina (1970-71), en la que trabaja una iconografía muy fuerte en la que el cuerpo femenino y el paisaje son los receptáculos de la violencia; así como son memorables las serigrafías tituladas Carrera 12 (1979), donde Giangrandi presenta aspectos íntimos de la vida de los personajes marginales, prostitutas y travestis que habitan esta zona también ubicada en el centro de Bogotá. Así mismo, lo recordábamos como pintor a través de su participación en distintos eventos nacionales y en su última exposición en Espacio Uniandino, Cuerpo escenario, (2002). Sin embargo, creo que muy pocos sabían que su producción es tan extensa y que en los últimos años prosigue mirando los ambientes nocturnos de la ciudad, a las mujeres particularmente, a través de una lente osada que revela aspectos inusitados de un cuerpo siempre erótico que se expone, se muestra ante la cámara no sin una cierta dosis de violencia.
Estas series y muchas más estaban exhibidas en el Museo de la Universidad Nacional, donde volvimos a encontrar al artista comprometido con los problemas sociales y políticos, así como con los temas eróticos. Y en medio de estas temáticas que atraviesan su producción se encontraba una serie de grabados, un tanto insólitos, que tenían como motivo el bodegón, algunos fechados hacia 1978 y otros en 1993. En éstos se presenta otra sensibilidad, la carga expresionista propia de su trabajo cede ante una atención especial a la luz que lejanamente recuerda a Morandi o a los ambientes enrarecidos de Chirico. En estos grabados no hay cuerpos, pero sí podríamos hablar de un cierto erotismo. Estas imágenes, generalmente de pequeño formato, están habitadas por cafeteras, frutas, vasijas, manteles, que se iluminan por una luz que entra por una ventana o que procede de una lámpara. Estos objetos cotidianos sacan a la luz el oficio del grabador, una pasión sensual por las superficies pulidas, por las medias tintas, por las líneas negras cargadas de tinta. Se podría hablar de erotismo por el placer que propicia el oficio mismo: bruñir, raspar, dibujar sobre la cera blanda. También hay erotismo para la mirada del espectador, por el gusto que producen estas imágenes al ojo que “acaricia” las superficies que conforman la imagen. Los grabados del 90 se imprimen sobre papeles de colores diversos, Giangrandi busca tonos grises, otros más verdosos, unos más claros y otros más oscuros, y en cada uno se logra un nuevo efecto, una nueva calidad de imagen. Estos grabados fueron, en mi caso, una especie de revelación, conocía algunos del 78, pero me sorprendió observar el tiempo dedicado a estos grabados en épocas más recientes. Un tiempo detenido en medio del tráfago de la lucha política, la denuncia social, un tiempo “sin tema” en el que se entra en una escena íntima que deja por fuera el mundo nocturno de la ciudad, en el que este excelente grabador que reinstauró la gráfica en Colombia se encuentra con su oficio, y con una sensibilidad particular nos habla de la relación de los objetos con la luz.
MARTA RODRÍGUEZ
