Exposición Individualjun 2007 - ago 2007· Por Alberto Barral

Rufino Tamayo

Santa Bárbara Museum of Art

La exposición de cien obras de Tamayo, que abrió sus puertas el 17 de febrero en el Museo de Santa Bárbara, ha sido la retrospectiva más grande y más completa de este artista que se haya realizado en Estados Unidos en casi treinta años. Está programada para viajar del Museo de Santa Bárbara al Museo de Arte de Miami y terminar su periplo en el Museo Tamayo de Ciudad de México.

Sin embargo, sólo en Santa Bárbara pudimos los visitantes tener la oportunidad única de ver su obra en compañía de un magnífico fresco de Siqueiros, quien fue contemporáneo de Tamayo y a la vez su rival artístico. Su Portrait of Mexico Today, de 1932, exhibido a la entrada del museo en una instalación especial, es el único fresco del artista que ha sobrevivido intacto en Estados Unidos, y es un excelente ejemplo del Movimiento Muralista mexicano. En forma magnífica nos ofreció el marco artístico del México de Tamayo antes de empezar a ver sus pinturas, de modo tal que, al comparar el fresco con su producción, que desde un comienzo estaba señalando en una dirección diferente, pudimos comprender más fácilmente cómo fue que éste, en efecto, desafió al establecimiento artístico de su país1.

Exposición Individual: Rufino Tamayo — imagen 1
Rufino Tamayo. Los astrólogos de la vida, 1947. Óleo sobre lienzo. 203, 2 x 152,5 cm. (80 x 60 pulgadas).

El papel de Tamayo en la cultura mexicana ha sido controversial. Su debut como artista coincidió con el momento en que la escuela muralista estaba en plena floración bajo “Los Tres Grandes”, Rivera, Orozco y Siqueiros, quienes habían instituido el realismo social como el arte oficial de México. La interpretación muy individualista de Tamayo de la “Mexicanidad” lo enfrentó con el famoso trío, que lo consideró un pintor burgués complaciente con los gustos foráneos.

Tamayo resultó ser uno de los artistas más innovadores de México. Se mantuvo al día de las tendencias del arte gracias a sus largas y frecuentes visitas a Nueva York y París; en realidad pasó la mayor parte de su carrera fuera de México, pero no cabe duda de que sus raíces culturales son parte integral de las diferentes etapas de su obra, y que él fue un factor fundamental en la actualización de la gran tradición artística mexicana dentro del marco de las innovaciones del siglo XX. Como se afirmó de manera tan elocuente en el catálogo de la exposición, “Para Tamayo fue igualmente importante el ejemplo de la escuela francesa. Al igual que Cezanne, Matisse y Picasso, buscó inspiración en la tradición clásica occidental de pintar la figura humana, pero la reinventó para una nueva época”2.

La exposición de Sta. Bárbara hizo énfasis en las obras de las décadas de 1940 y 1950, que fueron la edad de oro de la inventiva de Tamayo. La selección de obras hecha por la curadora Diana Dupont fue sobresaliente, pero aún más admirable fue su extenso y bien documentado ensayo sobre el artista, en especial muy detallado en sus oportunas comparaciones con otras obras de arte y artistas del periodo, y que ofreció, sin duda, una de las interpretaciones más perspicaces del artista dentro del marco internacional de su época.

Hay una fase de su obra de los años treinta que trataba temas sociales. Sus figuras, ya fueran trabajadores en huelga como los representados en Movimiento Febril, 1935, gente del circo, en El circo, de 1938, o las hermosas mujeres de Mujeres de Tehuantepec, del mismo año, están todas cimentadas en el lenguaje modernista y son representaciones actualizadas de antiguos arquetipos de su viejo país.

Más tarde vemos la influencia de Picasso en la composición de Retrato de María Izquierdo, una pintura de 1932 en la que aparece la primera compañera del artista, María Izquierdo, sentada en una silla semejante a un trono, en una pose hierática en la que su expresión como de máscara nos recuerda el famoso retrato que Picasso le hizo a Gertrude Stein, en el cual le pintó el rostro como una máscara africana. Tamayo retrató a María poniéndose una máscara precolombina. Los dos artistas estaban renovando la energía de su arte mediante su observación de lo que entonces se consideraba primitivo.

En Naturaleza muerta con pie, de 1931, vemos la influencia de de Chirico3 p. 352 y el paisaje surrealista, esta vez visto a través de una ventana, mientras que el primer plano de la pintura está dominado también por un bodegón surrealista que incluye el modelo de un pie, unas tijeras y cartas de juego, mientras que otra obra, The Girls, es una pintura saturada de color, de 1929, inspirada en el expresionismo alemán, que nos recuerda representaciones del mismo tema hechas por Erich Heckel y Max Beckmann. A lo largo del desarrollo de Tamayo vemos la historia de tendencias europeas e internacionales que él estaba absorbiendo y reestructurando con su visión excepcional y, lo que es más importante, sus colores mexicanos.

El rosado, en particular, es una de sus interpretaciones más exitosas. Pensamos en sus tonos rosa como su forma única de explicar el color como una expresión de alegría. Un gran ejemplo de esto es una de sus obras maestras, Danza de la alegría, una pintura fundamental en su carrera, que también nos recuerda la exuberancia de la famosa Le Bonheur de Vivre, de Matisse4.

Esta exposición fue particularmente buena en cuanto que sacó a la luz pinturas que habían estado almacenadas en reservas de museos durante décadas, como es el caso de Mujer en gris, de 1959, del Guggenheim, uno de los mejores intentos del maestro con la figuración abstracta5, que no se había visto colgada en el Guggenheim de Nueva York desde hacía más de veinte años.

Quizás en la representación de la figura humana yuxtapuesta al caos y la desolación del universo es donde Tamayo logró algunas de sus pinturas más notables6. También es un elemento cultural importante con raíces en el antiguo México, donde los sacerdotes astrólogos de Mesoamérica, así como el calendario que ellos supervisaron, tuvieron primordial importancia en la sociedad mexicana. Una obra icónica que representa el misterio y el cosmos, Los astrólogos de la vida, estaba entre lo más destacado de la exposición y mereció una pared separada a la entrada de la galería que marcaba el comienzo del estilo maduro de Tamayo. Es una consumada obra maestra en tonos azules, uno de los colores más radiantes y complejos del artista, y que fue explorado a profundidad en muchas otras de las pinturas que realizó con el tema del cosmos a lo largo de los años cincuenta y sesenta y hasta el final de su larga vida artística.

Los dos últimos salones mostraban una selección de sus obras tardías. Tamayo fue uno de esos escasos artistas que, como Titian, mantuvieron una excelente ejecución hasta el final de sus días. La textura de las pinturas empezó a cambiar en la década de 1960, cuando introdujo arena como parte de sus superficies. Un buen ejemplo para ver el efecto de esta densa textura era Tres Figuras, de 1966, en la que el espectador pudo apreciar la complejidad de su colorido. Allí, la exposición mostró la admirable Hombre en Blanco, una obra monumental de 1973, que representa a un hombre de pie, solo con su destino, y que muestra que Tamayo no había perdido su fortaleza física, aunque su estilo había evolucionado y había logrado crear una figura humana abstracta que ahora era una parte muy agradable y (para el espectador) muy familiar de su vocabulario, con gran sutileza en las graduaciones de color; y la superficie de la pintura también había evolucionado y se había transformado en un material más complejo y con más textura. Salimos de estos dos salones sintiendo que habíamos sido testigos de algo importante; estas pinturas de su último periodo tienen una forma de hacernos creer que cualquier combinación de color puede ser armoniosa, y que la calidad misma es suficiente para darnos cuenta del gran pintor que resultó ser Tamayo.

* La exposición de Rufino Tamayo se presentará en el Miami Art Museum a partir de junio.

NOTAS

1. Adriana Zaval, “Tamayo’s Women Figures of an Alternative Modernism” en Tamayo: A Modern Icon Reinterpreted Sta. Barbara Museum y Editorial Turner, SA, febrero de 2007. p. 219

2. Diana Dupont, “Realistic, Never Descriptive:

Tamayo and the Art of Abstract Figuration", Íbid, p.39

3. Anna Indych-López, “None of those Little Donkeys for me: Tamayo, Cultural prestige, and perceptions of Modern Mexican Art in the United States", Íbid, p. 352

4. Dupont, Íbid, p.74

5. Dupont, Íbid, p. 92

6. Dupont, Íbid p. 67

ALBERTO BARRAL

Rufino Tamayo, por Alberto Barral | artnexus