Exposición Individualjun 2007 - ago 2007· Por Joel Weinstein

Rigoberto Quintana

La Sala de las Artes, Universidad del Sagrado Corazón

De Rigoberto Quintana hemos llegado a esperar enigmas barrocos, ya sea en grandes pinturas sobrecargadas de citas de historia del arte, historietas clandestinas, ciencia misteriosa y vida familiar, todas ejecutadas con precisión, o en arreglos de pupitres escolares reales sobre los que él ha escrito, como tantos grafitos de salón de clase, ejercicios de referencialidad igualmente densos y divertidos.

Exposición Individual: Rigoberto Quintana — imagen 1
Rigoberto Quintana. Video-instalación, 2007. Icopor, marcador de color y videoproyección. Dimensiones variables. Foto: Jose A. Fonseca Torres.

Quintana es un maestro del caos que él mismo provoca, o quizás él diría que simplemente está trazando los interminables y extravagantes vectores de la conciencia humana: retruécanos visuales, alucinaciones, asociaciones libres, anomalías y estrafalarios accidentes que se arremolinan entre sí como el parloteo de un millar de vendedores de enciclopedias que se abalanzan al mismo tiempo. En la pintura que exhibió en la Muestra Nacional, de Puerto Rico, el invierno pasado, Había una vez... se podía descubrir a una de las aristocráticas damas del pintor puertorriqueño del siglo XVIII, José Campeche, que sostiene la correa de un caimán con collar entre piñas que exudan vapor y globos oculares al estilo de El Bosco. Lo que salva a esta obra de una barata fórmula neosurrealista son su cohesión y su flujo; la sensación de que Quintana, como un surfista californiano bruñido por el sol, está montado sobre una ola de inquietudes que tienen que ver básicamente con la composición, manteniendo el control de su muy disciplinada formación y una idea bastante graciosa sobre lo que debería ser el arte.

En marzo de este año, Quintana montó una instalación de video y escultura en la Sala de las Artes de la Universidad del Sagrado Corazón, en San Juan, Puerto Rico. Sin título consistía en cinco castillos-fortaleza tallados en espuma de poliestireno, cada uno de unos tres pies de alto, montados sobre plataformas de madera e iluminados desde arriba con reflectores, como en un teatro, en un salón que, de lo contrario, estaría oscuro. Si estuvieran solos en el espacio, Sin título sería tan meditativo como la gruta de un santo en una catedral gótica.

Pero Quintana no está en actitud contemplativa. En una habitación a un lado del salón, en un video en el que se escuchaba un ruidoso parloteo, se veían manos que trataban de construir estructuras con coloridos legos, antes de que apareciera una oscilante bola demoledora y el siguiente par de manos asumiera la tarea evidentemente insalvable.

Los edificios de poliestireno —o, dicho en una forma más precisa, maquetas para edificios— eran perfectamente simétricos y se distinguían por su decidida falta de identidad. Uno tenía dos torres; la de la izquierda terminaba en un domo, la de la derecha, en una pirámide. El resplandeciente poliestireno blanco estaba trazado en uno de dos colores primarios: rojo o azul. Y con sus entradas en arco, sus columnas cilíndricas, torrecillas, cúpulas y parapetos, las esculturas parecían variantes de castillos de Disneylandia absurdamente genéricas. Cada una era diferente de las otras y, sin embargo, ninguna de ellas mostraba nada que la caracterizara. Alrededor de sus muros exteriores flotaban al azar ruedas, esferas, cubos y láminas de poliestireno, como fosos de misceláneos vestigios.

Quintana ha dicho que está parodiando un estilo arquitectónico degenerado, libertino —y, por extensión, consumista— al que denomina, alternativamente, inconcluso y refrito, caracterizado por sus ostentosos propósitos y su prosaica ejecución. Es un impulso de hacer cosas, desecharlas, y hacer más de lo mismo sobre los desechos, que él le atribuye a Puerto Rico y América Latina en general, aunque insiste en que esta dinámica tiene aplicación global. El video proporcionó un colorido y animado contrapunto —haciendo alarde, coincidencialmente, de lo último en diseño de camisetas, atavíos de moda, como jump-drives y tatuajes— a la vacuidad y el carácter compulsivo que insinuaban las maquetas. Los apresurados constructores son por lo general capaces de armar algo en un tiempo limitado, pero sus estructuras son, invariablemente, una mezcolanza desordenada, un error repetido con el que los diseñadores y, lo que es más, nosotros tenemos que vivir.

En Sin título había mucha de la usual vulgaridad de Quintana, tanto en términos de arte como de comentario social. Su juego de proporciones, la adición del tipo de dibujo más elemental a una escultura estrictamente regular, la forma en que los diferentes colores les daban un aspecto a las obras —una enfermiza calidez a las maquetas trazadas en rojo, una esmerilada claridad a las que tenían azul— y el brillo del poliestireno que quizás pretendía ser mármol: todas estas son hazañas propias de un artista. Por estrechos que fueran —arcos y puertas en parejas, cuatro torrecillas cada uno, una sucesión de pisos como en un pastel de boda—, los edificios lograban una grandiosidad fascista en pequeña escala, lo que parecía ser el propósito de Quintana, y que se cumplió muy bien allí, al igual que en sus pinturas, mucho más coloridas y elaboradas.

Él habría podido dejar sólo las maquetas, pero su respuesta a esta sugerencia es que el video era lo que hacía de Sin título algo más que un proyecto arquitectónico, con lo cual quiere decir que el video le dio a Sin título una inútil dimensión artística. Pero, si eso es así, está subestimando el poder de su trabajo manual. El video satisfizo las ansias de movimiento y ruido que nuestra vociferante época exige. Estaba bien hecho, y con sus curiosidades juveniles entretuvo moderadamente a costa de los personajes. Pero también sólo exageró lo que las maquetas propusieron de una manera tan simplista: que somos obsesiva y peligrosamente complacientes. Que habitamos en las ruinas, no sólo de nuestras ciudades sino de nuestra imaginación.

JOEL WEINSTEIN

Rigoberto Quintana, por Joel Weinstein | artnexus