Exposición Individualjun 2007 - ago 2007· Por Janet Batet

Pedro Vizcaíno

Ardex Gallery

La presente propuesta de Pedro Vizcaíno podría ser sintetizada por la antítesis. Una antítesis existencial que coquetea todo el tiempo con la condición ontológica humana y que va desde la naïveté infantil hasta el patetismo del adulto; desde el chiste hasta el enunciado político-social; del microcosmos al macrocosmos. La Galería Ardex, situada en Coral Gables, Miami, tiene esta vez el gusto de deleitarnos con la propuesta. ADN Alien es el sugerente título que anima la muestra.

Exposición Individual: Pedro Vizcaíno — imagen 1
Pedro Vizcaíno. Tren, 2006. Collage sobre cartón. 106,6 x 50,8 cm. (42 x 20 pulgadas).

Fiel al bad painting y al pop-art, Vizcaíno se zambulle en el torbellino de la cultura citadina y suburbana, para desde su basurero inmaculado construir la parodia. El artista se vale de productos de desecho impecables, conservados en un grado de integridad que desconcierta, aflorando así la primera antítesis. Esta arcilla modeladora de la que parte el creador da luz a un sujeto ausente, sugerido. El ser humano aparece sólo a través del rastro, la estela siempre apresurada del medio de transporte que a un tiempo lo contiene y lo englute. Naves antropomorfizadas, caníbales, con bocas abiertas, dientes punzantes, siluetas hirientes, carcomidas, que desafían el tiempo y el espacio. El hombre deviene carcasa. Es como uno de esos insectos de caparazón duro que en el patio de casa jugábamos de niños con un palo, procurando ver sí algo vivo emergía del interior o si, al menos, la obstinada criatura de rígida indumentaria se decidía a mover una pata como complacencia última ante nuestra presencia hostigadora.

Las caprichosas criaturas son repertoriadas en la muestra a partir de dos enclaves fundamentales: la ciudad y el campo de batalla. Los límites entre uno y otro enclave no son netos y, por momentos, se superponen. El ambiente citadino es captado a través del taxi, el yellow cab, la transitoriedad de la sociedad contemporánea, donde la estabilidad se relativiza cediendo paso a la velocidad. El vector constituido por el espacio estalla en pedazos y en su lugar se erige un nuevo axis develador del homo: la velocidad. Consecuentemente, lo transitorio, lo efímero, el aquí y el ahora, dominan este enclave. Y es que la sociedad contemporánea parece definirse, en contraposición a la sociedad tradicional, por el axis de la velocidad. La sociedad tradicional guiada por la idea del enclave espacial y el sedentarismo versus la sociedad contemporánea dictada por el vértigo de la velocidad, la pérdida de gravedad, de centro, de pertenencia. Una especie de fuerza centrípeta que nos propulsa atomizados aquí o allá. Esta sensación de atomización es reforzada por el aislamiento de cada uno de los especímenes de este enclave. Uno de ellos recluido incluso en una vidriera, como raro espécimen museable.

El otro ambiente recreado es la guerra. El artista recoge este enclave a través de una lúdica instalación que se despliega a lo largo de uno de los muros de la galería. Los monstruos ahora se asocian, para invadirnos como plaga. La pesantez del tema aquí es soliviantada con el trazo ingenuo, desenfadado, el gusto por el lápiz de color y los distintivos signos infantiles de dibujos de guerrita: la llama zigzagueante, las luces en rayitas que irradian, los puffs y los bangs. Es la levedad del garabato; como revisitar el terreno de los soldaditos de plomo. ¡Qué tóxica infancia! Y entonces, descubrimos otro importante factor antitético dentro de la presente serie de Vizcaíno: la escala. Desde la idea molecular, genética, hasta el macrocosmos, la escala galáctica. Los artefactos bélicos por momentos asoman como insectos, otras, como colosales naves amenazantes, rudimentarias, torpes pero letales. En este punto uno siente la presencia de H. G. Wells y su implacable sentencia de un hombre demasiado centrado en sí mismo como para reparar en derredor. Cegado en su necedad.

La instalación de Vizcaíno apoyada en las otras piezas que secundan la muestra logra un zoom mental que evoca los viejos filmes de ciencia ficción donde, por macro alejamientos, viajábamos de una escala a otra: desde el indefenso insecto pasando por el niño curioso, al plano citadino, hasta el platinado OVNI del que apenas veíamos una sombra, o un destello y ya prefigurábamos todo en nuestros miedos ancestrales. El temible alien que abriga su interior, del que no sabemos nada, pero por sobre todo, del que nada bueno podemos esperar. La fobia al otro, a lo desconocido. Y es que de eso se trata, es la guerra de los mundos. The alien invasion! …Upps! ¡¿Alguien dijo indocumentados?!

Casi un chiste, bad painting, politically incorrect, paradoja. Estas kissing-fighting-machines se erotizan en una última súplica algo démodé para nuestro tiempo y desde el desenfadado garabato infantil parecen implorar un Make peace, not war.

Extraña mezcla entre el movimiento literario de ciencia ficción de fines del siglo XIX, donde se perfilaban nuestros miedos más retorcidos, nuestros monstruos y el deseo de conciliación de los años 60 del movimiento Peace and Love, que procura restaurar el sempiterno y humano deseo del amor tras el paso o la obstinada presencia de la guerra. ¡¿Terrorismo?!

JANET BATET

Pedro Vizcaíno, por Janet Batet | artnexus