Exposición Individualjun 2007 - ago 2007· Por Manuel Álvarez Lezama

Noemí Ruiz

Mueso de Arte Contemporáneo de Puerto Rico

Noemí Ruiz (quien anda por los setenta) y Julio Suárez y Jaime Romano (que se acercan a los sesenta), artistas de dos generaciones muy diferentes, son quizás, en la actualidad, los pintores abstractos más auténticos y consecuentes de Puerto Rico. No es que Julio Rosado del Valle o Luis Hernández Cruz no sean extraordinarios abstraccionistas que definieron este campo en la isla, pero han experimentado libremente con lo figurativo durante sus muy creativas y productivas carreras. Por otra parte, los primeros siguen siendo leales a un discurso estético que muchos pensaron que fracasaría a la larga pero que, por el contrario, ha florecido y se ha enriquecido con el correr de los años.

Exposición Individual: Noemí Ruiz — imagen 1
Noemí Ruiz. Cazador de sueños, 2006. Acrílico sobre lienzo. 120 x 120 cm. (48 x 48 pulgadas).

Y Noemí Ruiz no sólo se ha mantenido fiel al abstraccionismo y a su muy admirado estilo original durante más de cinco décadas sino que, en los últimos diez años, ha alcanzado una hermosa madurez que, sin duda, la pone al mismo nivel de los mejores pintores abstractos que ha producido América Latina. Su impecable y exitosa carrera fue el motivo para Noemí Ruiz y su espacio en el tiempo, una estupenda retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (que empezó en marzo de 2007).

Como sabemos, el abstraccionismo se convirtió en una importante fuerza estética desde comienzos del siglo XX, cuando artistas como Mondrian, Malevich, Kandinsky y, más tarde, Brancusi presentaron una nueva forma de expresarse después de la Revolución Industrial y, en especial, después de la invención de la cámara fotográfica, que cambió por completo los cánones que habían existido desde el Renacimiento. Por supuesto hay antecedentes del abstraccionismo del siglo XX. Ahora está claro que secciones de las enigmáticas pinturas rupestres del período paleolítico pueden verse como arte abstracto, y que algunas de las pinturas más espectaculares de Turner contienen impactantes y apasionados espacios que sólo pueden definirse como mera pintura abstracta. Pero el hecho es que el abstraccionismo, la persistente, imperecedera, incansable e increíblemente original fuerza estética que conocemos hoy, en 2007, no llega todavía a los 100 años, y que aún está lleno de posibilidades y energías.

A pesar de que este movimiento estético llegó un poco tarde a Puerto Rico (sus primeros artistas abstractos, como Julio Rosado del Valle, Olga Albizu y Luis Hernández Cruz, empezaron a experimentar con las libertades del abstraccionismo a finales de la década de 1950), en los sesenta, los desacuerdos y las confrontaciones políticas entre los artistas de la Generación del 50 (que creían que su misión como artistas era fundamentalmente folclórica y patriótica y que veían a artistas como Rosado del Valle como egoístas traidores a la causa de la independencia) habían terminado y el abstraccionismo se había convertido en un fértil discurso de la corriente principal en esta isla (Marta Traba: ¡qué equivocada estabas!).

Pronto surgió una segunda generación de artistas abstractos muy talentosos: Marcos Irizarry, Roberto Bonilla Ryan, Julio Suárez, Jaime Suárez, Jaime Romano, Melquiades Rosario Sastre, Pablo Rubio, Lope Max Díaz, Carmen Inés Blondet (muchos de los cuales fueron influenciados por los maestros cubanos Rolando López Dirube y Zilia Sánchez, que se habían trasladado a San Juan en 1962). Desde los años sesenta hasta hoy, Puerto Rico ha tenido extraordinarios creadores abstractos, entre quienes encontramos a Eric Tabales, Rafael Rivera Rosa, Ramón Berríos, Carlos Guzmán, Heriberto Nieves, Enrique Renta, Linda Pintor, Ricardo Ávalo, Erick French, Javier Ramos, Boricua Rivera, Fabián Detres y Melvin Martínez, para mencionar sólo unos pocos.

Noemí Ruiz y su espacio en el tiempo no fue sólo una admirable exposición retrospectiva (bien curada y presentada de manera convincente) que le rindió tributo a una de las pintoras más significativas y refinadas que haya producido ese país durante la segunda mitad del siglo XX sino una verdadera loa a una vida definida por la poesía: poesía genuina (Noemí Ruiz escribe poesía) y poesía visual. Esta infatigable pintora ha estado creando composiciones verdaderamente sobresalientes (“paisajes”, “danzas rituales”, “sueños”) desde principios de la década de 1960 y le ha enseñado una gran lección a cada uno de los artistas de la isla: en el arte no se puede ser sólo un visionario o un poeta, uno tiene que ser un verdadero profesional que trabaja muy duro para hacer de esos poemas o visiones una realidad artística.

Desde el comienzo de su carrera quedó claro que Noemí Ruiz no sólo era una experta en el campo del color y la composición sino que había podido desarrollar en sus pinturas un tipo de lirismo único, una especie de danza, algo así como explosiones emocionales en las que los ritmos y las tensiones interactúan, lo que hace que cada una de sus pinturas sea una experiencia estética inconfundible. Hay, en efecto, un dinamismo indescriptible en sus composiciones. Aunque sus ritmos cromáticos son el resultado de un proceso de pintura racional y bien diseñado, con una lúcida composición final en mente, su obra siempre revela una cierta espontaneidad característica en la que colores y luces recrean algunos momentos sorprendentes: esa lucha entre caos y orden que las palabras no pudieron captar por completo en nuestro Génesis.

El discurso abstracto de Noemí Ruiz puede definirse mejor como poesía lírica visual. Hay en su obra una seductora y etérea cualidad que la hace diferente de otros importantes pintores de las cinco generaciones de creadores abstractos que coexisten en Puerto Rico en este momento. En esta excelente retrospectiva —una de las mejores que se haya visto en la isla en mucho tiempo— el público pudo ver y disfrutar una muestra importante de obras de esta impecable artista. Como sucede con la cubana Amelia Peláez, los amantes del arte pudieron darse cuenta de cómo un estilo muy personal y atractivo puede cambiar/evolucionar con el tiempo pero mantener la esencia que define su singularidad y belleza. Aunque a lo largo de los años su obra se ha vuelto más intensa, ella siempre logra captar en sus pinturas los vuelos que nos hacen más libres.

En varias conversaciones que tuve con la artista antes de esta exposición, ella me confesó lo agotadora que fue la experiencia de organizar esta retrospectiva; que a veces el proceso de escoger las pinturas adecuadas fue incluso doloroso (aunque gratificante) porque tuvo que revivir su pasado mientras observaba cientos de sus composiciones, que abarcaban desde la década de 1950 hasta hoy. Más difícil fue ayudar al curador en el proceso de selección de los precios correctos para cada uno de sus principales períodos creativos. Y fue triste para ella (y para mí) darnos cuenta, en ese proceso, de que tenía suficiente cantidad de buenas pinturas para otra sólida retrospectiva.

Pero, pase lo que pase, Noemí Ruiz y Su Espacio en el Tiempo fue una verdadera hazaña que les proporcionó a los espectadores una experiencia inolvidable: ver casi 100 composiciones abstractas que nos enseñaron (o nos recordaron) lo que es una profesional del arte verdaderamente excepcional y una gran poeta visual. Estamos hablando de una apasionada visionaria que ha podido trasladar al lienzo su exquisito universo. Nos referimos a una verdadera dama que ha pasado toda su vida tratando de hacer la nuestra más amable, más hermosa, y lo ha logrado.

MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA

Noemí Ruiz, por Manuel Álvarez Lezama | artnexus