En su más reciente exposición en México, ahora como exiliada, pues se ha mudado a España, Melanie Smith (Inglaterra, 1965) presenta una instalación, varias pinturas y tres videos, llamados, respectivamente, Parres 1, Parres 2 y Parres 3, realizados en conjunto con Rafael Ortega. Son obras resultado de su reflexión sobre la ausencia y la pintura, en el contexto de un pueblo situado en la periferia de la enorme capital mexicana.
Los videos de esta muestra son una exploración sobre la vinculación entre imagen y realidad, el signo y su contexto, la pintura y el cine. Cada uno de los tres videos está filmado en un solo rollo de 35 mm. Para demostrar el recurso del soporte se incluyen el principio y fin de película donde aparecen la claqueta y las trazas del laboratorio de revelado del celuloide. Esto es un recordatorio que deja la artista para enfocar nuestra atención sobre la naturaleza del medio usado. Y es una pista más de su obsesión con lo material. La marca de su obra.

En el primer rollo observamos a un pintor cubriendo la superficie de un vidrio, visto desde el lado opuesto mediante la cámara de cine. La nube de pintura del aerógrafo vuela con el viento pero algo logra pegarse al vidrio y paulatinamente lo va cubriendo de blanco hasta que nos deja frente a un cuadro blanco visible por la temporalidad sumada de la cámara y la película. El video es un signo de que las cosas se mueven y cambian, pero permanecen en la memoria.
En Parres 2, la filmación comienza con un asistente de cámara midiendo con un flexómetro la distancia entre los ojos de la artista y la lente de la cámara de cine. A continuación vemos un acercamiento extremo a los ojos de la propia artista, el ojo y la lente se escrutan. La cámara hace un lento zoom out hasta llegar a un plano general donde observamos la impávida figura de la artista, que va a desaparecer lentamente bajo una lluvia pertinaz; la imagen se funde hasta llegar al blanco total. En Parres 3, volvemos al plano blanco del primer rollo, que empieza a ser despintado por el pintor, eliminando el blanco con un trapo mojado hasta que poco a poco volvemos a ver, en el fondo, la imagen del caserío de Parres. La realidad va tomando forma nítida entre las marcas de agua hasta volverse casi completamente visible. El pintor abandona la tarea y desaparece en el paisaje. Los tres movimientos, al igual que las tres definiciones de Kosuth de la silla, resumen la transfiguración de la realidad a través del complot de la pintura, que termina convirtiéndose en una ventana blanca, no ilusionista, mientras que el rollo de la cámara es el soporte real para el concepto unificado de pintura. El pueblo de Parres es sólo un no lugar que se presta para descontextualizar a la artista y su trabajo.
Los círculos que llevan de la realidad a la pintura se pueden apreciar más empíricamente. Para plantear el tema de la materialidad de la pintura, Smith recurre a una instalación en la que construye un muro de tablarroca y cemento dentro de la galería, que deja visible todos los elementos necesarios (arena, cemento, llana). De un lado del muro se encuentra un monitor de televisión que recoge cientos de imágenes del pueblo proyectadas a gran velocidad, tal como las vería uno desde un automóvil en la carretera. Del otro lado hay una pintura, una imagen estática del caserío, resuelta con aerógrafo de manera que se ve fuera de foco, como lo vería un pintor bajo una luz mortecina, durante la lluvia o en un día nublado.
En el patio interior de la galería se levanta un muro de bloques de concreto de unos cuatro metros de alto. Detrás del muro hay un medio centenar de ampliaciones de fotogramas de cine, que muestran imágenes: antenas, graffiti, carteles, publicidad barata, letreros y señales y otros signos de comunicación que pasamos por alto debido a su abundancia. Para Smith, tanto el muro como esos signos son los sintagmas de la imagen. Su presencia física, consignada por la fotografía, sugiere lo real, no como idea sino como percepción. Si comparamos las fotografías con las pinturas monocromáticas que se encuentran en la sala contigua, veremos que la pintura, en la tesis de Smith, es tan sólo un débil enunciado perceptual del mundo, que flota como una nube de pigmento sobre la superficie del soporte.
Melanie Smith ha cumplido con esta obra su discurso. Un legado sobre el acto de crear una imagen que aparece como mimesis de lo real pero que tiene algo menos que un parecido con el mundo. La obra parece llevar la vista al pensamiento sobre un espacio solitario, un lugar donde los objetos son grises, los sonidos son mudos y las cosas se mueven dejando una estela apenas perceptible. El no lugar perfecto es Parres, visto como un vacío de referentes estéticos modernistas. Para Smith, la pintura es el velo de Maya que cubre al mundo y deja ver algunas de sus maravillas. Ahí radica su mentirosa seducción.
JOSÉ MANUEL SPRINGER
