Exposición Individualjun 2007 - ago 2007· Por Mariangela Capuzzo

Mario Ybarra Jr.

Anna Helwig Gallery

En un ambiente cargado desde el punto de vista sociopolítico, en el que los temas de inmigración desafían y cuestionan la identidad, es refrescante encontrar a un artista como Mario Ybarra Jr., que abraza y revigoriza, en alegre comunión, su cultura méxico-estadounidense.

La clave para entender su obra radica en su biografía. Nacido en 1973 y criado en Wilmington, cerca de la bahía de Los Ángeles, donde todavía vive, estuvo expuesto a la cultura callejera de los inmigrantes y a los politizados sindicatos de trabajadores de los muelles que, con sus emblemas, marchas y protestas, tallaron sus temas y su sensibilidad estética.

Ybarra es un artista que asume la vida como participante activo, no sólo como espectador. Examina su entorno como un antropólogo y reinterpreta en sus instalaciones la forma en que las comunidades latinas se apropian de elementos de la cultura estadounidense alterándolos y haciéndolos propios.

Exposición Individual: Mario Ybarra Jr. — imagen 1
Mario Ybarra Jr. Dar gracias 2002, 2002. Pelo del artista y caja de acrílico. 13,3 x 34, 2 x 16,5 cm. (5 1/4 x 13 1/2 x 6 1/2 pulgadas).

Desde que se graduó de la Universidad de California, Irvine, en 2001, sus icónicas instalaciones y performances, que llevan una gran carga política, han sido incluidos en exposiciones colectivas de fama internacional, incluidas Uncertain States of America, curada por Hans Ulrich Obrist en 2005; Alien Nation, en el ICA de Londres, en 2006, y la Bienal de California en 2006. También está programado para participar este año en The World as a Stage, curada por Jessica Morgan en la Tate Modern de Londres, y en la Bienal de Praga.

La primera exposición de su carrera llevada a cabo en una galería, la Anna Helwig, de Los Ángeles, consistió en una instalación minimalista en medios múltiples que incorporó esculturas, dibujos, pintura y video y abarcó los últimos nueve años. Aunque menos cargada que sus instalaciones usuales, esta exposición captó, en una forma más modesta, la vitalidad, creatividad y posición política del artista.

Marcando la pauta de la exposición y ubicada en el escenario central estaba Protest Flag, 2006, ingeniosa desde el punto de vista conceptual. Compuesta de estrellas y franjas que colgaban de un asta montada en la pared y envuelta en cinta aislante negra, a primera vista la intención de la bandera parecía ser la de simbolizar la jura de bandera oficial del artista a su país de nacimiento. Sin embargo, al examinarla con más detenimiento, uno descubría al final del asta el emblema nacional de México: una escultura dorada de un águila posada sobre un cactus, con una serpiente en el pico. De una manera sutil, este ícono, manipulado con tanta fuerza, planteaba el interrogante: ¿quién está protestando contra qué?

Colocada de manera estratégica, contra la bandera, estaba MVP (Most Valuable Player), 2006, un busto del artista, en arcilla pintada, en el que aparece con su atuendo acostumbrado—una gorra azul de béisbol de los “Dodgers” de Los Ángeles. Como si fuera el trofeo de un cazador, Ybarra parece haberse colocado irónicamente, en una posición de orgullo contra la bandera americana; sin embargo, el tamaño tan pequeño de la obra parecía atenuar y cuestionar las intenciones del artista.

Los veinte dibujos a lápiz, de colores vivos, pertenecientes a la serie The Ballad of Chalino Sánchez, 1998, constituían su homenaje a la trágica vida del popular cantante. El músico, cuyo nombre era Rosalino Sánchez Félix, empezó su carrera como inmigrante mexicano ilegal y trabajador en haciendas de California, donde se hizo famoso cantando en clubes el género de música norteña y los corridos sobre tráfico de drogas, asesinatos y funcionarios policiales corruptos, y sobre las luchas de los mexicanos de la clase trabajadora. Sin embargo, su vida se truncó y su fama creció hasta convertirlo en un héroe folclórico cuando fue misteriosamente asesinado en el norte de México después de recibir amenazas de muerte. La hermosa serie de Ybarra conmemoraba y esbozaba la triste vida de este conmovedor inmigrante mexicano convertido en héroe, que le cantaba a la realidad de su comunidad chicana. Uno de los dibujos mostraba una pila de dinero circulando entre una casa, cintas de audio y discos, y una familia y un rifle que regresan a donde está el dinero. En otro, tres rubias vestidas con atuendos del oeste bailaban sobre el escenario mientras Chalino cantaba.

En una serie más reciente de dibujos a lápiz, Attack 1 & 2, 2001, Ybarra ofrece una perspectiva fresca al fusionar imágenes de la alta y la baja cultura, inspiradas en el hip-hop, los grafitos y el arte chicano clásico. Escenifica míticas peleas callejeras y expresa identidades híbridas tomadas de la cultura callejera urbana. En uno de los dibujos, una casa de clase media con un sedán de lujo y antena satelital sirve de fondo a una batalla entre un vaquero, demonios y, posiblemente, él mismo, mientras un águila majestuosa viene en picada, con un rifle en el pico, para salvar la situación cayendo en medio de los luchadores y un grupo de manifestantes.

Es claro que el lenguaje visual de Ybarra se deriva de su experiencia como méxico-estadounidense criado y residente en Los Ángeles, donde una multitud de íconos e imágenes se popularizan y expresan una miríada de culturas que comparten el hilo inevitable de la integración.

A sus treinta y tres años, parece que su obra celebra las necesidades y realidades de la asimilación. Cuando entré a la parte de atrás de la galería me llamó la atención una caja transparente que contenía un par de hermosas trenzas clavadas contra un fondo blanco. Fascinada y con una sonrisa, leí: Thanksgiving, 2002, cabello del artista y acrílico.

MARIANGELA CAPUZZO

Mario Ybarra Jr., por Mariangela Capuzzo | artnexus