Fue un festival de ferias; hubo siete en cinco días; cientos y cientos de galerías, miles de artistas. Pero recuerde el razonamiento de Pablo Helguera, que dice que el arte es “una religión empresarial”. Éstos fueron festivales corporativos. El arte reunido allí reflexionó más en las ventas que en la cultura contemporánea. Tampoco tuvieron oportunidad de expresarse los colectivos menos cercanos al mercado y los discursos poscoloniales que definen gran parte del arte emergente contemporáneo. La representación latina fue escasa, aunque la buena noticia sigue siendo la integración de sus artistas al principal escenario del arte. Una rápida inspección a los casi 2.000 artistas de The Armory Show nos mostró que unos 100 artistas latinos (5%) estaban distribuidos entre muchas galerías; quizás por eso fue difícil encontrar los ribetes críticos que presenta tanto arte latino.

The Armory Show
La sede principal se unificó sobre un embarcadero del río Hudson, y fue la más publicitada, con grandes multitudes y filas que ocupaban varias cuadras. Con 52.000 visitantes y un total de ventas que superó los US$85 millones, hubo una sorprendente cantidad de gente joven que no fue en plan de comprar pero que no tomó la feria simplemente como un lugar para ir a mirar sino como un evento cultural serio.
La feria estuvo dedicada al arte reciente de artistas vivos, distribuidos en cerca de 150 galerías de 38 ciudades internacionales y 22 países; otras 400 galerías que solicitaron un cupo no fueron aceptadas. Casi la mitad de las asistentes provenía de Europa, en su mayoría, de los centros esperados: Berlín, Londres y París. Treinta por ciento eran de la ciudad de Nueva York, y otro 11%, del resto de Estados Unidos, para un total de 41%. Sorprendió el reducido número de artistas latinos representados en las 12 galerías de Los Ángeles. Sólo la galería Enrique Guerrero, de Ciudad de México, estuvo dedicada al arte latinoamericano.

La mayoría de las obras se caracterizó por “verse muy bien allí”, lo que significa que continuaron los artistas famosos y las tendencias reconocidas. Las grandes cantidades de fotografías exaltaron las modalidades tradicionales de retrato, paisaje y ficción, con menos fantasía y más sabor. Los pequeños mundos de fantasía parecieron cambiar del escapismo a las advertencias.
El arte formal, que nunca muere, está retornando, aunque mediante la abstracción, con la naturaleza y la ciencia, y, quizás, los gustos del mercado del arte como fuentes. Prefiero cuando hay un juego autorreflexivo. La Galería Gering & López montó una caja de luz verde de Leo Villareal frente a una pintura en acrílico de un campo verde del español José María Yturralde, que exploraron de una manera muy hábil los asuntos modernistas de estética, absorción y espiritualidad.
Los muchos artistas individuales que estuvieron representados trabajaron mejor la instalación. Las 120 cajas de falos de fibra rellenos y cubiertos de lunares, Repeticiones, a cargo de Yayoi Kusama crearon una pared de miradas y burlas en Robert Miller Gallery. Literalmente aparcado al frente estaba el objeto más sensacional, el que más comentarios provocó, desde el punto de vista técnico. Se trataba de un enorme camión de la basura de 25 toneladas, de Nueva York, cubierto de espejos templados instalados a mano, de Mierle Laderman Ukeles. El título, Social Mirror (Ronald Feldman Fine Arts), decía que los trabajadores del aseo, así como la artista, estaban disponibles para conversar.
La obra Práctica, de Enrique Jezik (Galería Enrique Guerrero), compuesta por diez siluetas de tamaño natural para práctica de tiro al blanco pintadas en negro sobre madera blanca, cada una atravesada por cinco disparos, logró su objetivo. Otro especialista del descontento social, Pablo Helguera, presentó en la misma galería collages de muestra de su Suite Panamericana, que les hablaban a las realidades de la vida que nos rodea, y que pertenecen a la no ficción, como pequeñas postales brain-bomb. Las figuras de tamaño natural del artista holandés Folkert de Jong, la marcha de la muerte (James Cohan Gallery), que utilizaron los rostros de la histórica libertad estadounidense —Abraham Lincoln y Benjamin Franklin—, cojeaban bajo el peso de una carga indiscutiblemente contemporánea y falta de heroísmo, como ogros heridos hechos en expresionistas colores de confitería.

The Art Show
(Organizada por The Art Dealers Association of America)
El mercado del buen arte se hizo palpable en sus 70 galerías, donde se encontraba desde impresionismo estadounidense de finales del siglo XIX hasta una exposición individual de Anish Kapoor (Gladstone Gallery), y nuevas obras de Kara Walker (Sikkema Jenkins), pasando por las primeras obras del modernismo europeo. Pasillos más amplios, menos gente y tanto silencio que uno podía escuchar a los marchantes que hablaban por sus celulares.
Como ocurrió con The Armory Show, las numerosas exposiciones individuales (entre 13 y 16) fueron un nuevo desarrollo, a menudo con resultados espectaculares, como fue el caso de las enormes y escandalosamente fluidas y escalonadas pinturas del taiwanés residente en Londres Suling Wang (Lehmann Maupin) y los grandes gestos abstractos de papel blanco sobre negro de Sigmar Polke (2006) (Michael Werner). Sea que las obras de Wang reflejan en verdad destructivas fuerzas sociales en juego o que, de hecho, Polke ya no sea relevante, lo dejo a elección del espectador, pero eran prueba fehaciente del regreso de la belleza y el esplendor. De la misma calidad, el bronce dorado de siete pies de alto, Diana, (1886), del escultor irlandés-estadounidense Augustus St. Gaudens (1848-1907) colocado en frente de Conner-Rosenkrantz, ofrecía un hermoso contrapunto a Mr. Pointy (nueve pies) de Takashi Murakami (Greenberg Van Doren).

Las exposiciones temáticas también prevalecieron. Lillian Heidenberg montó un conjunto de pinturas y fotografías chinas contemporáneas. Mary Anne Martin Fine Arts fue casi el único lugar donde podía encontrarse arte latino del corte modernista y clásico: dibujos de Wifredo Lam, una hermosa pintura de Tamayo, una acuarela de Kahlo, obras de Siqueiros, y seis Riveras, uno de los cuales cabe resaltar. Suburbios de París (Draveil), 1918, demostraba un giro hacia Cézanne, pero Rivera convirtió las lecciones de transparencias que el francés dio en sus acuarelas, en planos de óleo muy coloridos. Las piezas de vidrio fundidas en moldes de arena, de la panameña Isabel de Obaldía (nacida en 1957) eran demasiado románticas para mi gusto personal, pero fueron apreciadas por muchos dada la fusión de color expresivo y poder espiritual.

LA Art Fair
La feria se centró en la comunidad de artistas consagrados y emergentes de Los Ángeles. Se hicieron presentes varios, aunque no muchos, de los más reconocidos artistas de la costa occidental, y también tuvimos la oportunidad de estudiar a muchos no tan conocidos. Infortunadamente, una conclusión sería que no hay, o hay muy poco arte latino emergente en esa costa. Afortunadamente, OMR, de Ciudad de México, estuvo presente.
El funk de la costa occidental estaba por todas partes, empezando por la puerta de entrada, donde nos recibió una pared de 25 pies de largo, con dibujos de 15 artistas. Montados por la galería Daniel Weinberg, iban desde los cómics psicosexuales de Robert Crumb hasta las acuarelas abstractas de Alan Saret. No había mucha evidencia de la escuela de pintura de colores abstractos de la costa occidental tan difundida en la década de 1990, pero abundaban los luminosos abstractos de Ed Moses, el antiguo secreto de la costa occidental. Approach (2), de Tony de los Reyes (Carl Berg Gallery), pintada con bistre sobre papel, era un espléndido díptico cuyo romanticismo sobresalía basado en la novela Moby Dick de Melville.

La escuela de la fantasía estaba en todos lados, y se vendió bien, desde la fantasía por placer en la obra de Erin Marie Duna, o transformándose en aterradora destrucción, como en los acrílicos de Nathan Redwood (los dos en Carl Berg). Prefiero cuando lo imaginativo se aplica a las realidades sociales, como cuando las aguadas y la obra en papel de Ruby Osorio (Cherry and Martin Gallery) correlacionan su utilización de medios efímeros con la jornada de liberación por medio de la fantasía femenina. El arte conceptual dejó correr la imaginación, y el marroquí Mounir Fatoni dirigió la mía con su Save Manhattan (Shoshana Wayne). En una mesa apiló libros dedicados al terror y el horror del 9/11, los centró alrededor de dos grandes volúmenes del Corán, y los alumbró de modo que la sombra en la pared presentaba el horizonte de Manhattan con las torres gemelas restauradas.

Torolab (alias de Raúl Cárdenas) presentó Síntesis (OMR), el diagrama de una caja negra cuyos traslapados círculos sobre mapas, con datos impresos, rastreaban las vidas de cinco personas: un estadounidense, un mexicano, un mexicano-estadounidense y dos inmigrantes, mientras viajaron por la frontera entre Estados Unidos y México llevando puestos unos pantalones especiales con sensores, diseñados por el artista. La importancia de la frontera era a la vez real e inexistente y estuve pensando en el escrito de Carola Suárez-Orozco sobre la dificultad de concebir la identidad en un mundo globalizado. Rafael Lozano-Hemmer mostró una perspectiva diferente con Extremity (OMR) empleando una pantalla de software interactivo que tenía pequeñas imágenes (de menos de una pulgada cuadrada) de gente que señalaba hacia los espectadores, organizada en filas de 20 por 40, para un total de 800 personas. Cuando uno pasaba frente a la pantalla, la cámara de vigilancia empleaba la forma y la posición del cuerpo para destacar a ciertas personas mientras que otras permanecían en la oscuridad, lo cual nos hacía reflexionar sobre nuestros movimientos y nuestras relaciones con el mundo.

Scope
Autopublicitado como un evento alternativo para artistas emergentes, Scope ha organizado 17 ferias desde su comienzo en 2002. Allí, 65 galerías de 20 países se reunieron bajo una carpa de 25 pies cuadrados, detrás del Lincoln Center. Grandes cantidades de fotografías, pinturas y dibujos figurativos y narrativos —que con frecuencia variaban su temática de las fugas fantásticas de años pasados a misteriosas o agoreras escenas, que fluctuaban entre la expresión libre y la interpretación rigurosa, a menudo combinadas en una sola obra—, y la influencia de la cultura mediática predominaron allí. Sin embargo, unos pocos eran diferentes. Este año, los biodibujos de El Soca (alias de Adrián Soca Beltrán) (en Magnan Emrich) emplearon alas de cucaracha para aumentar su fragilidad, y Eduardo Kac (Ashley Gallery, Filadelfia), más conocido por su verde y luminoso conejo conceptual, tenía un video y dibujos que usaban los ritmos y abstracciones de la naturaleza para crear forma.

Culture on the Verge y Cinema Scope aumentaron en gran medida la variedad de arte al presentar numerosos proyectos especiales, bandas, performances y proyecciones. Muy refrescante, fue el énfasis en las acciones y la interactividad que involucraba al público y se desarrollaban dentro de la feria. El favorito de todos fue el artista del performance británico Mark McGowan (Charlie Smith, Londres), que se vistió como George Bush para, literalmente, gatear por las calles de Nueva York durante 72 horas, con un letrero pegado al trasero, en el que decía "Patéame el trasero", como parte de una participación terapéutica. Lee Wells recopiló 1000 videos realizados por más de 600 artistas de 60 países para que los espectadores pudieran votar con el fin de decidir qué obras tendrían un preestreno en la feria de arte. (www.perpetualartmachine.com).

Sólo unas pocas galerías se especializaron en artistas latinos. Léo Bahia (Brasil) asistió por segunda vez, debido a que considera que la energía de Nueva York es única, y reportó buenas ventas; cambiaba las obras expuestas a diario. Por el contrario, Antoinette de Stigter, de Art Affairs (Ámsterdam), se negó a llevar objetos vendibles y resolvió más bien presentar obras dedicadas al tema más apremiante de nuestra época, la guerra y la paz. La mitad de su stand estuvo reservada para Mary Younakof con su instalación de una zona de acceso a la guerra. Magdalena Fernández (Venezuela) y Tomás Rivas (Chile), que recibió el premio Scope al artista emergente en Scope Miami 2006, expusieron con Douz y Mille. Los dos videos de Fernández prosiguieron con sus recientes extensiones de la planicie lineal modernista bidimensional y la pintura geométrica a lo tridimensional, pero ahora puestos en tiempo y movimiento y enfrentados a la naturaleza. Los crudos planos de 1pm006 ‘Ara Ararauna’ cambiaban de color y movimiento con relación al grito y los colores de la guacamaya amazónica “Ara Ararauna”. Rivas talló en madera prensada imágenes de arquitectura clásica tomadas de las superficies del papel, con el fin de contrarrestar el peso de su pasado colonial con una fragilidad transitoria que literal y metafóricamente colgaba allí en un equilibrio de presente y pasado. Rody Douzoglou, fundadora de esta galería conceptual, fue previsora al fusionar las consecuencias del mundo físico y el digital. Su galería no existe como espacio físico sino en el momento en que ella la implementa, en exposiciones ocasionales temporales que ella monta, y en las ferias de arte. ¡Difícil acto de equilibrio! ¿Onda futurista?

Pulse
The Pulse Art Fair, en su segundo año, trató de cumplir su promesa: “estrechar la brecha entre las ferias de arte famosas y las alternativas”: con sus 63 galerías de 15 países. Baró Cruz, de São Paulo, fue la única representación de Sudamérica; sin embargo, los artistas latinos y españoles también estaban integrados allí. Isidro Blanco, el fotógrafo con estudios de arquitectura, que lacera y monta fotografías divididas sobre marcos de madera irregulares, se vio en dos galerías vecinas, con Vía subterránea con explosión (en DCKT Contemporary, de Nueva York) y Edificio lateral con explosión (en Galería Fúcares, Madrid). Su extravagante obra se quedó en mi mente como una metáfora de la feria; tenía más cosas extrañas que las otras. Allí fue donde se reunieron los estudiantes de arte.
Rafael Lozano-Hemmer, que representará a México en la Bienal de Venecia de 2007, mostró (en Bitforms, de Nueva York) documentación de su instalación a gran escala de arte público interactivo de Yamaguchi, Japón, SuspensiónAmodal, en la que la gente empleó el sitio web para enviar mensajes de texto que fueron desviados mediante 20 reflectores, convirtiendo así el cielo en un gigantesco conmutador.

Me enamoré de la serie de videos de Hung Chih Peng titulada Monje canino (Virgil de Voldere Gallery, Nueva York). Aplicó alimento para perros sobre una pared para formar escritos sagrados tomados de libros religiosos y grabó a un perro lamiéndolos para borrarlos, pero al retroceder el video parece que el perro escribiera las verdades religiosas. La palabra dog (perro) leída al revés es god (dios). Cuando el artista las combina en traducción, por ejemplo, la Biblia cristiana en árabe, con traducciones subtituladas, uno se ve inducido a compartir verdades simples sobre similitudes religiosas y culturales.

DiVA
La feria de video digital (DiVA) era pequeña y sobria, aunque colocaron los contenedores en las calles de Nueva York para mostrar videos experimentales lejos de los cuartos de hotel que habían convertido en galerías. La mayoría llevó videos cortos, de 2 a 7 minutos, pero a menudo había mucha menos información de la necesaria. Infortunadamente, no se puede decir que hubo una amplia variedad, aunque había una gran cantidad de video incorporado a otros objetos, como video escultura híbrida. En particular, me gustó la obra del belga Hans op de Beeck (Ronmandos Gallery, Rotterdam). Su obra Los asistentes tienen una fiesta presentaba a miembros de una familia que caminaban lentamente hasta reunirse en un ambiente tan blanco como el de una clínica, se ponían sombreros de fiesta, llevaban globos en las manos y luego salían lentamente. Allí se revelaban los extraños momentos de la vida normativa, que se hacían visibles en contraposición al ambiente estéril. Mi voto por la videógrafa más emprendedora es para la libanesa Yasmine Chatila, que subarrendó la parte trasera de uno de los salones para mostrar su propia obra (www.Yasminechatila.com). Momentos robados eran reconstrucciones, acompañadas de sonido, de los casi dos años que pasó observando a la gente de Nueva York a través de sus ventanas sin cortinas. Ella, la mirona, nos llevó hacia la zona prohibida, pero que ahora fue abierta por la gente que, en forma deliberada, vive su vida en frente de sus ventanas abiertas. ¿La inspiración obvia? La ventana indiscreta, de Hitchcock.

La nueva feria, Red Dot, estaba llena de objetos conservadores en su mayoría, expuestos en habitaciones de hotel. No encontré casi nada que me interesara, pero la muchedumbre fue tan tremenda como espantosa, lo que significa que la feria fue abrumada por el éxito y tiene que cambiar de lugar para permitir el ingreso de más gente. También en esos humildes alrededores comenzó en 1999 The Armory Show.
RICHARD LESLIE
Historiador, crítico de arte y curador.

