Una de las características sobresalientes del arte contemporáneo está en su versatilidad para el uso de recursos, al punto que elementos inmateriales se vuelven herramientas válidas en la investigación de diversos artistas. La exposición curada por José I. Roca constituye un excelente ejemplo de cómo operan tales posibilidades.

El punto de arranque de la investigación curatorial nos remite a 1799, año en el que coincide el fin de la compleja década revolucionaria en Francia con la presentación de un espectáculo que sorprendió a París. El físico belga Etienne Gaspar Robertson logró conmocionar al público parisino presentando unas inquietantes y siniestras imágenes, en las que el autor mezclaba los avances logrados con la linterna mágica y los efectos sonoros, olfativos y teatrales. Su intención era mostrar los adelantos hechos por la óptica y sus posibilidades para engañar al ojo humano, provocando terror y sorpresa en el espectador. No es extraño que este tipo de espectáculos que tanto éxito tuvieron en París y Londres sean vistos como la “prehistoria del cine”.

Fantasmagoría, espectros de ausencia reúne a doce artistas que en sus respectivas instalaciones proponen una reflexión sobre la idea de pérdida, desaparición y muerte. Pese a lo sombría que puede resultar la propuesta, logran despertar en el espectador sentimientos que van de la angustia, a la ironía, e incluso a lo festivo. Como sostiene Roca: “Las obras pretenden que el espectador mire más allá de la apariencia de las cosas y penetre en los aspectos más complejos de sus reflexiones sobre la muerte y la desaparición, implicando al visitante por medio de desplazamientos perceptivos, involucramiento corporal o puro engaño visual”1.

Hay en la exposición dos líneas dominantes en lo que al uso de materiales se refiere. Un grupo de artistas experimenta con aliento, vapor, humo, aprovechando el carácter efímero y transitorio que estos elementos tienen, soportes inestables que aparecen y desaparecen potenciando la reflexión en torno a la ausencia, la pérdida, lo inexorable.
En esta línea de indagación se ubica Óscar Muñoz, quien con Aliento, hace que sea el espectador el que tiene la posibilidad de dar unos instantes de visibilidad a la figura ausente. Teresa Margolles en Aire, usa el vapor que producen los humidificadores instalados en la sala para representar en ese hilo de humo que se escapa el ¿alma? de tantos ausentes. Jeppe Hein, con su Barca humeante, le apuesta también al humo, y este volátil elemento envuelve al espectador, que ve su figura desaparecer frente a un espejo.

Otro elemento, el agua, es protagónico en la obra de Michel Delacroix, Lisette, Ferdinand, Saverio, Edward. Sus espejos cubiertos con una delgada capa de ese líquido impiden ver rostros, sólo se descubren formas distorsionadas, apariciones que remiten a las teatrales fantasmagorías. El material de soporte de Rosângela Renno le apuesta también a la inmaterialidad y, en este caso, es la cortina de humo de su obra Experiencia de cine la que volatiliza la imagen y enfrenta al espectador con sus propios fantasmas.

Laurent Grosso nos pone frente a una amenazante nube de polvo que desde la pantalla recorre las calles y parece querer absorber a quien la mira, haciéndole sentir que nada puede hacer ante su inexorable marcha.
El referente teatral y precinematográfico al que apelan los artistas presentes en la muestra tiene en el teatro de sombras otra fuente de inspiración, y a partir de recursos básicos como una fuente de luz y una proyección, logran generar su propio mundo de fantasmas. William Kentridge, con su Procesión de sombras, construye una serie de agotados personajes que deambulan por un desolado paisaje sudafricano, sugiriendo huida, desplazamiento, agobio ante la situación. Christian Boltanski deja entrever por una puerta medio abierta La muñeca española, figura que se desplaza lentamente jugando con el engaño de la sombra, que es capaz de sobredimensionar el tamaño original de la figura que proyecta.

Regina Silveira ironiza en torno a la perspectiva y rompe la relación que habitualmente percibimos entre el objeto y la sombra que produce. Mientras que Julie Nord utiliza un criterio similar cuando con Las manos construye un dibujo mural en el que estas productoras de sombras pierden el control sobre las formas que generan y la sombra se vuelve aterradoramente autónoma.

Jim Campbell toma como base un fotograbado del edificio de la Biblioteca de Nueva York, y mediante un sistema electrónico desplaza sobre la imagen estática espectrales e inquietantes sombras. En Coincidencia sostenida Rafael Lozano-Hemmer se vale de recursos electrónicos para que el espectador, al penetrar al espacio intervenido, perciba que su sombra lo precede, rompiendo la relación habitual con nuestra propia sombra.

Apelar al teatro de sombras y a las fantasmagorías que permiten generar la inmaterialidad del aliento, el vapor y el humo, se vuelve para estos doce artistas una posibilidad de indagación que enfrenta al espectador con el silencio de la ausencia, de la finitud de la vida, despertando en nosotros preguntas que trascienden la imagen efímera y nos interrogan en torno a la propia existencia y el inevitable fin.
NOTA
1. José Roca. Fantasmagoría, espectros de ausencia, Guía de estudio 52. Banco de la República, Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, 2007.
IVONNE PINI
Historiadora y crítica de arte. Profesora de la Universidad Nacional de Colombia y Los Andes.

