Exposición Individualjun 2007 - ago 2007· Por Elena Oliveras

Ernesto Deira

Museo Nacional de Bellas Artes

Ernesto Deira (1928-1986), abogado graduado en la Universidad de Buenos Aires y casi autodidacta en pintura, se inició en ésta a los 25 años, encontrando en el expresionismo y en el informalismo la posibilidad de dar cuenta de una visión desgarrada del hombre de hoy.

La extensa exposición retrospectiva que tuvo lugar en el Museo Nacional de Bellas Artes dio cuenta de los momentos más significativos de la carrera de este reconocido artista, desde sus tempranos trabajos de comienzos de la década del 60 hasta los realizados un año antes de su muerte, ocurrida en 1986.

Exposición Individual: Ernesto Deira — imagen 1
Ernesto Deira. Hay que fugarse de la realidad, 1968. Óleo sobre tela. 195 x 130 cm. (76 3/4 x 51 pulgadas).

Apoyada en una rigurosa investigación, la curadora María José Herrera aclara: “Informalismo, nueva figuración, nueva danza, nueva abstracción, nueva música, nuevo diseño... nuevo. La obsesión por lo nuevo en la década del 60 acompañó a una sociedad que veía extenderse sus horizontes económicos y culturales”. Es, precisamente, en esa escena expansiva cultural, signada por un espíritu neovanguardista, que se desarrolló la primera etapa de la obra de Deira.

En 1958 realizó su primera muestra individual en la galería Rubbers. Se puso allí de manifiesto que, como algunos de sus coetáneos, él sintió que en el continente soplaban nuevos vientos que afectaban no sólo al arte sino también a la política y a la sociedad. Se podría concluir, de este modo, que el espíritu de los 60 comienza a sentirse ya a fines de los 50, animado, al menos en parte, por los efectos de la Revolución Cubana.

En 1961 se concreta la histórica muestra Otra figuración en la Galería Peuser, con la participación de Deira, Luis Felipe Noé, Rómulo Macció y Jorge de la Vega. Fue la carta de presentación del grupo luego conocido como Nueva figuración, sin duda uno de los más influyentes en la historia del arte argentino. Lo caracterizaron el anticonformismo, el antiacademicismo, el antialmidonamiento, el desprecio por el “buen gusto” y la pintura “rosa bombón” (Macció). Los identificaba, por otra parte, el rechazo a la hegemonía de la abstracción, que algunos críticos consideraban el punto más alto de libertad del artista. A diferencia de los abstractos, los unía la necesidad de reintroducir la imagen del hombre que, esta vez, iba a ser tratada con la misma libertad de la abstracción. Incorporaron la escritura y el grafismo, como también elementos del expresionismo y del informalismo, valorizando la materia, el chorreado y la mancha. El resultado fue una pintura vigorosa que exhibía no sólo el drama del hombre sino también el de la misma pintura violentada, arrastrada más allá de sus límites.

Como el resto de sus compañeros neofigurativos, Deira no sólo representa; también presenta el acontecer de la misma pintura. Autorreferenciales, sus trabajos muestran materiales y soportes, al tiempo que colocan en el centro al sujeto-artista como individualidad irrepetible. No es casual que en la tapa del catálogo de la muestra, Deira, Macció, de la Vega y Noé, presentada en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1963, se viera una enorme huella digital.

Para dar cuenta de las contradicciones del mundo, Deira va más allá de la palabra y del concepto. Algunos de sus cuadros fueron realizados de espaldas, como a ciegas, para que se plasmara en ellos, directamente, el ser de la acción. Influida por Wittgenstein —un filósofo preocupado por los problemas del lenguaje en relación con las cosas— una de sus series tiene por título En torno al pensamiento A (1964). Se hace referencia allí al pensamiento que precede a las palabras y a los nombres y se revela en una escritura ininteligible que da cuenta del caos anterior al verbo.

Acompañada de un excelente catálogo, la exposición se organiza en siete ejes temáticos: la guerra, el retrato, el dibujo, la neofiguración, la escritura, los 70 y los 80. Recordando la distinción de Michel Seuphor, observamos que en la última etapa de la obra de Deira, la pintura como grito retrocede para dar paso al estilo. Si en un primer momento estalló el vigoroso grito dionisíaco, hacia el final despuntaron un equilibrio apolíneo y, consecuentemente, un esteticismo mayor. Es el que envuelve a los seres fantasmáticos y a los dobles etéreos de sus pinturas cuando sobrevuelan o flotan en el espacio sutilmente modelados por el color.

No obstante la importancia que en la última etapa de Deira tuvo el estilo concebido como equilibrio y construcción, en su conjunto la muestra resalta los méritos de un artista decidido a traspasar los límites del paradigma estético tradicional. Lo ejemplifican a la perfección los Rollos desenrollados (1968) que recubren íntegramente la pared de la sala de exposición, desde el cielo raso hasta el piso. Interesado en lo experimental, Deira fue un pionero del arte de la instalación; en 1967 se atrevió a cubrir totalmente las paredes de la galería Bonino colocando sus cuadros uno al lado de los otros, sin distancia entre ellos, para crear un efecto envolvente, por momentos agobiante, que negaba el ámbito de la sala como sereno espacio de lectura.

Incluido en el catálogo de la muestra Otra figuración, un texto de Deira devela el anticonformismo de sus intenciones neovanguardistas. Allí dice: “Por el nuevo lenguaje. Porque quiero salvarme. Por los límites. Porque digo sí. Porque no sé hacer otra cosa. Porque soy figurante. Porque se me da la gana”.

ELENA OLIVERAS

Ernesto Deira, por Elena Oliveras | artnexus