Dos grandes proyecciones instaladas una frente a la otra, abarcando todo el espacio, nos sumergen en el estruendoso caudal de la violencia de las corrientes de un río. El agua paulatinamente anega nuestra conciencia. Estamos ante la videoinstalación de la artista Clemencia Echeverri, que lleva por título Treno. Canto fúnebre.
Las fuerzas del torrente se arremolinan, crecen en nuestro interior y afloran a la superficie. Voces humanas hacen eco en esta espesura. Se trata de llamados; voces que se desplazan a través de silencios remotos, en la oscuridad de la profundidad de las aguas. Está trabajando en nosotros el poder de una sutil alegoría que nos remite a la guerra, la violencia entre los hombres y el luto. La potencia de la alegoría consiste precisamente en llevarnos a ese estado de inmersión en la corriente, que nos coloca en un lugar reflexivo, aunque no buscado, casi sometido a la expectación, en donde fluyen relaciones involuntarias sobre la desgracia humana en la violencia. Toca el fondo traslúcido que hay detrás del pensamiento, vinculándonos íntimamente a esas fuerzas en contradicción que es un torrente imparable: la guerra.

Clemencia Echeverri me comenta: “la instalación dispone dos orillas, no podemos cruzar, no podemos atravesar al otro lado’; ‘las voces llaman de un lado al otro”. La metáfora es clara, ella alude a la impotencia, a la imposibilidad de cambiar de posición en medio del conflicto, a la experiencia misma de la muerte. Hay más. Ubicarnos en el centro de esa corriente nos coloca adentro, río adentro. Una fuerza viva más que se agrega al curso del río. Somos parte del conflicto, “estamos jugados”.
Si el arte tiene algún atributo, uno quizá sea este poder alegórico de lo sensorial que nos conecta con esos procesos que acuna el llamado inconsciente y con algo allí en donde no sabemos cómo pero conocemos de manera distinta. Conocimiento que nos determina. La expresión de lo incomunicable. Lo simbólico.
Esta es la enorme responsabilidad que está implicada en el quehacer artístico. Hemos visto muchas obras que aluden a la guerra y la violencia, sobre todo a partir de los noventa. Ha sido una verdadera invasión de la imagen violenta del dolor en el mundo mediático global. La mayoría de ellas contribuye, sin saberlo, a alimentar el mito contemporáneo del terror. Ese que viene siendo la justificación de la “guerra justa”, de la “guerra preventiva”, del “estado de excepción” (permanente) en donde todo es posible. Incluso prescindir de los atributos de lo humano. Esta obra, Treno es distinta. Toca el fondo de la condición social de la guerra sin acudir al espectáculo, que anula la capacidad genuinamente comunicativa del lenguaje.
En el panorama de la práctica artística contemporánea esta obra evidencia la posibilidad de poner en escena la violencia y el dolor sin mellar la dignidad del sufrimiento, y sin convertirlos en mercancía simbólica.
MARÍA BELÉN SÁEZ DE IBARRA
