Del 16 al 28 de mayo pasado, el MALBA acogió la gran exhibición Alfredo Volpi. 50 años de pintura, una selección antológica ejemplar, que reunió más de 80 obras de una de las figuras medulares de la modernidad estética brasileña, con curaduría general, realmente experta y erudita, a cargo de Olívio Tavares de Araújo. Cabe destacar que esta primera itinerancia de las piezas del maestro Volpi (Lucca, Italia, 1896 – São Paulo, Brasil, 1988) fue organizada por el Museo de Arte Moderno de São Paulo (MAM-SP), dado que con anterioridad, la muestra fue expuesta en su sede original, del 5 de abril al 5 de julio de 2006, bajo el rótulo Volpi. La Música del Color.

El cuerpo de piezas exhibido, en esta nueva ocasión, se divide en sub-series que arrancan desde la década del 40’, a través de su ciclo temático de oleografías sobre paisajes y marinas de Itanhaém, luego prosigue con las pinturas en témpera dedicadas a una iconografía muy particular de motivos y temas religiosos, de talante naif, como sus cristos, madonnas, niños, jovenzuelas y mujeres pueblerinas. Continúa el conjunto operístico de los caseríos y las célebres fachadas que ya van introduciendo al artista dentro de las coordenadas de una abstracción geométrica, muy sui generis, de su período concreto de los años 50’. Posteriormente, se pudieron apreciar las piezas que contienen sus famosos portales que exhiben coloridas bandeirinhas (banderitas), fechados a finales de la década del 50’, donde este referente icónico sólo es empleado por el artista como una excusa formal, con el objeto de lograr una nueva manera de organizar espacialmente la bidimensionalidad de sus cuadros. De estas construcciones frontales a la fase concretista, con obras singulares, del tipo de Composición en azul (circa mediados de diciembre de 1950) y Composición en rojo (circa finales de diciembre de 1950) el maestro Volpi avanzará a la sintaxis final de sus obras de los años 70’ y 80’. Pero aquí resulta fundamental que la serie de piezas concretas plantean ciertos comportamientos híbridos que no se atienen a las plataformas de expresión tipificadas para la mayoría de los aspectos genéricos que encuadran este tipo de opus, sino más bien, todo lo contrario, tienden a asimilarse a la condición vital e intuitiva segregada por el propio prosopon del artista, con una producción prolífica de variada tipología. En este sentido, el paso por este tipo de operaciones sobre el lenguaje visual, donde la abstracción era puramente irreferencial, constituyó para Volpi, un proceso de ascesis liberadora, como experiencia transitiva. Al acercarse a un núcleo periférico donde la transmisión de la vanguardia concreta y neoconstructiva se halló diversificada y expandida, su praxis artística, luego aparecerá reconvertida en sustancia estética naturalmente espontánea y lírica.
Con gran acierto, Tavares de Araújo, subraya que la obra de Volpi “nace figurativa, se vuelve abstracta, otra vez figurativa, pero pasando a concebir de otro modo la misma figuración”. En este punto es interesante señalar que la poética del artista del Grupo Santa Elena se “lee” bajo la forma de un entramado de signos, con encuadres dilatados en el tiempo, que van suministrando elementos y pautas muy propias y personales a la misma lógica que el artista convierte en “su” sistema de la pintura.
Sus modelos de referencia o paradigmas mixtos provienen de cenáculos, grupos, movimientos, asociaciones entre artistas, creadores e intelectuales de todo tipo. Todos estos aportes implican un fino ensamblaje de experimentaciones poéticas construidas al pie del caballete, en pos del “oficio” del artista, pero siempre con la intención de promover pautas consolidadas de comportamiento independiente y originalísimo. Es muy conocida la frase de Willys de Castro, eminente figura del concretismo vanguardista brasileño cuando sostenía que “Volpi pinta volpis”. Es cierto, pues nunca se asumió como un miembro oficial del Movimiento Concreto Brasileño, si bien participó como artista invitado a las Exposiciones Nacionales de Arte Concreto de São Paulo, en 1956 y de Río de Janeiro, en 1957.
El desideratum de captar, exponer sintetizando elementos del mundo real, por medio de un espacio narrativo, que es también, sincrónico, ha sido una de las grandes concreciones de Alfredo Volpi. Por tal motivo, su paradigma reformulado supera las antinomias, las metodologías influyentes en ese pasaje tan típico que va desde los postulados teóricos a la aplicación sensible de las ideas, tamizadas por su proverbial sensibilidad de la pincelada, casi aterciopelada, como es posible detectar en trabajos como las Composiciones con Banderitas con Ogiva (circa diciembre de 1970). Se trata de cuatro monumentales témperas sobre tela de 136 x 67 cm, en donde los ensayos de monocromías azules, rojas, grises altos y bajos se entremezclan, a modo de mosaicos con colores pregnantes, penetrando desde la vía del color en la conformación de nuevos sentidos para el discurso de la pintura moderna. Aquí abstracción y figuración se disuelven en una relación de tipo cooperativa, que va más allá del simple inventario y descripción sistemática de los códigos a los que acude para operar sobre el lienzo.
Volpi, ha sabido, quizás como ningún otro artista de la modernidad brasileña comprender las diferentes “señales de los tiempos” que le tocó transitar.
CLAUDIA LAUDANNO
