Exposición Individualabr 2007 - jun 2007· Por Argelia Castillo

Vlady

Palacio de Bellas Artes

La muestra titulada Vlady. La sensualidad y la materia presentó el universo plástico del singular creador nacido en Petrogrado, Rusia, en 1920, y afincado en México desde los 21 años de edad hasta su muerte, acaecida en 2005.

A manera de reconocimiento póstumo, esta exposición, la más exhaustiva que se haya realizado sobre la producción vladiana, reunió más de 500 obras de diversos formatos, incluídos pintura, gráfica y dibujo.

La magna retrospectiva, albergada de abril a julio pasados en la casi totalidad de salas del recinto expositivo, dio cabida asimismo a una semblanza de los orígenes del artista, a través de una colección de fotografías, documentos y dibujos, de indudable interés para la aproximación a un legado tan lleno de íntimas reminiscencias.

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Vlady. Instante, 1967. Óleo sobre tela. Colección: Museo de Arte Moderno.

La curaduría, a cargo de Mercedes Iturbe, optó por organizar los trabajos de Vlady no en términos cronológicos, sino en función de los temas y géneros cultivados con mayor insistencia e, incluso, franca obstinación.

Así, en el centenar de autorretratos exhibidos, que datan de los distintos períodos de su vida, se pudo apreciar la gran destreza del autor para construir y reconstruir incesantemente su rostro. Ejercicio que da cuenta de la búsqueda de un registro formal, mediante el óleo, el temple, el lápiz, la tinta y el grabado, capaz de capturar los hallazgos y las incertidumbres de la visión interior abismada en la problemática de la identidad-otredad resultante de su periplo personal: las raíces rusas, el destierro en Kazajstán, el exilio europeo y el puerto de llegada mexicano.

Otra de las importantes consecuciones de Vlady, a juzgar por el logro plástico de los trabajos mostrados, tiene lugar en el ámbito del erotismo, contenido recurrente donde la línea sinuosa y ondulante imprime sensualidad a las formas corporales, pero también donde la fuerza y el frenético dinamismo compositivo aluden a poderosas pulsiones primigenias que el trazo pretende exorcizar.

Este extraordinario dibujante, hijo del escritor Victor Serge, transita de la maestría alcanzada en este medio al de la trasposición pictórica, en viajes de ida y vuelta que evidencian la diversidad de su arte y que refrendan su concepción del acto creativo como vocación, oficio, razón para vivir y destino.

De este modo, en la serie de pinturas alojadas por la Sala Nacional bajo el rubro “Obsesiones y materia” fue posible constatar la pasión y la libertad características de los enormes lienzos vladianos, vertebrados por la incansable persecución de la luz y el movimiento.

Se trata de un derrotero artístico solitario, que lo llevó a romper, primero, con los postulados nacionalistas de la Escuela Mexicana de Pintura y, luego, con las vanguardias y posvanguardias del arte moderno internacional, despreocupadas en su opinión por el rigor en cuanto al dominio de la técnica y el saber pictóricos.

De ahí que en las obras expuestas haya sido palpable la interrogación constante formulada por Vlady a la materia que, más allá de servil soporte o instrumento, le va confiando sus secretos -la preparación con témpera de la tela, la elaboración de los pigmentos y, en especial, la aportación veneciana de inserción de veladuras—, con el objeto de dotar de brillo y transparencia sensibles y perdurables a las formas inscritas en el juego de las relaciones plásticas.

Esta convicción de la preeminencia de la pintura en sí misma se traduce en una lógica cromática que desvanece progresivamente la representación de la realidad (Mecanismo carcelario, 1958-1959; El subyacente, 1960-1961; La piel de los amantes chinos, 1967), pero que nunca desemboca en la absoluta abstracción, ni siquiera en sus lirismos paisajísticos.

Además, la estilística figurativa reaparece en relación con otras temáticas contempladas por el discurso curatorial: la interpretación de los grandes maestros (Las meninas caribeñas, 1979), el retrato (Tatic, 1995-2000) y los mitos y arquetipos (San Jerónimo o Zaratustra, 2003).

Con todo, la disidencia política de este disidente plástico no se transmuta en afán narrativo, sino en indicios metafóricos de significación universal, en los tres momentos más relevantes de su producción.

Primero, el conformado por la obra que presidió la muestra, el Tríptico trotskiano (Magiografía bolchevique, La casa y El instante), 1967, donde las configuraciones envueltas por la luz y el movimiento vertiginoso remiten a la dimensión heroica del legendario protagonista, pero también al sentido vulnerable, fugaz y trágico de la condición humana.

Segundo, la reflexión pictórica sobre la crueldad y la brutalidad plasmadas en Violencias fraternas, 1993-1994, y El uno no camina sin el otro, 1994, a través de un lenguaje con innegables vestigios expresionistas y de raigambre goyesca.

Y, tercero, La inocencia terrorista, 1982, panel perteneciente al extenso mural de la Biblioteca Lerdo de Tejada, donde la víctima anónima de cualesquiera totalitarismos asciende vibrando en la luz emanada por el color, caro sueño alquímico de Vlady, quien se propuso refundar la pintura.

ARGELIA CASTILLO

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