En la remozada Galería La Cuadra, Caracas, se presentó la exposición Obras recientes de Sigfredo Chacón, conformada por 13 piezas en acrílico sobre tela. El conjunto permitió apreciar las realizaciones del artista en los dos últimos años. En esta exposición muestra una continuidad en su indagatoria artística comprometida siempre con una idea de la pintura abiertamente diferenciada de las categorizaciones tradicionales.

La trayectoria de Chacón da cuenta, más allá de su imprescindible trabajo de diseño, de un hacer la pintura que se revela esencialmente como tal: pintura. Vale decir, recurso expresivo despojado de valoraciones emocionales y subjetivas. Oficio en el cual el creador asiste, como en una especie de acto ritual ancestral y eterno, a la revelación única de la forma sobre el soporte, generalmente un lienzo que no ha recibido antes del empaste cromático ningún tratamiento especial. Noción de hacer arte que, en términos amplios, responde a lo planteado a mediados de los años cincuenta por Clement Greenberg, según el cual “en la pintura se debería descartar todo excepto los límites del soporte, las propiedades del pigmento y el carácter bidimensional”; y son éstos, precisamente, los valores plásticos que Chacón sanciona como fundamentales en su trabajo. La preeminencia del plano dada por la regularidad, generalmente un cuadrado, enfatiza la bidimensionalidad, y una paleta restringida al negro/blanco y la escala tonal, a la que agrega, en ocasiones, primarios completa su repertorio de herramientas.
Pero Chacón no sólo se ha comprometido con la pintura como oficio en el que cuentan sus componentes formales, sino que también lo ha hecho con la abstracción como lenguaje que disocia el hecho pictórico de los contenidos dramáticos y emocionales de la figura. Desde esta perspectiva, Chacón puede considerarse como un militante activo del lenguaje más radical de la visualidad, al tiempo que lo explora desde distintas vertientes: una orientada por el rigor, equilibrio y racionalismo de la geometría, y la otra signada por la libertad y la expresividad, que no depende del gesto sino que deviene de la propia materia, en un acto de despersonalización que sitúa su trabajo en los límites del arte conceptual. En las primeras, Serie Kakuro, la retícula se constituye en el principio ordenador de la forma, es la trama que regula la presencia de la materia cromática, es el modelo generador de un espacio que no se evidencia pero que, se sugiere, se anuncia, al tiempo que se niega su utilidad en un medio que proclama sin ambages el dominio de la bidimensionalidad. En esos precisos espacios, delimitados por el encuentro de horizontales y verticales, el negro se contiene, permanece inalterable, pero es un cúmulo de energía contenida que “lucha” por liberarse. En otros casos, Trafic painting (Pinturatráfico 1 y 3), la retícula se disipa, se extiende para convertirse en una regularidad lineal que ha dejado atrás la inflexible postura ortogonal para dar espacio a la dinámica de una angularidad mayor, intención que “desborda” el formato de la obra.
Contraviniendo la regularidad de la geometría, una informalidad no declarada se muestra en la otra vertiente de sus propuestas, oponiendo su libertad a la intencionalidad del creador, a lo preestablecido por él como referencias fundamentales; pero aquélla es el resultado de un acto más bien aleatorio, espontáneo. Igualmente, lo orienta y regula el artista pero su forma no depende de él, está sujeta al “accionar” de la materia, a su fluidez o pastosidad, a su cromatismo. En Finished, por ejemplo, los densos “chorreados” que desde la parte superior conforman una suerte de cortinaje teatral se ordenan conforme a una estructura vertical de columnas que compartimentan la superficie de la obra. De esta manera resulta una informalidad controlada, administrada en su desempeño descendente, a fin de garantizar el resultado que el artista espera pero que de ninguna manera puede anticipar. En Reinhardt, obra que podría entenderse como un homenaje al artista norteamericano, por las bandas rectangulares y el uso de valores dentro del negro que cae sobre el crudo del soporte, se “descubre”, sólo después de observarla con detenimiento, que existen fronteras en la espesa capa de pintura oscura que domina la parte superior. En otros casos, como Unfinished, el negro es invadido por un amarillo intenso, relación que propicia una fuerte vibración cromática a partir de los antagonismos.
En el contexto de la “interminable” controversia en que ha convertido la modernidad el tema de la pintura, y en paralelo con los lenguajes contemporáneos de la plástica, se percibe que la obra de Sigfredo Chacón, a pesar de lo significativo de sus planteamientos, no ha tenido la amplia difusión que ciertamente merece. Sin embargo, su propuesta está allí, ha sido consecuente y persistente, se suma a los tantos e importantes aportes que los creadores venezolanos han hecho al arte del siglo XX.
FREDDY CARREÑO
