Exposición Individualabr 2007 - jun 2007· Por Claudia Laudanno

Rosana Palazyan

Galería Leme

Para Rosana Palazyan (Río de Janeiro, 1963) la obra de arte contemporánea se halla siempre inmersa en una relación provisional y efímera con el tiempo. En su recorrido artístico de la última década, se puede identificar la presencia de un canon, pero nunca es el mismo, dado que varía de acuerdo con las «situaciones» que ella genera, las mismas están regidas por una dominante que atraviesa toda su poética espacial, performativa e instalatoria: la apuesta por un valor estético que sobrepase el tiempo, sobre todo, que se ubique más allá del presente. Entonces, canon y deconstrucción aparecen como los dos ejes fundamentales de su prolífica carrera.

Exposición Individual: Rosana Palazyan — imagen 1
Rosana Palazyan. No lugar do Outro (En el lugar de otro), 2005-2006. Arte público y proyecto de instalación. Bordado sobre tela. 10 piezas. 12 x 21 cm (4 3/4 x 8 3/5 pulgadas cada una).

En tal sentido, la artista es muy consciente de que vivimos en una postcultura. Por otra parte, sabido es que el narcisismo del presente ya fue una crítica previsora de Nietzsche. De tal suerte que, con su reciente individual, la artista nos demuestra que tanto el arte como la cultura se hallan en una situación de extrema fragilidad. La interacción con el público y su cooperación interpretativa, desde diversos umbrales de empatía, resultan decisivas en esta exposición. En ella, la experimentación es reflejo constante de la perplejidad, que busca incansablemente un horizonte de recepción o acogida, en el cual las “intervenciones” acontezcan “entre” nosotros, es decir, en un entramado reticular expansivo, que englobe a los sujetos, los objetos y el mundo circundante. ¿Qué significa para Palazyan encontrar esa “pequeña brecha”, por la cual circula la identificación de “otro” y luego la comprensión de sus trabajos procesales de carácter site specific? Significa, ante todo, transformar la experiencia artística en experiencia estética, ética y antropológica, en una versión más radical del giro lingüístico del pensamiento contemporáneo, para señalarnos que “los hechos o eventos ya son lenguaje”.

Si los hechos mismos, o aquellos que los sentidos nos indican como tales, están mediados por el lenguaje, todo resulta infinitamente interpretable. En esta coyuntura, para Palazyan, la verdad, la certeza, pertenecen de lleno al ámbito del lenguaje y no al de los meros acontecimientos o espacios, de los cuales se “apropia” y modifica transitoriamente. Ello implica la conciencia crítica de la presencia cada vez más notoria del colosal proceso de pérdida de sentido, que ha conducido a la destrucción de todas las historias, referencias y finalidades unívocas.

Los eventos y performances de Palazyan poseen un guión o argumento previo, también modificable, haciendo que participen varias personas, sin que en ellas haya distinción entre autores, intérpretes y público. Esto encaja con una idea compartida por Rauschenberg y Cage: la de realizar obras y actos sin atribuir demasiada importancia a la firma o huella autográfica del artista. Al salvar el escollo de la autoría, Palazyan se permite trabajar con la colaboración de una masa heterogénea y anónima de “agentes preformativos”, para dar cuerpo a una plataforma mínima y delicada, desde la cual convocar a los “otros”, con el fin de no sólo de “experimentar con”, sino para analizar, catalogar, testear y codificar las acciones y comportamientos de los demás, puestos, efímeramente, en “situación de obra colectiva”.

En dicho tipo de opus, el espectáculo lo configuran la experimentación corporal y el tránsito del sujeto, del mismo modo que su intercambio simbiótico con los objetos textiles “informes” (formless), que la artista distribuyó en las paredes del recinto expositivo, en total, 250 capullos, que contienen cada uno de los nombres de las personas participantes. Mientras que, en el piso de cemento, 12 plantas fueron colocadas en 12 puntos bien definidos, las cuales han tenido que ser repuestas y regadas diariamente. Como sugiere Palazyan, “las plantas dañinas no poseen un uso de belleza, éstas son obras donde hallamos otro tipo de belleza, sin valor comercial». Tanto los muros, como el piso de la sala central se convirtieron durante un mes, en una suerte de jardín secreto, donde lo orgánico y lo postorgánico afloraban de las entrañas mismas de la galería. Obra efímera, metamórfica, de turbadora belleza, que conjuga elementos de gran creatividad, junto a indicadores de desasosiego.

Pero también vale acotar que en el planeta Palazyan la obra de arte como idea, concepto, independientemente de su formalización final, conforma la estructura de su lenguaje plástico.

Con este desbordamiento “manierista” de los lenguajes del arte, que implica la mezcla del arte procesual, el arte comportamentístico, el body art, la performance, el situacionismo, la sociología del objeto, y un viraje muy particular de la estela del land art, surge un modo de vivencia estética, interesada en crear arte con exigua fisicalidad, si bien Palazyan se vale de la acción de los cuerpos de los otros, en un esfuerzo y deseo de “idioma” que, como obra, se consuma furtivamente en el flujo transaccional del tiempo. Quedan como testimonios el video documental de la acción y las obras materialmente sutiles, extraídas de los capullos, realizadas en organza de un blanco inmaculado, donde la artista primorosamente bordó las líneas de las manos de cada “actor anónimo” al que convocó. De esta sencilla manera, se coloca en un primer plano el poder turbador de una belleza encapsulada en objetos aparentemente vacíos por dentro, pero que existen como formas plurales de identidad. Esta objetualidad artesanal corresponde a una nueva categoría tridimensional que flirtea con el recuerdo de una utilidad burlada, con el principio de transparencia y la sordidez de la cotidianidad.

CLAUDIA LAUDANNO

Rosana Palazyan, por Claudia Laudanno | artnexus