Exposición Individualabr 2007 - jun 2007· Por Joel Weinstein

Milton Rosa-Ortiz

Museo de Arte de Puerto Rico

Para los artistas contemporáneos de Puerto Rico, éste no es el momento para el objeto bien hecho. Es el tiempo del concepto, la actividad grupal, el performance. Las intervenciones públicas están en boga, en especial entre los artistas del graffiti, para quienes la idea de transgresión es poco severa e incluso un tipo de marca. La belleza reina entre algunos de los veteranos —nos vienen a la mente las obras recientes de Luis Hernández Cruz y Antonio Martorell— pero eso no es lo mismo que arte, como nos lo recuerdan los espléndidos grabados ferozmente políticos realizados por Martorell a finales de la década de 1960, Las Barajas Alacrán, expuestos en la actualidad en el Museo de Arte de Ponce.

Exposición Individual: Milton Rosa-Ortiz — imagen 1
Milton Rosa Ortiz. “Al que nace pa’ martillo...” [Del cielo le caen los clavos], 2006. Clavos, hilo de pescar y estructura de soporte. 48 x 32 x 21 cm. (18 3/4 x 12 1/2 x 8 1/4 pulgadas).

Entonces, para ver una determinada exposición de iniciativa formal, obras meticulosamente hechas de poco más que aire, luz, y un puñado de desechables cotidianos suspendidos de filamentos de nylon: clavos, canicas, paquetes de azúcar, monedas de cinco, diez y veinticinco centavos, es en sí un gesto sorprendente en este tiempo tan flojo. Marysol Nieves invitó al artista neoyorquino Milton Rosa-Ortiz a exponer algo de su obra más reciente en el Museo de Arte de Puerto Rico, como su acto final en la institución: Nieves regresó a Nueva York el otoño pasado después de haber sido la curadora de arte contemporáneo del MAPR durante casi un año, con lo cual el museo retorna a su acostumbrado vacío curatorial. Rosa-Ortiz se hizo presente con ocho esculturas, más livianas que el aire, iluminadas desde abajo, más un suntuoso grabado en quince colores.

Las esculturas cubrían toda la gama, desde lo más figurativo hasta la abstracción sin restricciones, aunque Rosa-Ortiz confunde estas categorías al emplear en todos los casos materiales prácticos, reconocibles de inmediato: desde titilantes fragmentos de vidrio roto hasta monedas y brillantes casquillos de bala hechos de bronce. Esto parece ser parte del enfoque conceptual y formal del artista, mezclar y unir opuestos. La exposición se basaba en una serie de aforismos elididos, coloquialismos tan familiares a los puertorriqueños que basta con decir unas pocas palabras iniciales para que se entienda toda la expresión Según el artista, estas comunicaciones truncadas forman una especie de sabiduría folclórica codificada.

En efecto, para empezar el título de cada obra, Rosa-Ortiz utilizó la primera parte de un aforismo muy conocido y, luego, después de una elipsis, le dio su propia terminación. Es una estrategia un poco extraña, debido a que debilita la trascendencia de la abreviatura de los refranes. Además, no sirve de nada el que las palabras de Rosa-Ortiz sean exactamente las que uno esperaría: “Quien anda mal... [Termina mal]” era uno de los dichos con su propia conclusión; “Huye del peligro... [Y no caerás en él]” era otro. Uno bueno para el artista podría ser: “Donde esperas ironía y sorpresas... [Siempre hay clichés]”.

La excesiva determinación de los títulos de las obras presagiaba un problema similar entre las obras mismas. En algunos casos, el juego de materiales, forma y aparente significado era demasiado obvio. De agua mansa líbrame Dios... [Que de la brava me libro yo] mostraba una pequeña balsa de madera que el artista recogió en las playas de Rincón (Puerto Rico), adonde los refugiados dominicanos a menudo son llevados por la corriente. Más vale maña... [que fuerza] era una ola formada por casquillos de balas de diferentes calibres, la declaración de rigor en contra de la guerra como parte del repertorio de cualquier artista joven de principios del siglo XXI. Una cascada de clavos representaba ¿qué si no?, Al que nace pa’ martillo... [Del cielo le caen los clavos].

Es admirable que estas obras estuvieran calculadas a la perfección y ensambladas rigurosamente: algunas colgaban de un modo más natural que otras, aunque ninguna estaba mal hecha o equivocada en su significado, pero ésta era también su deficiencia. Nada en la vida real es tan pulcro, y un poco del desorden en el que uno encuentra pequeñas cantidades de vidrios rotos, clavos o madera arrojada por la corriente podría añadirle al proyecto de Rosa-Ortiz algo de la resonancia de la experiencia vivida.

Las obras que parecían haber brotado de un impulso más poético, menos narrativo, funcionaban, a pesar del significado del que estaban cargadas. Por ejemplo, Quien anda mal... [termina mal], con sus falsos paquetes de cocaína y sus monedas españolas de la época colonial, no nos decía nada particularmente nuevo sobre los frutos del imperialismo, pero por toda su airosa simplicidad formal, la obra tenía una plenitud y una importancia palpables y recorría una trayectoria perfecta a través de su red de filamentos, como un cometa rojo y dorado que cae por una nebulosa interestelar.

Al que Dios le dio... [San Pedro lo bendiga] retrataba una forma humana en descomposición. O quizás su volátil arreglo de cuentas transparentes y de color jade significara algo opuesto, una incorporación, un nacimiento. Cualesquiera haya sido su intención, Rosa-Ortiz impregnó la obra con la magia de la transformación que ningún argumento o polémica puede transmitir por sí solo.

El lirismo superaba el volumen de la exposición, y el texto a la entrada de la galería, “Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado”, era una afirmación tan sorprendente como todo lo que el artista escribe. También tenía un aspecto celestial; mostraba una confusa masa roja con una cola, rodeada de vectores de luz o calor de múltiples colores, que parecían dardos. Allí, Rosa-Ortiz dominó su fiera concentración y sus numerosos elementos formales de tal modo que el significado de la imagen era absolutamente ambiguo, aunque fascinante. Podría muy bien representar un evento biológico primigenio o una estrella fugaz. La masa de color rojo sangre bullía como un corazón que late por la pasión o el terror, y parecía volar a la velocidad de la luz, aunque suspendida en su oscura cavidad.

JOEL WEINSTEIN

Milton Rosa-Ortiz, por Joel Weinstein | artnexus