Exposición Individualabr 2007 - jun 2007· Por Natalia Gutiérrez

Milena Bonilla

Valenzuela y Klenner Proyectos Contemporáneos

Esto de la cartografía tiene sentido para el arte. Lo tiene, porque reconocemos la urgencia que tenemos de desplegar las peculiaridades del mundo y darles voz. La cartografía es un método con muchas posibilidades. Fue aditiva en un comienzo; al mapa se le añadían dibujos de “nativos”, animales y plantas. Luego se convirtió en un ejercicio francamente propositivo, resultado de una interpretación del mundo.

Svetlana Alpers, una de las historiadoras más importantes del siglo XVII, nos dice que definitivamente los mapas no eran una ventana, a la manera del arte italiano, sino una superficie sobre la que se desplegaba una recomposición del mundo. Así son las cartografías de Milena Bonilla; proponen una descripción del mundo; vuelve a dibujar los límites de los países con otra intención. El mapa del mundo nos lo enseñan quieto, imposible de interpretar, y resulta que hoy está determinado por flujos: el dinero de las multinacionales, el poder político, las zonas de conflicto o los cambios ecológicos del planeta. Cartografiar hoy es asumir una posición política.

Exposición Individual: Milena Bonilla — imagen 1
Milena Bonilla. Variaciones sobre un paisaje homogéneo, 2006. Impresión litográfica (Ed. de 5). 40 x 60 cm. (15 3/4 x 23 1/2 pulgadas).

Aplicar otra pregunta a la manera de pensar convencional es una manera de hacer mundos. Ésta es una de las metodologías de la cartografía que propone la exposición. Qué tal si en Bogotá escogemos nombres de barrios que tienen que ver con el dolor y con el placer, y construimos nuevas rutas. Unas, las dolorosas, de color morado y otras, las placenteras, de “rosadito”: uniremos entonces La Soledad, con Las Cruces, y con Los Mártires, o El Tesorito, con Las Delicias y La Belleza. Construiremos un mapa con las convenciones desplazadas, que sin embargo dejan ver estructuras atávicas. Éstas son las Propuestas para cartografía local: desplazamientos emocionales, que propone Milena Bonilla en la exposición. Otro ejemplo de Cartografía local, esta vez con desplazamientos ambientales, es un mapa con nombres de lugares que se refieren a la “naturaleza-natural”, enfrentados a la segunda naturaleza construida por el hombre. Este mapa, entonces, nos permite recorrer a Bogotá por barrios como El Castillo, La Granja, Techo, nombres que indican un escenario construido por el hombre, en azul, o El Jazmín, Los Laureles y La Pradera, nombres “más naturales”, en verde. Estas cartografías son —y recuerdo a Barthes— una propuesta “pensativa”. Es decir, ponen al espectador a vincular de manera más deseante, dolorosa, campestre o histórica, sus recorridos cotidianos.

No hay que olvidar que las calles de Bogotá se nombraron, desde la Colonia, con los imaginarios de los españoles. Luego, en la modernidad, las calles se numeraron, y desaparecieron los relatos locales. Pero resulta que hay tantas historias que contar, y aparecen cuando se formula una pregunta diferente sobre el mundo. Desplazar, entonces, es cambiar de perspectiva.

Precisamente, aplicar otra perspectiva al mapa “oficial” son las Variaciones sobre un paisaje homogéneo. Se trata de mapas basados en los de Richard Buckminster Fuller, el arquitecto y ambientalista estadounidense. Uno de sus mapas describe los continentes proyectados desde los polos. Milena Bonilla desdobla este mapa y lo convierte en una línea de horizonte con los perímetros de todos los países del mundo unidos entre sí, uno detrás del otro, como un interminable paisaje. Resulta una línea de horizonte con las formas de las costas sobre el mar azul; un mapa sin divisiones políticas, un mapa utópico, que señala únicamente la relación entre la tierra y el mar.

La artista aplicó este método sobre el mapa de América. Como el anterior, los perímetros de los países son una línea accidentada, sobre un plano azul como una noche reciente que conserva todavía anaranjados intensos, invisibles. En esa línea costera sobresale un punto rojo: Bogotá. Ella dice: “El color juega con la idea del paisaje nocturno, como los cerros de Bogotá entre las 6:30 y 7:00 de la noche. Lo que construí es una composición horizontal paisajística con los límites de los 27 países de América, y aparecen en un solo paisaje como si la continuidad no la dieran las fronteras, sino realmente las montañas; los accidentes geográficos”.

Otros mapas: Territorio anónimo, son videos que registran una populosa esquina de Bogotá, donde un personaje quieto hace ver las líneas de movimiento de miles de transeúntes que pasan. Algunos se detienen cerca de este personaje quieto, y el espectador, bogotano al fin, sospecha y piensa si esa detención obedece a alguna transacción “ilegal” –quién lo sabe– (Cartografías pensativas). En Intentos para definir un territorio, Milena Bonilla le pide al visitante de la galería que dibuje el mapa de Colombia. El resultado son mapas de mil formas, algunos parecen armas o palomas, mapas que traducen los imaginarios del país. Esta exposición es sobre la cartografía y sobre los límites que para Milena Bonilla son líneas imaginarias, y como tales pueden estar al servicio de repetir y separar o de dibujar otros territorios.

NATALIA GUTIÉRREZ

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