El grupo de curadores del Museo Nacional realizó una cuidadosa investigación acerca de la historia de los Salones Nacionales que dio lugar a la muestra y al libro Marca registrada Salón Nacional de Artistas, Tradición y Vanguardia, proyecto que contó con el apoyo del Ministerio de Cultura.
Pensar el Salón Nacional es importante porque más allá de sus aciertos y desaciertos, así como de las múltiples críticas que lo han rodeado, el salón ha sido un evento importante y significativo en la vida artística colombiana que, con ocasionales interrupciones, ha mantenido su continuidad durante más de 60 años. Al cumplirse 50 años de existencia de los salones nacionales, Camilo Calderón a través de Colcultura, hoy Ministerio de Cultura, publicó un libro que recopila las obras y los comentarios de prensa relativos a cada versión. Este libro se ha convertido en un documento obligado para quien quiera revisar el arte colombiano. Marca registrada, tiene como referencia este texto y el proyecto está impulsado por la necesidad de recuperar la historia del salón. Como lo dice Cristina Lleras, curadora de las Colecciones del Museo, es preocupante la “falta de memoria del salón”. Es así como este equipo, que tuvo como curadora invitada a Beatriz González, se propuso la tarea de mirar la historia de los salones a través de una reflexión que busca indagar la relación entre el salón y el desarrollo del arte colombiano, sin ignorar la polémica y los problemas que le son inherentes.
Tuve la oportunidad de hacer el recorrido completo de la exposición con uno de los curadores de la muestra y comprendí la envergadura del proyecto; sin embargo, me pregunto si el visitante común podría percibirlo sin una visita guiada que le hiciera recorrer los distintos espacios del museo y asumirlos como una unidad.

La muestra se organizó teniendo en cuenta siete momentos y seis problemas relativos al arte nacional: “Antecedentes del Salón”, que toma en cuenta las exposiciones nacionales realizadas entre 1904 y 1930; “Arte sin revolución” abarcaba el periodo de 1940–1952; “Voluntad de hacer pintura moderna”, 1957-1964; “Todas las tendencias”, 1965-1969; “Espectador de un funeral”, 1965–1981; “Se reanudan los Salones Nacionales: ensayo y error”, 1985–1989; “Subexpuesto”, 1990–2004.
Los “Antecedentes del Salón” se mostraron en el tercer piso del museo, donde se dispusieron obras que hacen parte de la colección del Museo Nacional que hicieron parte de las exposiciones oficiales realizadas en los primeros años del siglo XX, cuando el mundo del arte en Colombia giraba en torno a la escuela de Bellas Artes. El espectador desprevenido tenía que articular esta exhibición con lo que sucedía en la sala principal del primer piso, donde se recogían obras que dan cuenta de más de 60 años de historia.
En la sala principal del primer piso, las obras se dispusieron a la manera de los antiguos salones que, ajenos a la noción moderna de exhibición, cubrían las paredes en su totalidad con las obras expuestas, lo que no permite una fácil visualización de las obras individuales y da una sensación de atiborramiento. Los muros de la sala se encontraban cubiertos con un papel de colgadura que se diseñó con imágenes y artículos de periódico alusivos al Salón Nacional. Estos documentos, como telón de fondo, dejaban ver la eterna polémica que ha generado esta muestra institucional desde su fundación; como se dijo, uno de los aspectos que se tuvo en cuenta dentro de la investigación. Además de las obras, se incluyeron videos testimoniales de críticos y artistas que hacían referencia a los distintos salones. En conjunto, la sala estaba un poco saturada de información que, aunque muy valiosa, resultaba excesiva.

De las seis categorías utilizadas para ordenar esta historia de 60 años, la que resultaba más clara era “Voluntad de hacer pintura moderna”, curada por Carolina Vanegas. Las obras seleccionadas daban cuenta de ese término tan preciso de “voluntad artística” acuñado por Riegl y Worringer, donde se pone de manifiesto una intencionalidad contundente que da lugar a una determinada manera de hacer arte. Era claro, a pesar de la diversidad de las obras seleccionadas, que existía una actitud que tendía a una cierta geometría y una voluntad de síntesis propia del arte moderno, en la obra de maestros como Grau, Ramírez, Widemann y Roda, entre otros. “Todas las tendencias”, como su nombre lo señala, conformaba un conjunto heterogéneo que sólo abarca cuatro años, pero en el que se pone de manifiesto que las voluntades se han hecho plurales, que la directriz moderna se ha roto o se ha bifurcado en múltiples líneas que no permiten ver una dirección predominante. A mi juicio, esta condición se hace aún más explícita en el periodo siguiente, denominado “Espectador de un funeral” que incluye obras muy diversas que el espectador sigue sintiendo como la coexistencia de “todas las tendencias”, pues se presentan obras tan disímiles como un dibujo hiperrealista de Alfredo Guerrero, un autorretrato que mereció una mención en el XV Salón de 1976, junto a una xilografía de Alfonso Quijano alusiva a la violencia, con las cajas de Bernardo Salcedo y la memorable Colombia de Caro, pintura sobre latón, estas últimas producidas con una voluntad más afín.
La reapertura de los salones contó con un capítulo especial que fue subtitulado como ensayo y error. Es interesante lo que anota Beatriz González, acerca de que en esta época “La crítica de arte no cayó en cuenta de las transformaciones que había sufrido el arte en los últimos salones del decenio”. Lo que permitió hablar reiteradamente de la crisis del arte, como lo señala la curadora. En la exposición se volvió a ver una de las memorables cortinas de Óscar Muñoz que no obtuvo premio en el XXX Salón de 1986, así como Bocagrande de Alicia Barney, obra que participó en el XXVIII Salón de 1980.
La última categoría utilizada es “Subexpuesto”, que cubre la década del 90 que se ha convenido en asumir como el afianzamiento del arte contemporáneo en Colombia, y se prolonga hasta 2004. Para la muestra se reconstruyó un fragmento de la obra de María Fernanda Cardoso, Sin título, con la que participó en el XXXIII Salón de 1990 donde obtuvo mención. Esta obra junto a la corona de espinas de Juan Fernando Herrán, los ensamblajes de Pablo Wan Wong y el performance de María Teresa Hincapié, se convierte en un hito del arte de la década. Realmente, es de agradecer que esta muestra nos haya puesto nuevamente en contacto con estas piezas clave del arte colombiano.

En la sala alterna se mostraron vídeos y fotografías y fue la oportunidad de volver a recordar algunas de las obras más memorables de los últimos años, entre ellas In Vitro, de María Elvira Escallón, quien fue premio en el XXXVII salón de 1998, y Una cosa es una cosa, de María Teresa Hincapié, premio en el XXXIII Salón de 1990.
Como un evento paralelo a la muestra se expusieron dos nuevas colecciones de los grabados populares de Álvaro Barrios y de Augusto Rendón, donadas por los artistas. Se trata de obras muy significativas que dan cuenta de dos momentos disímiles pero trascendentales en la historia del arte colombiano: Rendón, uno de los pioneros de la gráfica en Colombia y de lo que se ha llamado “arte comprometido” que marca un capítulo en el arte de los 60-70. Álvaro Barrios, uno de los iniciadores del arte conceptual en Colombia que tiene una mirada emparentada con el arte Pop, referente obligado de los inicios del arte contemporáneo en Colombia.
Sin duda, Marca registrada, se convierte en un hecho importante que contribuye a esa reflexión iniciada por Camilo Calderón hace 16 años acerca de la historia de los salones. El libro recupera obras tan importantes como Aquí no cabe el arte, de Antonio Caro, un trabajo pionero del 72 de gran vigencia hoy, donde el arte se confronta ante las innumerables muertes que desde entonces acontecen en el país. Efectivamente, Marca registrada ha logrado su cometido: reactivar la memoria de los salones y abrir puertas a nuevas miradas.
MARTA RODRÍGUEZ

