Las sorpresas de la MNA de Puerto Rico

Carlos Aponte. La piña está agria, 2006. Juego. Tablero de juego, dados, fichas. 48,2 x 48,2 cm. (19 x 19 pulgadas).

Colectivaabr 2007 - jun 2007· Por Adriana Herrera

Las sorpresas de la MNA de Puerto Rico

Instituto de Cultura Puertorriqueño

La Muestra Nacional de Arte, MNA 2005-2006, organizada por el Instituto de Cultura Puertorriqueño, es un observatorio de la dinámica entre lo global y lo local que influye en el clima de creación de esta isla caribeña, que tuvo un incomparable arte gráfico. Ahora busca renovar esa atmósfera de poderoso influjo.

En esta ocasión, la MNA es más reducida que en 2006: presenta 127 artistas de distintas generaciones y lenguajes. Incluye a los viejos maestros: Rafael Tufino, Domingo García y Rafael Rivera Rosa; a artistas ya internacionalizados: Arnaldo Roche, Rosa Irigoyen, Tony Hambleton; y nuevos colectivos que ofrecen lo que no se encuentra en las mecas de las grandes ferias internacionales: espacios de exploración y pensamiento ajenos al circuito comercial. En Área, Quintín Rivera Toro —creador de obras conceptuales que pervierten signos icónicos a modo de crítica política— convoca diálogos sobre la creación contemporánea. Desto presenta una secuencia alusiva a lo efímero cotidiano —y a la desintegración de los presupuestos en arte— etiquetando como muestra de laboratorio polvo recogido en servilletas. Carlos Reyes, creador del espacio alternativo TagRoom, muestra el video de un performance de una pelea de boxeo contra sí mismo, que es también la alegoría del artista como el perdedor en medio del movimiento global del arte.

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Melvin Martínez. Celebración en la última colonia, 2005-2006. Óleo, pigmento, escarcha y objetos sobre tela. Colección Campolietos.

En el ensayo La Patria, Chaos Theory, and La Muestra Nacional de Arte, Joel Weinstein explica la imposibilidad de organizar una exposición no caótica, pero la selección incluye fuertes propuestas estéticas: los cuadros abstractos que Melvin Martínez fabrica con la escarcha de los festejos populares; las máquinas con que Arnaldo Morales interpreta espacios vitales del ser humano; la instalaciones escultóricas sobre mesas, de Néstor Otero/Annex Burgos; la intervención de Jesús “Bubú” Negrón en la zona fronteriza de Chiapas; la pintura de Rigoberto Quintana, que traslada el universo del Bosco a la historia boricua; los móviles de hierro girantes sobre un gran espejo, de Anaida Hernández; la obra Dos mil doscientos recuerdos al viento, de Yelyn Vivoni, con el mismo número de cuadritos de cerámica atados en alambre, que logran la cualidad de la pintura; Éxodo, de Luis Ivorra, con monociclas soldadas y pinturas; las alusiones autobiográficas sobre el proceso artístico de Ramón Feliciano en su instalación sobre madera con tijeras, cuchillos y brochas; On to Greener Pastures, de Denise Santiago Rodríguez, que yuxtapone un código lingüístico sobre la síntesis de formas; la topografía de La Isla del Encanto repleta de bombillas que aluden a su frenesí, de Rogelio Báez. Hay excelentes trabajos fotográficos: los primeros planos de rostros en tonos saturados y en contraste con arquitecturas o vías urbanas de Rivera Villafañe; la serie de Aaron Salabarrias, con muñecos que parodian a los turistas sobre parajes reales; la limpidez poética de niños que juegan convirtiéndose en “voladores” sobre la playa, de Guillermo Real; y una de las mejores obras por los juegos ficticios de la mirada y el proceso de construcción: Visitantes/Visitors BCN. La foto, como señala Weinstein, es un collage manipulado con un campo de profundidad inventado que “retrata un instante de absoluta verosimilitud”. Impactan las narrativas visuales sobre la violencia como signos de interrogación de lo local en su intersección con el mundo globalizado y/o con la problemática de género: Nemyr Canals; Christopher Rivera, con su xilografía Todos contra todos, así es la vida; Carmen Olmo, con Chicas para cortar, y el menú sobre la estética femenina desplegado en Bandeja, por Inés Aponte. La angustia ante las urbes que devoran el mundo isleño natural o su reivindicación provoca la maqueta de Rabindranat Díaz y la pintura de Javier Martínez.

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Luis Ivorra. Éxodo, 2006. Instalación en cerámica, acero inoxidable y hierro. 154,9 x 60,9 x 111,7 cm. (61 x 24 x 44 pulgadas).

Gracias a la impecable instalación, la MNA refleja el modo en que el artista puertorriqueño integra, consume o transforma modos de creación contemporánea de cara a su realidad sociopolítica. Uno de los maestros del período floreciente del cartel, Antonio Martorell, presenta la instalación en un cuarto de Laberinto letrado que crea una alegoría entre los gigantes de los molinos y los helicópteros de guerra y sus ilusiones bélicas. Hay varias obras de ese arte político —incluso comprometido— que provoca desconfianza cuando elude el espacio de la ambigüedad, tan apreciado en la estética contemporánea; pero que sigue produciéndose en Puerto Rico de modo inconfundible y ligado a la construcción de identidad. Carlos Irizarry, que secuestró tiempo atrás un avión como performance, hace una retrato digital de un activista político asesinado en medio de la simulación de una pared empapelada con periódico. El video de Papo Colo, There is no place like home, está unido desde sus referencias locales a una corriente global de reaparición de lo político en el arte. Invocando símbolos de los colores de los partidos en la isla, hace un ritual frente al Capitolio y sacrifica un cordero —símbolo nacional— que el espectador ve desangrar. Rafael Trelles explora la retórica del poder religioso unido al discurso guerrero, en una eficaz pintura de un cohete con el Sagrado Corazón de Jesús invertido, y el letrero US Airforce.

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Aaron Salabarrías. De la serie Los turistas, 2006. Una del tríptico. Fotografía sobre vinilo. 60,9 x 274,3 cm. (24 x 108 pulgadas).

En Inflatable Head of Columbus, Miguel Luciano se inspira en un hecho del peor realismo mágico de la historia boricua sobre el alcalde de una población que gastó millones trayendo una escultura gigante de Colón que nadie armará. Su proyecto, que terminará en la devolución de la obra de imitación al mar, es mímesis de la realidad nacional y revelación de su incoherencia. En Monopolio, Carlos Aponte incluye cartas de juego con la expresión boricua “la piña está agria”, que da título a la obra, pero desenmascara reglas de sobrevivencia en la isla, y un modelo socioeconómico disfuncional común a otros lugares. Filipo C. Tirado Medina recurre a lo burlesco con los bustos de los personajes icónicos del siglo XX como Castro, el Tío Sam, o el Che, desplegados bajo el título Para poder ser yo, tengo que ser otro, que evoca —y desmonta— la famosa línea de Octavio Paz. Entre los pocos videos presentados, dada una extensa muestra de éstos que precedió a la MNA, destaca el performance de Jorge Rito Cordero, que lleva su cruz a ARCO, donde no ha sido invitado. La carga como un Cristo, hasta que, perseguido por los guardas, la desarma, la vuelve un banco y pone fin al peregrinaje que habla de la exclusión de las grandes ferias que hoy definen lo que es o no arte. Si el coleccionismo fuera más auténtico se dejaría sorprender por una exposición local como MNA, pero la paradoja es que, como en la física cuántica, la avidez de la mirada cambia el comportamiento de lo observado. El deseo es que sea vista sin alcanzar el punto de la distorsión.

ANDRIANA HERRERA

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