Desde sus contundentes esculturas, Juan Carlos Distéfano (Buenos Aires, 1933) expresa sus percepciones e ideas acerca de la violencia en la sociedad argentina. La impresionante muestra, que ocupa los dos espacios de la galería Ruth Benzacar, no se digiere ni se olvida con facilidad, sacude. Como tantas otras veces en la trayectoria del artista, éste aparece ocupándose del dolor y de la injusticia, de los oprimidos y de los opresores. Es que, más allá de la coyuntura política y social a la que parecen aludir, estas obras tienen la virtud de conmover y hacer florecer impensados sentimientos que remiten a situaciones que, de tan presentes en la sociedad actual, ya casi ni se quieren percibir.
Si en el espacio de la entrada se despliegan figuras que se asemejan tanto a asesinos como a sacrificados, en las esculturas dedicadas a la infancia truncada, ubicadas en el segundo subsuelo, resulta difícil distinguir entre víctimas y victimarios. Con rasgos infantiles/juveniles, todos los personajes de esa serie parecen ser víctimas, aun los que están moldeados como para simular la comisión de algún acto horrible.

Lejos de la complacencia y el ornamento, el conjunto de esculturas emplazadas en el primer espacio, junto a algunos dibujos preparatorios, se centra en torno al abuso de poder -de los dictadores, los medios de comunicación, de la religión- que produjo las grandes tragedias de la humanidad, y no sólo la desventura de la Argentina. La escultura La portadora de la palabra aparece como una muda presencia de mujer, instalada cual predicadora en actitud de arrebato místico, abrazando una copia de la Suma Teológica de Tomás de Aquino, que incluye su tratado sobre los ángeles. En su figura lleva incrustados recortes de prensa con fotografías que narran conocidas masacres del siglo XX, mientras sus pies amenazan convertirse en botas, o viceversa, a lo Magritte (Le Modèle Rouge).
Distéfano, que estuvo exiliado en España, sostiene que las imágenes se le imponen. “Yo no las elijo, las imágenes me eligen a mí”. Por gracia recibida es una escultura en pequeño de la propuesta del artista para el Parque de la Memoria, un sitio creado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a orillas del Río de la Plata para conmemorar a los desaparecidos durante la última dictadura militar (1976-1983). Así, Distéfano inicia la serie dedicada a la desaparición forzada de personas. Prepotentes, cinco de las figuras masculinas de Los iluminados son identificables por sus colores con los uniformes militares y policiales de las fuerzas de “seguridad” del país y la sexta pintada de negro, seguramente, representa a un religioso. De rodillas y en posición de recogimiento, el artista las muestra con la cabeza dada vuelta, mirando hacia la dirección contraria de sus cuerpos. La sensación que despiertan estas esculturas es que los representados no se han hecho cargo de sus atrocidades; trayendo al presente el popular dicho: “a dios rogando y con el mazo dando”
Las nueve esculturas de Kinderspelen (juego de niños), emplazadas en el espacio del segundo subsuelo, cortan la respiración. Infancias robadas, citan a Pieter Brueghel (1525?-1569), en quien Distéfano se inspiró para su trágico Juego de niños (dichoso cuadro homónimo del maestro flamenco), y son un homenaje a la memoria de Eliana Molinelli (1943-2004), escultora argentina que realizó piezas escultóricas con armas trocadas por alimentos.
Las piezas de Kinderspelen atraen y abruman, resultan extrañas y familiares al mismo tiempo. No hay que ir demasiado lejos para encontrar las escenas de violación, combate y drogadicción que describen las esculturas; estas acciones se repiten en las calles, plazas y estaciones de trenes de la populosa ciudad. Pero, mientras en el espacio público se apura el paso y se mira para otro lado, en el cubo blanco de la galería no hay escapatoria. Frente a las potentes esculturas de la serie Kinderspelen –conjunto con tres temas, cada uno repetido tres veces en blanco, negro y gris– la desazón crece en el espectador.
Ángeles caídos, las regordetas esculturas de los chicos/adolescentes aparecen con armas de fuego embutidas (provenientes del plan de desarme de la provincia de Mendoza) en sus figuras con rostros de mirada espantada, perdida, feroz. Aparecen como seres que saben que no tienen nada que perder, que se lastiman entre sí y acechan al resto de ¿los espectadores?, ¿de la sociedad?
Sensuales al tacto, las piezas, “amalgama de pintura y escultura”, están realizadas con resina poliéster reforzada con lana de vidrio. Su impecable factura las hace brillar, mientras que las transparencias descubren desamparos y herramientas de destrucción, las sombras se distinguen en toda su magnitud.
VICTORIA VERLICHAK
