Estar ante un detalle cósmico, era la primera impresión que se tenía al entrar en la sala transitoria del Museo Nacional de Bellas Artes, donde estuvo exhibiéndose Historias circulares. Esta exposición de José Manuel Fors, estaba conformada por cinco instalaciones sin título, realizadas especialmente para la muestra.
La primera de las piezas se hallaba dispuesta sobre una pared de cristal, en la antesala de la exposición que dejaba ver el paisaje exterior del edificio del museo. Así, la luz del día, las intensidades del cielo, las nubes o la oscuridad de la noche punteada o no por estrellas, junto a la iluminación citadina, cambiaban el fondo a esta composición. A partir de un centro, se habían dispuesto en yuxtaposición diminutas fotos rectangulares hasta conformar un círculo cuyos límites irregulares hacían recordar la imagen de un cuerpo celeste.

Una pieza un tanto semejante a la anterior, pero de mayor tamaño, parecía expandirse en el interior, al tiempo que nos adentrábamos en la exposición. La instalación era de una belleza sutil, límpida, y pese a que su recepción podía llevarnos a ver una explosión cósmica, una galaxia o una porción del infinito cosmos, no era posible obviar la naturaleza abstracta que alcanzan las instalaciones de Fors. Esa forma que parecía estallar se iniciaba en el centro de la pared mostrando una dilatación circular hasta los límites del suelo y el techo, mientras que, a ambos lados, una decena de lentes de diversos tipos prefiguraban virtualmente una línea.
Hacia un lateral, otra instalación se dibujaba a partir de tres imágenes circulares, cuyos centros estaban marcados por unas lentes pequeñas y sencillas. En el círculo que centraba el conjunto, toda la superficie estaba cubierta de impresiones viradas al sepia documentando la existencia de múltiples objetos; miniaturas solitarias a manera de hallazgos, reiterándose una y otra vez en la misma composición: una cabeza de muñeca, una tijera, un tenedor, un sacacorchos, un caracol, el rostro de un niño, etc. Dos circunferencias completaban esta construcción. El trazo curvo del contorno de las mismas había sido realizado a partir de la superposición escalonada de imágenes fotográficas que jugaban a su ocultamiento, y sólo parcialmente veíamos lo que aparecía en ellas.
Sobre el piso, y desplazado hacia el fondo del salón, un cúmulo de hojarascas trazaba otra circunferencia. Metafóricamente, se hacía alusión a instrumentos necesarios para descubrir nuestra ubicación espacial o temporal (astrolabio, brújula, calendario solar, entre otros). En esta obra, el artista colocó cinco marcas cuál puntos de referencia; el centro y otros cuatro que podían ser analogía de los cardinales y siguiendo el curso de las manecillas del reloj se distinguían: una pesa, un farol, un mortero y un quinqué.
La instalación conformada por un trípode de madera, abierto totalmente y dispuesto sobre la pared, era en extremo significativa. El lugar, dónde pudo estar sujeta la cámara o el telescopio, en aquella armazón lo ocupaba una lente. Tras el cristal podía distinguirse la foto de un niño. Este trípode marcaba un punto de observación, y en la siempre enigmática propuesta de José Manuel Fors, eso le confería una trascendencia a ese punto, desde donde se podían “distinguir” en su ejercicio porciones inasibles de la materia en el tiempo, alquimia que iluminaba un fragmento del texto de Paradiso, colocado con letras en vinilo dentro de la exposición.
Fors es un armador de conjuntos, cuyo tema fundamental ha sido la naturaleza, presentada ésta de una manera renovadora en relación con este tema en las artes visuales cubanas desde la década del ochenta del siglo pasado. El devenir de su trabajo hasta aquí reitera esencialmente su interés en el tiempo como dimensión; la extensión de esa totalidad a través de una especie de arqueología que lo conecta con la memoria (o historia) personal y al mismo tiempo con el patrimonio inconmensurable de la vida.
La de Fors es, en la fotografía cubana, una postura sostenida desde lo conceptual y concretada casi siempre en concomitancia con el minimalismo. Los diferentes niveles de apropiación de esa materia que es para el artista la fotografía, la llevan a ser mediadora de nuevas manipulaciones cada vez que son recolocadas las imágenes en otras circunstancias, lugares y lapsos.
Las historias de esta ocasión fueron contadas con una parte de las muchas evidencias reunidas y seleccionadas por el artista, de un universo que es a su alrededor, ha sido y será de otros de modo imperturbable. Todas esas instancias se unen en ciclos completos, como círculos impasibles que se repiten, en medio de esa naturaleza que habitamos y también somos, en un todo que nos trasciende en su inmensidad e infinitud.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
