Exposición Individualabr 2007 - jun 2007· Por Nelson Herrera Ysla

José A. Figueroa

Fototeca de Cuba

Recientemente la Fototeca de Cuba exhibió Mis 60, un conjunto de 25 fotografías de José A. Figueroa, miembro activo de una generación de artistas —de la cual algunos de sus exponentes se hallan desperdigados por el mundo, o han muerto— cuyas carreras comenzaron desde muy temprano en revistas y periódicos del país, donde aprendían con pasión y voluntad las verdades de siempre y los trucos del momento al lado de maestros —por lo general, autodidactas feroces igual que él, que ellos—, aunque no compartieran los mismos espacios de exposición y reconocimiento.

Aquellos maestros, entre los cuales podemos nombrar a Korda —en cuyo Estudio se formó específicamente, Figueroa—, Constantino Arias, Osvaldo Salas, Raúl Corrales, Mario García Joya, Liborio Noval, Ernesto Fernández, pero, sobre todo, los extraordinarios Luc Chessex y Paolo Gasparini, le enseñaron teoría y práctica de la fotografía en circunstancias bien difíciles y, muy especialmente, a revelar e imprimir en cualquier “cuarto oscuro”, cuyo único parentesco con un verdadero laboratorio fotográfico no era otro que estar oscurecidos con pedazos de tela o cintas adhesivas por los bordes de puertas y ventanas, algunos de ellos instalados en el baño de sus propias casas.

Exposición Individual: José A. Figueroa — imagen 1
José A. Figueroa. Boda de Navarro y Diana en el cementerio, 1968.

Una estética del documento, del testimonio fotográfico, permeaba las acciones de maestros y “discípulos” a la vez, tanto en la década del 60 como en la siguiente, donde verdaderamente se dieron a conocer estos últimos, desesperados unos y otros por registrar el torbellino de la cotidianidad en Cuba, fuese en la ciudad o el campo, en calle o fábricas, en iglesias, escuelas o casas. No había tiempo para reflexionar sobre la propia historia del género, acerca de su sentido y alcance, sus entrecruzamientos, sus límites —como ahora se hace con tanta libertad y sosiego— porque la realidad mutaba semana tras semana y en el escenario social y político surgían situaciones que nos ponían lo mismo al borde de un conflicto nuclear que de un plantón de caña por cortar.

Pero mientras muchos de sus compañeros de generación se dedicaron a documentar lo que ocurría “afuera”, en ese fascinante espacio luminoso de la ciudad y del campo, Figueroa optó por "descubrir(se) el mundo íntimo, familiar, privado, de sus amigos… y de él mismo", comprometido con su personalidad en primer lugar y luego con todos nosotros, con el país, con su época, para evitar así que escaparan nuestras miradas, nuestros gestos, nuestra inocencia, nuestras verdades.

Las fotos exhibidas en la Fototeca de Cuba, acompañadas por una banda sonora en la que podía escucharse música de los 60 —buena parte de ella prohibida o demonizada entonces—, son de una ternura y candidez impresionantes, donde cada personaje que mira, o no, a la cámara acusa satisfacciones y delicados sentimientos, confianza en sí mismo, valía, probidad, a través de ese modo suyo tan peculiar de sentarse, recostarse a una pared, besarse, acostarse, gozoso de la experiencia vivida en franca complicidad con el fotógrafo. Pareciera que Figueroa formara parte de cada uno y experimentara sus mismas emociones: ello delata que, en efecto, existía una clara sintonía entre sujeto y objeto, por lo que atrapar aquel instante resultaba a la larga algo natural, nunca impuesto ni “montado”. Una secreta hermandad y solidaridad apretaba el obturador de la cámara, consciente del valor de registrar ese espacio privado del ser humano, desnudado tal vez, sin tomar en cuenta sus circunstancias.

En ello cobra un valor incuestionable el encuadre, pues en cada fotografía pueden percibirse las estrechas relaciones entre espacio físico y objetos, cuerpos, iluminación, colocados casi siempre en función de capturar un instante más y no necesariamente el decisivo: es la vida que fluye ante el fotógrafo, es el innombrable río donde se bañan él y su realidad, donde ambos se miran mutuamente porque ambos están ahí en unidad indisoluble hasta el punto de confundirse.

Hacía varios años que no recibía el influjo de ese vínculo tan orgánico entre arte y vida, en el cual un artista, en este caso fotógrafo, evita el cálculo frío de distancias, enfoques, perspectivas, luces y sombras, con tal de agradar a alguien, a algo, o conquistar a toda costa un determinado público, con el codiciado objetivo de agenciarse un espacio en la escena cultural que lo redimensione o proyecte como un “producto artístico”.

En cada fotografía subyace una ética invaluable entonces y ahora, dado el desafío de exhibirlas 40 años después de tomadas e imprimir la mayoría por primera vez. Sin exagerar, se trata, a mi juicio, de una actitud honesta y sincera ante el hecho creador, ajena a “modas” y “espectacularidades” tan socorridas y ardientes hoy: no deja de ser curioso que un fotógrafo que se dio a conocer en los años 70, nos muestre imágenes de los 60 a comienzos del siguiente siglo, ¿o no?.

Debido a que la generalidad nunca fue exhibida, Figueroa aparece ante nosotros ahora como “escapado del pelotón”, con asuntos bien diferentes de los de entonces, cuando dominaba la tendencia a privilegiar las imágenes que testimoniaran la locura masiva de “nuestros años felices” donde apenas podíamos distinguir con claridad el burocratismo, la censura, las leyes, la derrota, el kitsch, las doctrinas, el fanatismo, los dogmas, las victorias.

Estas imágenes de sus (Mis) 60 gozan del aura poética inmanente a toda obra genuina. No se disfrutan desde el misterio o la magia que perviven en otras, ni desde un espacio simbólico contaminado por complejas significaciones sino desde lo diáfano, desde lo sencillo y directo como un cartel, como una señal de tránsito: verlas en su totalidad nos permite entrever y comprender mejor el lenguaje visual, y específicamente fotográfico, que las define dentro del contexto épico, en lo cultural e histórico, en que fueron realizadas. Yendo más allá, diría que contribuyen a alimentar esa nostalgia que nos corroe diariamente por aquellos años perdidos, lejanos ya en el tiempo, y a comprenderlos mejor. Son expresión, pues, de una memoria importantísima y dispersa todavía en negativos, manuscritos, dibujos, grabaciones, de numerosos artistas que nos acompañan, y a la que José A. Figueroa contribuye de modo decisivo desde una intimidad lanzada ahora al espacio público y por la que siempre estaremos agradecidos.

NELSON HERRERA YSLA 

José A. Figueroa, por Nelson Herrera Ysla | artnexus