Exposición Individualabr 2007 - jun 2007· Por Graciela Kartofel

Florencio Gelabert

Magnan Projects / Magnan Emrich Contemporary

Al pasar por la calle se veía un local prolijo aunque aparentemente vacío; algo como un horizonte ejercía un invisible y magnético poder a través de sus ventanas. Había que detenerse, y la sensación de horizonte se hacía cuerpo a través de una diadema de formas aisladas con algo de verdor que interrumpían los muros. ¿Plantas en un espacio deshabitado? ¿Qué eran esos delicados e insólitos objetos que las sostenían? ¿Qué era esa especie de mesa-árbol? Al intentar entrar, la percepción se modificaba radicalmente, unos pequeños escalones y cambiaba la noción de horizonte lejano por una configuración envolvente, más accessible, se reconocía la madera en esa secuencia de elongados relieves en los muros, mientras que lo verde eran jardines en material sintético. En cuanto a la mesa-árbol ubicada un poco a un costado, era de una especie insólita, en algún momento había sido una mesa, ahora estaba habitada, germinada, por maderas que aludían a formas ramas y a su origen arbóreo primigeneo. El verde sintético, diminuto, evocador, estaba en una mínima proporción frente a la cuantiosa presencia de la madera y acompañado de unos borbotones de savia/sangre/pegamento/resina que aparecían en diversos lugares de la construcción. Así se iniciaba el proceso de ver la exposición de Florencio Gelabert, uno la iba descubriendo para llegar a habitarla.

Exposición Individual: Florencio Gelabert — imagen 1
Florencio Gelabert. Paisaje portátil, 2006. Tablas de madera, madera, pasto artificial y flores.

En ese tête-à-tête con las obras se identifican algunos elementos del disloque creador: Landscape conforma un horizonte lejano mezcla de real-irreal que de cerca se torna accesible, háptico, táctil, evocador, aparentemente tierno en su realización, aunque se dejara intuir el feroz ronrronear de la sierra sobre la madera. Ésta es una exposición de objetos fuertes en la estructura material aunque para nada agresivos, que atienden a la llamada ecologista de manera muy personal, reenfocando la nostalgia y revitalizando la relación con la reiterada imagen de “la isla”. Son obras conceptualmente muy intensas. Si bien se permite jugar con el espectador, invitarlo, brindarle diversas percepciones y lecturas, hay que destacar que genera una original resemantización de la entrega autobiográfica.

En su deconstrucción de la relación con los orígenes, Florencio Gelabert también atiende al número y a las proporciones geográficas. La relativa fragilidad de su lugar de origen —Cuba—, la de Manhattan donde se realizó su exposición —y adonde él acaba

de mudarse—, establecen un diálogo de tamaños y una comparación con otros sectores del mundo, (desde el tsunami cambiaron las relaciones mar-tierra). En la exposición se manejan dos escalas diferentes, la mencionada pequeña de los relieves, y la de la mesa, ese objeto postsurreal, bello en su monstruosidad, ante el cual tenemos una experiencia más realista, dado que todos nos hemos sentado alrededor de una mesa. La mesa es para el artista el símbolo de la integración familiar (agreguemos que también es el lugar donde se puede evidenciar la disfuncionalidad de algunas familias). En su “mesa”, cada quien lee una u otra situación.

En muchas ocasiones, personifica a la memoria de su padre quien también fuera artista. Florencio Gelabert se fue de Cuba en 1990; tras una breve estadía en México, se instaló en Miami, donde comenzó a trabajar con madera reciclada. Él dice que era el material que tenía más accessible (cierto aunque también autobiográfico). Florencio Gelabert no corta árboles, retoma lo que ya está “desraizado” de la tierra, como él, que se “autocortó” de Cuba. Hace unos años fue cambiando su manera de trabajar, empezó comprando troncos en bruto primero y luego comenzó a adquirir en tiendas sencillas muebles ya procesados para “… que nazca algo nuevo de lo que está destruido. Gelabert personifica objetos inanimados. Sus mesas que ya son madera industrializada germinan escultóricamente, él les “devuelve” las formas ramas. En el cortar y pegar –separar/se y reestructurar/se-, ha incorporado espuma, resina y otros procesos químicos coetáneos. Si las cortezas de los troncos le brindaban una textura, en la actualidad, con estas maderas blancas que secciona y pega, para dar un acabado totalmente cepillado y protegido, Gelabert inventa las protuberancias de lo que podrían haber sido ramas. Corta una mesa, reubica una pata, hace formas irregulares símiles ramas y las ubica en superposiciones e imbricadas construcciones barrocas, crea alusivas texturas con foam, e incluye “plantitas” sintéticas. Gelabert socializa con el kitsch y hasta con los objetos inútiles que hoy se producen en la decoración superficial y temporaria.

En todas las obras hay agudeza en el manejo del volumen y la tridimensionalidad. También había otras dos piezas relacionadas en tratamiento técnico y conceptual, ubicadas en sectores aislados de la galería. Una de ellas, My Father’s Shape, un aro abierto aludiendo al laberinto, en un diametro de 91, 4cm; la otra, Personal Montain, una alegoría a la vida, con pétalos sintéticos amarillos. Ambas revelan un artista en expansión.

GRACIELA KARTOFEL

Florencio Gelabert, por Graciela Kartofel | artnexus